EL GATO Y LA NIÑA

La niña y el gato nacieron el mismo día, por tanto, al cumplir la niña cuatro años el gatito se había convertido en un gatazo hecho y derecho.
A pesar del carácter independiente propio de los gatos, el minino sentía gran afecto por la niña y así lo manifestaba en muchas ocasiones. Entre otros detalles le encantaba comer con ella; por supuesto cuando la mamá de la niña no les veía, las madres no encuentran divertido ese tipo de intimidades. También le gustaba mucho jugar con ella pese a que le tiraba del rabo, algo que los gatos detestan.
Mientras la niña estaba en el colegio el gato se aburría, para distraerse su-bía al tejado del chalé y desde allí vigilaba la calle. Cuando la niña volvía, el gato saltaba al pequeño jardín y entraba con ella en casa.
Un día el gato y la niña hablaron aunque no como la gente lo hace, transmi-tían pensamientos que ambos comprendían.
El gato preguntó a la niña:
- ¿Por qué vas al colegio? ¿Qué haces allí?
- Es cosa de mis padres. -respondió la niña- Dicen que tengo que aprender para el día de mañana.
- No lo entiendo. -dijo el gato- Yo aprendo sólo. Para mí el día de mañana es hoy.
- Bueno, -dijo dubitativa la niña- creo que yo también pienso lo mismo...pero los mayores opinan otra cosa.
- Los mayores, los mayores...-murmuró el gato- Los mayores siempre están con que no hagas esto, haz aquello, minino ven aquí, minino sal del sofá...Minino. -dijo despreciativo- ¡Qué poca imaginación!
- ¿No te gusta que te llamen minino?
- No; prefiero gato a secas. Eso es lo que soy y además me enorgullezco de serlo.
- ¿Los gatos vais al colegio?
- No; los gatos aprendemos de la experiencia diaria. Somos desconfiados y dicen que egoístas. Lo dicen porque somos independientes y no tenemos amo...lo dicen porque no hacemos la pelota a la gente como los perros.
- ¿No te gustan los perros? -dijo la niña.
- En absoluto; desconfío de ellos.
- Pues Toby se lleva bien contigo.
El gato mostró una sonrisa escéptica, no podía hacerse invisible como el célebre gato Cheshire de Alicia en el país de las maravillas, pero podía sonreír si estaba a solas con la niña.
- Cuando tú estás delante, -concedió reticente- porque cuando estamos so-los me persigue por toda la casa. Dice que para jugar pero no me fío, cualquier día me soltará un mordisco, el tiempo lo dirá. -y añadió sarcástico- Toby, vaya nombre estúpido. Un bicho que no para de menear el rabo como un ventilador en cuanto ve a tus padres.
- También lo menea cuando me ve a mí. -dijo la niña.
- Contigo está bien, es lo menos que puede hacer, pero ese imbécil también menea el rabo cuando viene la vecina del chalé de al lado. Una individua que no para de hablar y a la que todo parece molestarla. Yo me escondo en cuanto la veo, cualquier tonto advierte que no le gustan los animales...Pues bien, ahí tienes a Toby meneando el rabo en cuanto aparece. Más de una patada ha largado al me-mo de Toby cuando cree que nadie la ve...Y otra cosa, ¿a que nunca has oído ha-blar de un gato policía?
- No, creo que no. -respondió la niña y preguntó a su vez- ¿Tienes amigos en la urba?
- Me llevo bien con la gata del chalé 14, es agradable y linda. Pero el gato del 19...con ese he tenido un par de agarradas. Está celoso porque la gata del 14 me prefiere a mí.
- Dice mamá que no te gusta cazar ratones.
- ¿Ratones? ¡Qué asco! ¿A quién le gustan los ratones? A veces juego con ellos pero no los mato porque me dan pena. Para comer prefiero los Friskis...Aun-que me gustan más las sardinas del Cantábrico o una buena rodaja de bonito... ¡Oh, el bonito! -dijo soñador relamiéndose- Además en las urbanizaciones mo-dernas apenas hay ratones, sólo alguna que otra rata de alcantarilla...y con esas mejor no meterse, tienen mucho peligro.
- ¿Y mis padres? -preguntó la niña--¿Qué opinas de mis padres? ¿Te gus-tan?
El gato torció el morro:
- Ni fu ni fa; los mayores no son santo de mi devoción...Si me das a elegir prefiero a la abuelita que me acaricia y me deja dormir en su regazo

Se inflamaron las anginas de la niña, subió la fiebre y tuvo que quedarse en cama. El gato no se movía de su lado, echaba de menos los juegos aunque le tira-se del rabo. Además la niña deliraba y no podían conversar.
Por fin bajó la fiebre, el gato lo percibió enseguida y dijo:
- Has estado malita y no podías comer. Yo tampoco he comido. ¿Lo has pa-sado mal?
- No tan mal. -dijo la niña mientras lo acariciaba- Soñé que me había vuelto gata y saltaba contigo de tejado en tejado. Un sueño muy bonito. ¿Podré volverme gata algún día?
El gato movió la cabeza.
- No; somos lo que somos. Tú niña y yo gato. Pero encuentro hermoso que hayas soñado eso. Me halaga.
- Que pena. -murmuró nostálgica la niña- Era tan divertido ser gata...

Un día que la niña volvía del colegio, un niño, vecino de la urbanización, le tiró de las coletas burlándose de ella. El gato observó la maniobra y no dudó un instante, saltó del tejado y se abalanzó sobre el niño, más que un gato parecía un tigre de Bengala. El niño huyó despavorido.
Ya en casa dijo la niña:
- Los mayores dicen que los gatos no defienden a las personas, pero tú me has defendido de ese niño estúpido.
- No soy un gato cualquiera. -dijo pavoneándose el felino- Soy leal con mis amigos...A decir verdad, tú eres mi única amiga y te defenderé siempre.

Pasaron los años y la amistad entre la niña y el gato seguía inalterable. Pero la niña crecía, cada año la exigían más en el colegio y tenía que estudiar más horas. Poco a poco sus gustos fueron cambiando, en los ratos de ocio se entrete-nía con otros niños y jugaba menos con el gato.
Tiempo después la niña dejó de comunicarse con el gato, no le entendía o peor aún, no la interesaba conversar con él, prefería charlar con sus amiguitos.
El gato entristecía, avejentaba, los gatos viven menos que las personas. No obstante no era tonto y comprendía la situación.

La niña cumplió catorce años, se había convertido en una guapa señorita y estudiaba en el instituto. Un día un compañero quiso abrazarla a la puerta del cha-lé.
El gato tenía catorce años, edad avanzada para un gato, pero no había per-dido la costumbre de esperar la llegada de la niña desde el tejado, al ver que el muchacho abrazaba a la niña, saltó del tejado como en sus mejores tiempos y se abalanzó sobre él.
Esta vez la niña, ahora señorita, se enfadó mucho.
- ¡Gato malo! -recriminó airada- ¿Por qué maltratas a mis amigos?
El gato sintió profundamente la reprimenda, se hizo arisco y cada día pasa-ba más tiempo en el tejado, de vez en cuando murmuraba entre dientes: me he llevado un buen desengaño, uno tiene que ser como le hicieron y dejarse de blandenguerías, los humanos son frívolos e inconstantes, me arrepiento de todo corazón de haber desoído la voz de la razón gatuna.

(Raúl Artigot)