UNA VOZ CALLADA
(Raymond Carver)
Un año después de su muerte la imagen que asocio con Raymond Carver
es la de alguien inclinado hacia él, haciendo esfuerzos por entenderle.
Hablaba entre dientes. T.S. Eliot dijo una vez acerca de Ezra Pound, qua mentor,
"un hombre que intentaba hacer entender a un sordo que la casa estaba en
llamas". Raymond Carver procuraba precisamente lo contrario. La habitación
podía estar llena de humo, las llamas devorando las alfombras, antes
de que Carver hablara, "Bueno, parece que empieza a hacer calor aquí
dentro ¿no?" y, tú, sentado en la silla, acercándote
para preguntar:"¿Perdón?". Sin insistir nunca, apenas
asintiendo, era un profesor poco común.
Una vez escuché una entrevista a Carver de dos horas y media de duración.
El escritor que le entrevistaba acercaba cada vez más la grabadora, hasta
llegar a pedirle que la pusiera sobre sus rodillas. Algunos días más
tarde el entrevistador llamó, desesperado: la voz de Ray en las cintas
era prácticamente inaudible. La palabra "a media voz" apenas
sirve para definir su discurso, circunstancia que se agravaba cada vez que se
internaba en el terreno de la generalidad y los preceptos.
Como digo, hablaba entre dientes, y aunque, en principio, pudiera parecer un
simple tic, como el crujir de los nudillos o el balanceó incesante del
pie, ahora creo que se trataba de un acto de humildad y profundo respeto hacia
el lenguaje que casi se convertía en temor: una reflexión acerca
de cómo las palabras han de ser manejadas con sumo cuidado. Como si fuera
imposible decir lo que se quiere decir. Como si hacerlo, incluso pudiera resultar
peligroso. Oyéndole hablar sobre la escritura, en el aula o en el salón
de la enorme casa victoriana que compartía con Tess Gallagher en Syracuse,
descubrías a un escritor que amaba las palabras que los maestros le habían
legado, temiendo no ser meritorio de semejante instrumento. Su respeto hacia
el lenguaje, un acto de humildad extrema, se percibe en cada frase de su obra.
El descubrimiento de la obra de Carver a comienzo de los setenta, fue una experiencia
crucial para muchos escritores de mi generación, tal vez comparable a
las enseñanzas de Hemingway en los años veinte. En realidad, el
lenguaje de Carver era como el de Hemingway: simplicidad y claridad, repeticiones,
ritmo conversacional, precisión en sus descripciones. Pero Carver disentía
completamente del egoísmo romántico que hacía del discurso
de Hemingway un modelo difícil para otros escritores de finales del siglo
XX. Los cafés,las pensiones, y los campos de batalla de Europa fueron
sustituidos por remolques y complejos residenciales, los trabajos glamurosos,
por empleos sin porvenir. Las truchas de los riachuelos de Carver podían
ser perfectamente mutantes deformes por la contaminación. Un magnífico
vin du pays era sustituido por una ginebra barata, el romanticismo de la bebida,
por un alcoholismo tedioso y despiadado. Por estos motivos algunos críticos
encontraron su obra deprimente. Para muchos jóvenes escritores, aquéllo
fue enormemente liberador.
Uno de los aspectos que su obra parecía indicar (incluso para quienes
nunca hubieran estado en un aserradero o en un remolque), era que la literatura
se podía crear a partir de la estricta observación de la vida
real, donde fuera y como fuera vivida, incluso con un bote de ketchup Heinz
sobre la mesa y el televisor de fondo. Todo esto era novedoso en una época
en que la metaliteratura académica era el modelo reinante. Sus libros
revalorizaron el realismo así como el género del relato breve.
A pesar de ser profesor durante gran parte de su vida, Carver nunca se rodeó
de un grupo de discípulos. Sin embargo, cuando yo me dividía entre
escuelas para graduados y el mundo editorial de Nueva York de finales de los
setenta y principios de los ochenta, ningún otro escritor era tan comentado
e imitado. Probablemente desde que Donald Barthelem comenzó a publicar
en los años sesenta, nadie había causado tal revuelo en el mundo
literario .
Tras haber sucumbido al encanto de la primera colección de Carver, Haga
el favor de callarse, por favor, libro que hubiera comprado sólo por
su título, tuve la suerte de conocerle algunos años más
tarde y hasta llegué a ser alumno suyo en la Universidad de Syracuse
a principios de los ochenta. A pesar de que existen mil seminarios de creación
literaria por todo el país, probablemente no se haya encontrado respuesta
para la cuestión de si se puede o no enseñar a escribir. Decir
que Faulkner o Fitzgerald nunca llegaron a licenciarse en Letras no viene al
caso. Los novelistas y los autores de relatos tienen que comer, como todo el
mundo, y tienden a mendigar subvenciones mientras realizan su obra. Para los
escritores de los años veinte, el cambio de divisas les era favorable
en París, y en los años treinta estaban las oficinas de empleo,
y una fiebre del oro en Hollywood. La universidad se ha convertido en la oficina
de empleo de los escritores en los últimos años.
Él propio Carver era producto del nuevo sistema, habiendo estudiado en
el Taller de Escritura de la Universidad de Iowa y en Stanford, y más
tarde, ganándose la vida en la enseñanza. Era algo que hizo por
necesidad, un papel con el que se sentía incómodo. Lo hizo casi
obligado, porque era más fácil que con los otros empleos que tuvo,
trabajando en un aserradero y en un hospital, de empleado de gasolinera, de
portero, de repartidor, de editor. A pesar de estar agradecido por su empleo,
nunca entendió por qué aquéllos que tenían algún
don para la escritura tenían que tenerlo, obligatoriamente, también
para enseñar. Y era muy tímido. Cada vez que tenía que
dar clase, la sola idea le hacía temblar. Esos días andaba alterado
como si fuera un estudiante más en época de exámenes finales.
Como muchos otros escritores que trabajaban en la universidad, Ray tenía
que enseñar lenguaje además de dar cursos sobre escritura. Uno
de estos cursos se llamaba "Forma y Teoría del Relato Corto",
título que Ray adoptó del catálogo de optativas de Lengua
y Literatura en Inglés. Su método consistía en asignar
cada semana un libro de historias que a él le gustara, incluyendo autores
contemporáneos o del siglo XIX, así como obras traducidas. Leíamos
los libros y se comentaban durante dos horas. Flannery O'Connor , Chekhov, Anne
Beattie, Maupassant, Frank O'Connor, John Cheever, Mary Robison, Turgenev y
más Chekhov. (tenía predilección por los escritores rusos
del XIX). Comenzaba la clase haciendo preguntas como: "Bueno, chicos, ¿qué
os ha parecido Eudora Welty?". Prefería escuchar a hablar, aunque
le gustaba leer los fragmentos preferidos de las obras que elegía. Empezaba
por los detalles, ajustándose al texto, hasta que llegaba un momento
en que la emoción le embargaba al hablar del acto mismo de escribir.
Un reconocido Doctor en Filología entró en su clase una vez. Estaba
llena de escritores. En aquella época el Departamento de Lengua y Literatura,
como muchos otros en todo el país, se había convertido en un campo
de batalla entre teóricos y humanistas, y el post-estructuralismo ejercía
una enorme influencia en todo el campus. Tras unas cuantas semanas abordando
la literatura de un modo personal e impresionista, el joven teórico protestó:
"Este curso se llama "Forma y Teoría del Relato Breve"
pero todo lo que se hace aquí es hablar de libros. ¿Dónde
están la forma y la teoría?"
Ray parecía asustado. Movió la cabeza y aspiró fuerte el
cigarro. "Sí, una buena pregunta", dijo. Y tras un largo silencio:
"Supongo que aquí la idea es leer buenos libros y comentarlos...
Después tú formas tu propia teoría". Y sonrió.
Como profesor de creación literaria Carver tenía una enorme delicadeza.
No creía que su tarea consistiera en desanimar a nadie. Decía
que cualquiera que pretendiera ser escritor ya encontraba bastantes dificultades
fuera del aula, y , sin duda, hablaba por experiencia. La crítica, como
la literatura, era un acto de empatía para Ray, poniéndose siempre
en la piel del otro. No entendía a los escritores que publicaban críticas
negativas y alguna vez me reprendió por hacerlo. Entre las pocas personas
que no le agradaban se encontraban: un poeta que se había negado a dejarle
cincuenta dólares cuando se le averió el coche en Salt Lake City,
dos críticos que habían atacado su propia obra,y aquéllos
escritores que habían criticado a sus amigos.
A pesar de ser un hombre muy tímido, tenía un espíritu
abierto. Mantenía correspondencia con cientos de escritores, estudiantes
y admiradores. Escribía cartas de recomendación y de apoyo, ayudaba
a la gente a encontrar trabajos, becas, editores y agentes, acompañaba
a sus amigos en las primeras sesiones de Alcóholicos Anónimos.
Un día, cuando le regañé por haber sido demasiado delicado
con un alumno cuyo trabajo era francamente malo, me contó una historia.
Hacía poco había sido jurado en un prestigioso concurso literario.
El ganador, por unanimidad, y cuya obra recibió desde entonces muy buenas
críticas, resultó ser una antigua alumna suya, tal vez la peor
y menos prometedora que había tenido en veinte años."¿Qué
hubiera pasado si la hubiera desanimado entonces?".
Su forma de crítica más dura consistía en: "Me parece
bien que andes a cuestas con esa historia". Refiriéndose, supongo
, a que uno tiene que vagar por un país horrible antes de llegar al Parnaso.
Si las clases y los seminarios de Carver se hubieran hecho a su manera, serían
los estudiante sus propios profesores, pero su opinión era demasiado
valorada como para poder permanecer en silencio.
Una vez asistió a la lectura de una larga y extraña historia en
su Seminario de Narrativa. Recuerdo que el relato trataba de dos personajes
disparataddos, de cómo se conocieron, de un romance entre ellos y, hasta
de su boda. Tras varios intentos vanos consiguen abrir un restaurante juntos,
descrito con todo detalle. Un día aparece un grupo de terroristas armados
con metralletas, irrumpiendo en el local y asesinando a todos los comensales.
Después de que todo el mundo en la clase había manifestado su
desaprobación, se volvieron hacia Ray. Parecía estar perdido.
Por fin dijo en voz baja, "En fin, a veces una metralleta es necesaria
en un relato". Esta respuesta pareció satisfacer tanto al autor
como a aquéllos que pensaron que la historia había sido dignamente
rescatada de la ruina más absoluta.
Tras el primer semestre de clase Ray olvidó anotar la calificación
que obtuve en su seminario. Se lo hice saber, y nos acercamos juntos al Departamento
para corregir el error. "Has hecho un buen trabajo", me dijo, dándome
a entender que tenía un sobresaliente. Estaba contento y satisfecho conmigo
mismo, aunque tal vez no tanto cuando Ray abrió su cuaderno de notas
y apuntó "Sobresaliente" junto a mi nombre, bajo una larga
columna de notas idénticas. Todo el mundo parecía haber hecho
un buen trabajo. En su clase abordaba cada una de las historias con el máximo
respeto, como si se tratara de seres vivos, a veces enfermos o cojos, pero siempre
dispuestos a curarse y rehabilitarse.
Aunque Ray siempre nos daba ánimos, era un hombre muy riguroso si sabía
que la crítica era bien recibida. Las historias de los estudiantes más
afortunados eran sometidas al mismo proceso que empleaba en sus numerosos borradores.
Devolvía los manuscritos llenos de tachones, cambios, signos de interrogación
y preguntas desconcertantes. Yo le tuve que entregar una historia hasta siete
veces, debió dedicarle unas 15 o 20 horas. Era un editor meticuloso y
obsesivo. Cara a cara, en su despacho, llegaba a ser un tipo duro, y su voz
se hinchaba, poco a poco,de convicción.
Una vez estuvimos unos diez o quince minutos discutiendo el uso que yo había
hecho de la palabra "tierra". Carver pensaba que tenía que
utilizar el término "suelo", y consideraba que merecía
la pena discutirlo. Aquella conversación resultó enormemente valiosa,
la recuerdo con frecuencia cuando trabajo. Carver utilizó el mismo ejemplo
posteriormente, en un ensayo que escribió aquel mismo año, acerca
de la influencia de su mentor, John Gardner."El suelo es el suelo, decía,
quiere decir eso, el suelo, lo sucio. Decir "tierra" es hablar de
otra cosa. Esa palabra tiene distintas ramificaciones"
John Gardner, el novelista, fue su primer profesor de narrativa. Se conocieron
en Chico State College , en California, durante los años sesenta. Ray
decía que a lo largo de su vida como escritor, siempre había tenido
presente a Gardner, vigilándole mientras escribía, dando su aprobación,
o no, a las palabras que empleaba, a sus frases, a sus recursos. Decía
que un buen profesor es algo así como tu conciencia literaria, una voz
crítica y amable cerca del oido. Sé a qué se refería
(yo también tengo una. Me habla entre dientes).
Casi veinte años después, Carver se reunió con su antiguo
profesor, que vivía y daba clases a menos de ciento sesenta kilómetros
de Syracuse, en Binghamton, N.Y., y cuyo reconocimiento hacia su obra había
significado mucho para él. Coincidió mi visita a la casa de Ray
con la noticia de que Gardner había muerto en un accidente de tráfico.
Enloquecido, no podía estar quieto. Caminamos por la casa y el patio
mientras hablaba de Gardner.
"Yo , entonces, no sabía cómo era un escritor", contaba
Ray, "John parecía un escritor. Con aquel pelo, y aquélla
especie de capa. Le imitaba en su forma de andar. Con frecuencia me dejaba trabajar
en su despacho porque yo no tenía un sitio adecuado para escribir. Yo
rebuscaba en sus ficheros y robaba los títulos de sus historias. Los
usaba para las mías".
Por eso , tal vez entendiera que nosotros le plagiáramos sin piedad,
sus alumnos de Syracuse, de Iowa y Stanford y de todos los talleres de escritura
del país en los que casi todo el mundo parece escribir y publicar historias
con títulos de Raymond Carver , como "¿Te importa que fume?"
o "¿Y ahora qué, cariño?". Lo cierto es que no
quería clones. Pero sabía que la imitación es parte del
proceso de búsqueda de la propia voz de cada cual.
Me volvía a reunir con Carver al comienzo de la que él solía
llamar su "segunda vida", después de que hubiera dejado de
beber. Había oído historias sobre la anterior vida de Carver,
historias que él mismo se repetía. Cuando lo conocí, imaginaba
que los escritores eran locos iluminados que bebían demasiado y conducían
demasiado rápido, mientras emborronaban páginas brillantes en
sus oscuros trayectos. Tal vez en alguna época él también
lo hizo. En su ensayo "Fires", escribe, "imaginaba que los escritores
no eran personas que pasaran los sábados en la lavandería".
¿Podríamos haber encontrado a Hemingway en una lavandería?
No, pero sí a William Carlos Williams. Ya dijimos que Carver admiraba
enormemente a Chekhov. Tanto en clase, como sobre el papel, Carver proclamó
la noticia de que existían las lavanderías en el reino de las
letras.
No es que por aquella época, Ray pasara demasiado tiempo en la lavandería.
La vida le trató tan bien al final de sus días, que nunca dejó
de estar agradecido. Oír al final de la calle la máquina de escribir
de uno de los maestros de la literatura americana, mientras un vecino recogía
hojas con el rastrillo y los niños jugaban con su búmeran mientras
los perros seguían con su perruna vida. Esa era la lección que
él me enseñó. Sea cual fuere el oscuro misterio que se
esconde en el corazón de la literatura, siempre insistió en que
había un secreto: sobrevivir, encontrar tranquilidad y trabajar mucho
todos los días. En una cafetería, viendo un partido de fútbol
o la película más anodina, me hizo cuestionar algunos mitos peligrosos
acerca de la vida de escritor, tema sobre el cual nunca quiso hablar en sus
clases, aunque en alguna ocasión lo hiciera, considerándolo oportuno.
Cuando nos conocimos en Nueva York me advirtió de todo esto en sus maravillosas
cartas, y un año más tarde me fui a vivir al norte para matricularme
como alumno suyo.
En los Diálogos de Platón se puede apreciar que la auto-reprobación
de Sócrates es en realidad una estrategia. La humildad de Ray, sin embargo,
era real e inintencionada. Cuando le preguntaba a sus estudiantes "¿Qué
opináis?", quería saberlo de verdad. Ésta era su particular
y eficaz fórmula didáctica. Expresaba su opinión con tanta
cautela que bien podía adivinarse con cuanto cuidado la medía.
Habiendo declarado su escasa vocación de enseñante, él
marcó la diferencia para muchos de sus alumnos. Cambió mi vida
irreversiblemente y sé que lo mismo le sucedió a otros.
Sigo inclinado hacia adelante, con la cabeza ladeada, esforzándome para
oir su voz.