EL SURREALISMO
(Octavio Paz)
Es revelador que los organizadores de este ciclo de conferencias hayan pensado
que el surrealismo es uno de los grandes temas de nuestra época. Día
a día se hace más patente que la casa construida por la civilización
occidental se nos ha vuelto prisión, laberinto sangriento, matadero colectivo.
No es extraño, por tanto, que pongamos en entredicho a la realidad y
que busquemos una salida. El surrealismo no pretende otra cosa: es un poner
en radical entredicho a lo que hasta ahora ha sido considerado inmutable por
nuestra sociedad, tanto como una desesperada tentativa por encontrar la vía
de salida. No, ciertamente, en busca de la salvación, sino de la verdadera
vida. Al mundo de 'robots' de la sociedad contemporánea el surrealismo
opone los fantasmas del deseo, dispuestos siempre a encarnar en un rostro de
mujer. Pero hace cinco o seis años esta conferencia habría sido
imposible. Graves críticos -enterradores de profesión y, como
siempre, demasiado apresurados- nos habían dicho que el surrealismo era
un movimiento pasado. Su acta de defunción había sido extendida,
no sin placer por los notarios del espíritu. Para descanso de todos,
el surrealismo dormía ya el sueño eterno de las otras escuelas
de principios de siglo: futurismo, cubismo, imaginismo, dadaísmo, ultraísmo,
etcétera. Bastaba, pues, con que el historiador de la literatura pronunciase
su pequeño elogio fúnebre para que, ya tranquilos, volviésemos
a los quehaceres diarios. Lo maravilloso cotidiano había muerto. En realidad
, nunca había existido. Existía sólo lo cotidiano: la moral
del trabajo, el 'ganarás el pan con el sudor de tu frente', el mundo
sólido del humanismo clásico y de la prodigiosa ciencia atómica.
Pero el cadáver estaba vivo. Tan vivo, que ha saltado de su fosa y se
ha presentado de nuevo ante nosotros, con su misma cara terrible e inocente,
cara de tormenta súbita, cara de incendio, cara y figura de hada en medio
del bosque encantado. Seguir a esa muchacha que sonríe y delira, internarse
con ella en las profundidades de la espesura verde y oro, en donde cada árbol
es una columna viviente que canta, es volver a la infancia. Seguir ese llamado
es partir a la reconquista de los poderes infantiles. Esos poderes -más
grandes quizá que los de nuestra ciencia orgullosa- viven intactos en
cada uno de nosotros. No son un tesoro escondido sino la misteriosa fuerza que
hace de la gota de rocío un diamante y del diamante el zapato de Cenicienta.
Constituyen nuestra manera propia de ser y se llaman: imaginación y deseo.
El hombre es un ser que imagina y su razón misma no es sino una de las
formas de ese continuo imaginar. En su esencia, imaginar es ir más allá
de sí mismo, proyectarse, continuo trascenderse. Ser que imagina porque
desea, el hombre es el ser capaz de transformar el universo entero en imagen
de su deseo. Y por esto es un ser amoroso, sediento de una presencia que es
la viva imagen, la encarnación de su sueño. Movido por el deseo,
aspira a fundirse con esa imagen y, a su vez, convertirse en imagen. Juego de
espejos, juego de ecos, cuerpos que se deshacen y recrean infatigablemente bajo
el sol inmóvil del amor. La máxima de Novalis: "el hombre
es imagen", la hace ya suya el surrealismo. Pero la recíproca también
es verdadera: 'la imagen encarna en el hombre.
Nada más sintomático de cierto estado de espíritu contemporáneo
que aceptar sin pestañear la presencia de tendencias que pueden calificarse
de surrealistas a lo largo del pasado -el romanticismo alemán, la novela
gótica inglesa, como ejemplos próximos- y en cambio negarse a
reconocerlas en el presente. Cierto, hay un estilo surrealista que, perdido
su inicial poder de sorpresa, se ha transformado en manera y receta. El surrealismo
es uno de los frutos de nuestra época y no es invulnerable al tiempo;
pero, asimismo, la época está bañada por la luz surrealista
y su vegetación de llamas y piedras preciosas ha cubierto todo su cuerpo.
Y no es fácil que esas lujosas cicatrices desaparezcan sin que desaparezca
la época misma. Esas cicatrices forman una constelación de obras
a las que no es posible renunciar sin renunciar a nosotros mismos. Sin embargo,
el surrealismo traspasa el significado de estas obras porque no es una escuela
(aunque constituya un grupo o secta), ni una poética (a pesar de que
uno de sus postulados esenciales sea de orden poético: el poder liberador
de la inspiración), ni una religión o un partido político.
El surrealismo es una actitud del espíritu humano. Acaso la más
antigua y constante, la más poderosa y secreta.
En 'Arcano 17' André Breton habla de una estrella que hace palidecer
a las otras: el lucero de la mañana, Lucifer, ángel de la rebelión.
Su luz la forman tres elementos: la libertad, el amor y la poesía. Cada
uno de ellos se refleja en los otros dos, como tres astros que cruzan sus rayos
para formar una estrella única. Así, hablar de la libertad será
hablar de la poesía y del amor. Movimiento de rebelión total,
nacido de Dadá y su gran sacudimiento, el surrealismo se proclama como
una actividad destructora que quiere hacer tabla rasa con los valores de la
civilización racionalista y cristiana. A diferencia del dadaísmo,
es también una empresa revolucionaria que aspira a transformar la realidad
y, así, obligarla a ser ella misma. El surrealismo no parte de una teoría
de la realidad; tampoco es una doctrina de la libertad. Se trata más
bien del ejercicio concreto de la libertad, esto es, de poner en acción
la libre disposición del hombre en un cuerpo a cuerpo con lo real. Desde
el principio la concepción surrealista no distingue entre el conocimiento
poético de la realidad y su transformación: conocer es un acto
que transforma aquello que se conoce. La actividad poética vuelve a ser
una operación mágica.
Para nosotros el mundo real es un conjunto de objetos o entes. Antes de la edad
moderna, ese mundo estaba dotado de una cierta intencionalidad, atravesado,
por decirlo así, por la voluntad de Dios. Los hombres, la naturaleza
y las cosas mismas estaban impregnadas de algo que las trascendía; poseían
un valor: eran buenas o malas. La idea de utilidad -que no es sino la degradación
moderna de la noción de bien- impregnó después nuestra
idea de la realidad. Los entes y objetos que constituyen el mundo se nos han
vuelto cosas útiles, inservibles o nocivas. Nada escapa a esta idea del
mundo como un vasto utensilio: ni la naturaleza, ni los hombres, ni la mujer
misma: todo es un para..., todos somos instrumentos. Y aquellos que en lo alto
de la pirámide social manejan esta enorme y ruinosa maquinaria, también
son utensilios, también son herramientas que se mueven maquinalmente.
El mundo se ha convertido en una gigantesca máquina que gira en el vacío,
alimentándose de sus detritus. Pues bien, el surrealismo se rehúsa
a ver el mundo como un conjunto de cosas buenas y malas, unas henchidas del
ser divino y otras roídas por la nada; de ahí su anticristianismo.
Asimismo, se niega a ver la realidad como un conglomerado de cosas útiles
o nocivas; de ahí su anticapitalismo. Las ideas de moral y utilidad le
son extranjeras. Finalmente, tampoco considera el mundo a la manera del hombre
de ciencia puro, es decir, como un objeto o grupo de objetos desnudos de todo
valor, desprendidos del espectador. Nunca es posible ver el objeto en sí;
siempre está iluminado por el ojo que lo mira, siempre está moldeado
por la mano que lo acaricia, lo oprime o lo empuña. El objeto, instalado
en su realidad irrisoria como un rey en un volcán, de pronto cambia de
forma y se transforma en otra cosa. El ojo que lo mira lo ablanda como cera;
la mano que lo toca lo modela como arcilla. El objeto se subjetiviza. O como
dice un héroe de Arnim: "Discierno con pena lo que veo con los ojos
de la realidad, de lo que veo con los ojos de la imaginación." Evidentemente
se trata de los mismos ojos, sólo que sirviendo a poderes distintos.
Y así se inicia una vasta transformación de la realidad. Hijo
del deseo, nace el objeto surrealista: la asamblea de montes es otra vez cena
de gigantes; las manchas de la pared cobran vida, se echan a volar y son un
ejército de aves que con sus picos terribles desgarran el vientre de
la hermosa encadenada.
Las imágenes del sueño proporcionan ciertos arquetipos para esta
subversión de la realidad. Y no sólo las del sueño; otros
estados análogos, desde la locura hasta el ensueño diurno, provocan
rupturas y reacomodaciones de nuestra visión de lo real. Consecuentes
con este programa, Bretón y Éluard reproducen en el libro La Inmaculada
Concepción el pensamiento de los enfermos mentales; durante una época Dalí se sirve de la "paranoia crítica";
Aragón escribe Una ola de sueños. En efecto, se trataba de una
inundación de imágenes destinadas a quebrantar la realidad. Otro
de los procedimientos para lograr la aparición de lo insólito
consiste en desplazar un objeto ordinario de su mundo habitual ("el encuentro
de una máquina de coser y un paraguas en una mesa de disección").
Ningún arma más poderosa que el humor: al absurdo del mundo la
conciencia responde con otro y el humor establece así una suerte de "empate"
entre objeto y sujeto. Todos estos métodos -y otros muchos- no eran,
ni son, ejercicios gratuitos de carácter estético. Su propósito
es subversivo: abolir esta realidad que una civilización vacilante nos
ha impuesto como la sola y única verdadera.
El carácter destructivo de estas operaciones no es sino un primer paso;
su fin último es desnudar la realidad, despojarla de sus apariencias,
para que muestre al fin su verdadero rostro. "El ser ama ocultarse":
la poesía se propone hacerlo reaparecer. De alguna manera, en algún
momento privilegiado, la realidad escondida se levanta de su tumba de lugares
comunes y coincide con el hombre. En ese momento paradisíaco, por primera
y única vez, un instante y para siempre, somos de verdad. Ella y nosotros.
Arrasado por el humor y recreado por la imaginación, el mundo no se presenta
ya como un "horizonte de utensilios" sino como un campo magnético.
Todo está vivo: todo habla o hace signos; los objetos y las palabras
se unen o separan conforme a ciertas llamadas misteriosas; la yedra que asalta
el muro es la cabellera verde y dorada de Melusina. Espacio y tiempo vuelven
a ser lo que fueron para los primitivos: una realidad viviente, dotada de poderes
nefastos o benéficos, algo, en suma, concreto y cualitativo, no una simple
extensión mensurable.
Mientras el mundo se torna maleable al deseo, escapa de las nociones utilitarias
y se entrega a la subjetividad, ¿qué ocurre con el sujeto? Aquí
la subversión adquiere una tonalidad más peligrosa y radical.
Si el objeto se subjetiviza, el yo se disgrega. "Desde Arnim -dice Bretón-,
toda la historia de la poesía moderna es la de las libertades que los
poetas se han tomado con la idea del yo soy." Y así es: al margen
de un retrato de Nerval aparece, de su puño y letra, una frese que años
más tarde, apenas modificada, servirá también de identificación
para Rimbaud. Nerval escribió: "Yo soy el otro"; y Rimbaud:
"Yo es otro." Y no se hable de coincidencias: se trata de una afirmación
que viene de muy lejos y que, desde Blake y los románticos alemanes,
todos los poetas han repetido incansablemente. La idea del doble -que ha perseguido
a Kafka y a Rilke- se abre paso en la conciencia de un poeta tan aparentemente
insensible al otro mundo como Guillermo Apollinaire:
Je me disais Guillaume il est temps que tu viennes
Un jour je m'attendais moi-même
Pour que je sache enfin celui-là que je suis...
El casi enternecido asombro con que Apollinaire se espera a sí mismo,
se transforma en el rabioso horror de Antonin Artaud: "transpirando la
argucia de sí mismo a sí mismo". En un libro de Benjamín
Péret, 'Je sublime', la corriente temporal del yo se dispersa en mil
gotas coloreadas, como el agua de una cascada a la luz solar. A más de
dos mil años de distancia, la poesía occidental descubre algo
que constituye la enseñanza central del budismo: el yo es una ilusión,
una congregación de sensaciones, pensamientos y deseos.
La sistemática destrucción del yo -o mejor dicho: la objetivización
del sujeto- se realiza a través de diversas técnicas. La más
notable y eficaz es la escritura automática; o sea: el dictado del pensamiento
no dirigido, emancipado de las interdicciones de la moral, la razón o
el gusto artístico. Nada más difícil que llegar a este
estado de suprema distracción. Todo se opone a este frenesí pasivo,
desde la presión del exterior hasta nuestra propia censura interior y
el llamado "espíritu crítico". Tal vez no sea impertinente
decir aquí lo que pienso de la "escritura automática",
después de haberla practicado algunas veces. Aunque se pretende que constituye
un método experimental, no creo que sea ni lo uno ni lo otro. Como experiencia
me parece irrealizable, al menos en forma absoluta. Y más que método
la considero una meta: no es un procedimiento para llegar a un estado de perfecta
espontaneidad o inocencia sino que, si fuese realizable, sería ese estado
de inocencia. Ahora bien, si alcanzamos esa inocencia -si hablar, soñar,
pensar y obrar se ha vuelto ya lo mismo-, ¿a qué escribir? El
estado a que aspira la "escritura automática" excluye toda
escritura. Pero se trata de un estado inalcanzable. En suma, practicarla efectivamente
y no como ejercicio psicológico, exigiría haber logrado una libertad
absoluta, o lo que es lo mismo, una dependencia no menos absoluta: un estado
que suprimiría las diferencias entre el yo, el superego y el inconsciente.
Algo contrario a nuestra naturaleza psíquica. No niego, claro está,
que en forma aislada, discontinua y fragmentaria, no nos dé ciertas revelaciones
preciosas sobre el funcionamiento del lenguaje y del pensamiento. En este sentido
quizá Bretón tenga razón al insistir en que, a pesar de todo,
es uno de los modos más seguros "para devolver a la palabra humana
su inocencia y su poder creador originales". Por lo demás ningún
escritor negará que casi siempre sus mejores frases, sus imágenes
más puras, son aquellas que surgen de pronto en medio de su trabajo como
misteriosas ocurrencias. Y lo mismo sucede en nuestra vida diaria: siempre hay
una extraña intrusión, una dichosa o nefasta "casualidad",
que vuelve irrisorias todas las previsiones del sentido común. Más
allá de su dudoso valor como método de creación, la escritura
automática puede compararse a los ejercicios espirituales de los místicos
y, sobre todo, a las prácticas del budismo Zen: se trata de llegar a
un estado paradójico de pasividad activa, en el que el "yo siento"
es substituido por un misterioso "se piensa". Lo importante, así,
es lograr la ruptura de esa ficticia personalidad que el mundo nos impone o
que nosotros mismos hemos creado para defendernos del exterior. El yo nos aplasta
y esconde nuestro verdadero ser. Negar al yo no es negar al ser:
Suis-je Amour ou Phébus? Lusignan ou Biron?
La renuncia a la identidad personal no implica una pérdida del ser
sino, precisamente, su reconquista. El poeta es ya todos los hombres. La naturaleza
arroja sus máscaras y se revela tal cual es. La tentativa por "ser
todos los hombres", presente en la mayoría de los grandes poetas,
se alía necesariamente a la destrucción del yo. La empresa poética
no consiste tanto en suprimir la personalidad como en abrirla y convertirla
en el punto de intersección de lo subjetivo y lo objetivo. El surrealismo
intenta resolver la vieja oposición entre el yo y el mundo, lo interior
y lo exterior, creando objetos que son interiores y exteriores a la vez. Si
mi voz ya no es mía, sino la de todos, ¿por qué no lanzarse
a una nueva experiencia: la poesía colectiva? En verdad la poesía
siempre ha sido hecha por todos. Los mitos poéticos, las grandes imágenes
de la poesía en todas las lenguas, son un objeto de comunión colectiva.
Los surrealistas no sólo quieren participar en las creaciones poéticas:
aspiran a convertir esa participación en una nueva forma de creación.
Varios libros de poemas fueron escritos colectivamente por Breton, Éluard,
Char y otros. Al mismo tiempo, aparecen los juegos poéticos y plásticos,
todos ellos destinados a hacer surgir, por medio del choque de dos o más
voluntades poéticas, la imagen deslumbrante.
Los primeros años de actividad surrealista fueron muy ricos. No solamente
modificaron la sensibilidad de la época sino que hicieron surgir una
nueva poesía y una nueva pintura. Pero no se trataba de crear un nuevo
arte sino un hombre nuevo. Ahora bien, la Edad de Oro no aparecía entre
los escombros de esa realidad tan furiosamente combatida. Al contrario, la condición
del hombre era cada vez más atroz. Al período que inicia el 'Primer
manifiesto' sucede otro, presidido por preocupaciones de orden social. En el
ánimo de Breton, Aragon y sus amigos se instala una duda: la emancipación
del espíritu humano, meta del surrealismo, ¿no exige una previa
liberación de la condición social del hombre? Tras varias tormentas
interiores, el surrealismo decide adherirse a las posiciones de la Tercera Internacional.
Y así, 'La Revolución Surrealista' se transforma en 'El Surrealismo
al servicio de la Revolución'. Sin embargo, los revolucionarios políticos
no mostraron mucha simpatía por servidores tan independientes. La máquina
burocrática del Partido Comunista acabó por rechazar a todos aquellos
que no pudieron o no quisieron someterse. Durante algunos años las rupturas
suceden a las tentativas de conciliación. Al final se vio claro que toda
síntesis era imposible. Sin duda el carácter cada vez más
autoritario y antidemocrático del comunismo estalinista, la estrechez
y rigidez de sus doctrinas estético-políticas y, sobre todo, la
represión de que fueron síntoma, entre otros, los Procesos de
Moscú, contribuyeron a hacer irreparable la ruptura. Aun así,
por unos años más, el surrealismo coincidió con las tesis
fundamentales del marxismo, tal como las representaba León Trotsky. En
1938 Bretón lo visita en México y redacta con el viejo revolucionario
un famoso manifiesto: 'Por un arte revolucionario independiente'. (Este texto
apareció en todo el mundo con las firmas de André Breton y Diego
Rivera.)
A pesar de la amplitud y generosidad de miras de León Trotsky, la verdad
es que demasiadas cosas separaban al materialismo histórico de la posición
surrealista. La imposibilidad de participar directamente en la lucha social
fue, y es una herida para el surrealismo. En un libro reciente Bretón vuelve
sobre el tema, no sin amargura: "La historia dirá si esos que reivindican
hoy el monopolio de la transformación social del mundo trabajan por la
liberación del hombre o lo entregan a una esclavitud peor. El surrealismo,
como movimiento definido y organizado en vista de una voluntad de emancipación
más amplia, no pudo encontrar un punto de inserción en su sistema..."
Reducido a sus propios medios, el surrealismo no ha cesado de afirmar que la
liberación del hombre debe ser total. En el seno de una sociedad en la
que realmente hayan desaparecido los señores, nacerá una poesía
que será creación colectiva, como los mitos del pasado. Asistirá
el hombre entonces a la reconciliación del pensamiento y la acción,
el deseo y el fruto, la palabra y la cosa. La escritura automática dejaría
de ser una aspiración: hablar sería crear.
El surrealismo pone en tela de juicio a la realidad; pero la realidad también
pone en tela de juicio a la libertad del hombre. Hay series de acontecimientos
independientes entre sí que, en ciertos sitios y momentos privilegiados,
se cruzan. ¿Cuál es el significado de lo que se llama destino,
casualidad o, para emplear el lenguaje de Hegel, azar objetivo? En varios libros
-Nadja, El loco amor, Los vasos comunicantes- Bretón señala el carácter
extraño de ciertos encuentros. ¿Se trata de meras coincidencias?
Semejante manera de resolver el problema revelaría una suerte de realismo
ingenuo o de positivismo primario. Lugar en que se cruzan la libertad y la necesidad,
¿qué es el azar objetivo? Engels había dicho: "La
causalidad no puede ser comprendida sino ligada con la categoría del
azar objetivo, forma de manifestación de la necesidad." Para Breton
el azar objetivo es el punto de intersección entre el deseo -o sea: la
libertad humana- y la necesidad exterior. No creo que nadie haya ofrecido una
respuesta definitiva a este 'problema de problemas'. Pero si la respuesta de
Bretón no logra satisfacernos, su pregunta no cesa de hostigarnos. Todos hemos
sido héroes o testigos de encuentros inexplicables. Esos encuentros son,
para citar hallazgos de personas muy alejadas de las preocupaciones surrealistas,
el virus para Pasteur, la penicilina para Fleming, una rima para Valery. Y en
nuestra vida diaria, ¿no es el amor, de manera soberana, la ardiente encarnación
del azar objetivo? Las preguntas que hacían Breton y Éluard en
la revista Minotauro: "¿Cuál ha sido el encuentro capital
de su vida?; ¿hasta que punto ese encuentro le ha dado la impresión
de lo necesario o fortuito?", las podemos repetir todos. Y estoy seguro
de que la mayoría respondería que ese encuentro capital, decisivo,
destinado a marcarnos para siempre con su garra dorada, se llama: amor, persona
amada. Y ninguno de nosotros podría afirmar con entereza si ese encuentro
fue fortuito o necesario. Los más diríamos que, si fue fortuito,
tenía toda la fuerza inexorable de la necesidad; y si fue necesario,
poseía la deliciosa indeterminación de lo fortuito. El azar objetivo
es una forma paradójica de la necesidad, la forma por excelencia del
amor: conjunción de la doble soberanía de libertad y destino.
El amor nos revela la forma más alta de la libertad: libre elección
de la necesidad.
El amor es exclusivo y único porque en la persona amada se enlazan libertad
y necesidad. En uno de sus libros más hermosos, El loco amor, Breton
ha puesto de relieve la naturaleza absorbente, total, del amor único:
"delirio de la presencia absoluta en el seno de la naturaleza reconciliada".
El verdadero amor, el amor libre y liberador, es siempre exclusivo e impide
toda caída en la infidelidad: "No hay sofisma tan temible como el
que afirma que el acto sexual va necesariamente acompañado de una caída
del potencial amoroso entre dos seres, caída cuya repetición los
arrastraría progresivamente a cansarse el uno del otro... Es fácil
discernir los dos errores fundamentales que originan este modo de ver: uno es
social; otro, moral. El error social, que no podría remediarse sin la
destrucción de las bases económicas de la sociedad actual, procede
de que la elección inicial hoy no está realmente permitida y,
en la medida en que excepcionalmente tiende a imponerse, se produce en una atmósfera
de no elección, hostil a su triunfo... El error moral nace de la incapacidad
en que se halla la mayoría de los hombres para librarse de toda preocupación
ajena al amor, de todo temor como de toda duda... La experiencia del artista,
como la del sabio, es aquí de gran ayuda: ambas revelan que todo lo que
se edifica y perdura ha exigido, de antemano, para ser, un total abandono. El
amor debe perder ese gusto amargo que no tiene, por ejemplo, el ejercicio de
la poesía. Tal empresa no podrá llevarse a cabo plenamente mientras
no se haya abolido, a escala universal, la infame idea cristiana del pecado."
Es decir, se trata de reconquistar la inocencia. No es extraño que otro
gran contemporáneo de Bretón, el inglés D. H. Lawrence, se exprese
en términos semejantes. El verdadero tema de nuestro tiempo -y el de
todos los tiempos- es el de la reconquista de la inocencia por el amor.
¡Despojar al amor "de ese sabor amargo que no tiene la poesía"!
¿Qué es, entonces, la poesía para Bretón? Él mismo
nos lo dice en un poema:
La poesía se hace en el lecho como el amor
Sus sábanas deshechas son las aurora de las cosas
La poesía se hace en los bosques
El abrazo poético como el abrazo carnal
Mientras duran
Prohíben caer en la miseria del mundo.
Poesía y amor son actos semejantes. La experiencia
poética y la amorosa nos abren las puestas de un instante eléctrico. Allí el
tiempo no es sucesión; ayer, hoy y mañana dejan de tener significado: sólo hay
un siempre que es también un aquí y un ahora. Caen los muros de la prisión
mental; espacio y tiempo se abrazan, se entretejen y despliegan a nuestros pies
una alfombra viviente, una vegetación que nos cubre con sus mil manos de hierva,
que nos desnuda con sus mil ojos de agua. El poema, como el amor, es un acto en
el que nacer y morir, esos dos
extremos contradictorios que nos desgarran y hacen de tal modo precaria la condición
humana, pactan y se funden. Amar es morir, han dicho nuestros místicos;
pero también, y por eso mismo, es nacer. El carácter inagotable
de la experiencia amorosa no es distinto al de la poesía. René Char escribe: "El poema es el amor realizado del deseo que permanece deseo."
Todo el ser participa en el encuentro erótico, bañado de su luz
cegadora. Y cuando la tensión desaparece y la ola nos deposita en la
orilla de lo cotidiano, esa luz aún brilla y nos entreabre la cortina
de nuestra condición. Entonces nos reconocemos y recordamos lo que realmente
somos. La "vida anterior" regresa: es una mujer, la morada terrestre
del hombre, la diosa de pechos desnudos que sonríe a la orilla del Mediterráneo,
mientras el agua del "mar se mezcla al sol"; es Xochiquetzal, la de
la falda de hojas de maíz y fuego, la de la falda de bruma, cuerpo de
centella en la tormenta; es Perséfone que asciende del abismo en donde
ha cortado el narciso, la flor del deseo. Paul Éluard revela la identidad
entre amor y poesía:
Tú das al mundo un cuerpo siempre el mismo
El tuyo
Tú eres la semejanza
La mujer es semejanza. Y yo diría: la correspondencia. Todo rima, todo
se llama y se responde. Como lo creían los antiguos, y lo han sostenido
siempre los poetas y la tradición oculta, el universo está compuesto
por contrarios que se unen y separan conforme a cierto ritmo secreto. El conocimiento
poético -la imaginación, la facultad productora de imágenes
en cuyo seno los contrarios se reconcilian- nos deja vislumbrar la analogía
cósmica. Baudelaire decía: "La imaginación es la más
científica de nuestras facultades porque sólo ella es capaz de
comprender la analogía universal, aquello que una religión mística
llamaría la correspondencia... La naturaleza es un Verbo, una alegoría,
un modelo..." La obsesionante repetición de imágenes y mitos
a través de los siglos, por individuos y pueblos que no se han conocido
entre ellos, no puede razonablemente explicarse sino aceptando el carácter
arquetípico del universo y de la palabra poética. Cierto, el hombre
ha perdido la llave maestra del cosmos y de sí mismo; desgarrado en su
interior, separado de la naturaleza, sometido al tormento del tiempo y el trabajo,
esclavo de sí mismo y de los otros, rey destronado, perdido en un laberinto
que parece no tener salida, el hombre da vueltas alrededor de sí mismo
incansablemente. A veces, por un instante duramente arrebatado al tiempo, cesa
la pesadilla. La poesía y el amor le revelan la existencia de ese alto
lugar en donde, como dice el Segundo manifiesto: "La vida y la muerte,
lo real y lo imaginario, lo pasado y lo futuro, lo comunicable y lo incomunicable,
lo alto y lo bajo dejarán de ser percibidos contradictoriamente".
Todavía no es tiempo de hacer uno de esos balances que tanto aman los
críticos y los historiadores. Hoy nadie se atreve a negar que el surrealismo
ha contribuido de manera poderosa a formar la sensibilidad de nuestra época.
Además, esa sensibilidad, en buena parte, es creación suya. Pero
la empresa surrealista no se ha limitado únicamente a expresar las tendencias
más ocultas de nuestro tiempo y anticipar las venideras; este movimiento
se proponía encarnar en la historia y transformar el mundo con las armas
de la imaginación y la poesía. No ha sido otra la tentativa de
los más grandes poetas de Occidente. Frente a la ruina del mundo sagrado
medieval y, simultáneamente, cara al desierto industrial y utilitario
que ha erigido la civilización racionalista, la poesía moderna
se concibe como un nuevo sagrado, fuera de toda iglesia y fideísmo. Novalis
había dicho: "La poesía es la religión natural del
hombre." Blake afirmó siempre que sus libros constituían
las "sagradas escrituras" de la nueva Jerusalén. Fiel a esta
tradición, el surrealismo busca un nuevo sagrado extrarreligioso, fundado
en el triple eje de la libertad, el amor y la poesía. La tentativa surrealista
se ha estrellado contra un muro. Colocar a la poesía en el centro de
la sociedad, convertirla en el verdadero alimento de los hombres y en la vía
para conocerse tanto como para transformarse, exige también una liberación
total de la misma sociedad. Sólo en una sociedad libre la poesía
será un bien común, una creación colectiva y una participación
universal. El fracaso del surrealismo nos ilumina sobre otro, acaso de mayor
envergadura: el de la tentativa revolucionaria. Allí donde las antiguas
religiones y tiranías han muerto, renacen los cultos primitivos y las
feroces idolatrías. Nadie sabe qué nos depararán los treinta
o cuarenta años venideros. No sabemos si todo arderá, si brotará
la espiga de la tierra quemada o si continuará el infierno frío
que paraliza al mundo desde el fin de la guerra. Tampoco es fácil predecir
el porvenir del surrealismo. Pero yo se algo: como las sectas gnósticas
de los primeros siglos cristianos, como la herejía cátara, como
los grupos de iluminados del Renacimiento y la época romántica,
como la tradición oculta que desde la antigüedad no ha cesado de
inquietar a los más altos espíritus, el surrealismo -en lo que
tiene de mejor y más valioso- seguirá siendo una invitación
a la aventura interior, al redescubrimiento de nosotros mismos; y un signo de
inteligencia, el mismo que a través de los siglos nos hacen los grandes
mitos y los grandes poetas. Ese signo es un relámpago: bajo su luz convulsa
entrevemos algo del misterio de nuestra condición.
México, 1954
Del libro "Las peras del olmo", de la Editorial Seix Barral.