Oscurece.
Se contraen y expanden los planetas.
Vibran las hojas secas.
No hay movimientos vivos
ni mesetas.
Casi todo es turbio y pesaroso,
como la noche creciente.
Se cuecen las pesadillas.
Se cimbrean los delirios.
Nace la noche inquieta
de las ausencias;
de la nostalgia febril
y las inauditas querencias.
De ella huí una noche incierta.
De ella:
que siempre me ha olvidado,
que casi nunca nos recuerda.
Ni a tí ni a mí,
unidos ahora por un dolor común,
por un quejumbroso ánimo.
De ella velamos su sueño,
acariciamos su grito,
restañamos su estigma.
De ella esperamos sonrisas
y amurallamos quebrantos.
Pero ni siquiera nos recuerda.
No es casi capaz de oirnos.
Ni de nombrarnos.
La atrincheramos
como a nuestros propios cuerpos.
La recubrimos de savia y cinturones.
Secamos las incontenibles aguas,
recrecimos los diques,
ondulamos sus mares.
Pero sobrevolando Sevilla
nos ha olvidado.
Es la hecatombe de los años.
La reconquista del tiempo:
lo vencido pide sus cuentas.
La vejez nos atruena
con sus hilos de seda,
con sus flores de niebla.
Todo nos reprocha la brevedad del paso.
La recíproca minuciosidad del planeta.
Los destellos de luz
que surgen de las arterias.
Todo nos alimenta de pena
y de pesados metales,
que van cubriendo los canales
de la memoria.
Ella nos ha olvidado.
Pero en su recuerdo prevaleceremos
con otros nombres de siempre.