SALOMÓN BURKE SE EMBORRACHA
(Joaquín Vega)

Era un habitual, si, lo recuerdo muy bien aunque aquí para mucha gente, ya ve usted donde está el café, en plena rue de Rivoli casi tocando Saint Antoine, fíjese que desde la terraza se ve la iglesia, y por cierto, ¿sabe que bajo esa iglesia enterraron en su día a Rabelais?, pues sí, como se lo digo, aunque no parece que eso le impresione demasiado, sabrá quien era Rabelais, ¿verdad?, Salomón sí lo sabía, de hecho la tarde que se lo conté, una tarde similar a esta ahora que lo pienso, con tráfico lento afuera y una franja de luz dorada a mitad de los edificios, ¿o era ya invierno?, déjeme recordar, Salomón llevaba pañuelo, un pañuelo granate con el que se vendó los ojos a cierta altura de la noche, haciendo como que era ciego, diablos, pero esa fue el día que se emborrachó y ahora hablaba de otra cosa, en fin, la verdad que no puedo decirle la fecha con precisión, pero era un día despejado porque estuvimos un rato contemplando la torre de Saint Antoine, yo apoyado en el marco de la puerta y Salomón ahí, en la primera mesa de la terraza con el exprés que acababa de servirle, y cuando le conté lo de Rabelais él se quedó un rato en silencio y después me dijo que estaba sobrecogido, con esta misma palabra me lo dijo, soy sobrecogido, Ramón, conmigo le gustaba hablar en español, que manejaba bastante bien aunque a menudo lo mezclaba con el italiano, así que lo dejé tranquilo con su sobrecogimiento y me vine a colocar vasos a la barra, estuve un rato colocando vasos mientras pensaba en la tumba de mi padre, que había fallecido hacía ya diez o doce años y no tenía ningún problema en el cementerio que yo supiese, fue sólo que me vino a la cabeza la lápida de mármol rojo que le había comprado y que el cura casi no me deja colocar y al verla otra vez en la memoria tuve la sensación repentina de como que León estaba muy lejos de París y mi padre muy sólo en España, ya ve usted qué cosas se le ocurren a uno mientras coloca vasos, después volví a la terraza y Salomón, que seguía allí sentado junto a la taza de su exprés, me dio un poema recién escrito titulado "Tombeau de Rabelais", que habla de la memoria muda de la piedra, de gusanos de tinta y de unos testículos envueltos en un pañuelo de gasa color grana que son como la semilla inmortal del arte, un poema muy hermoso, lo guardo en casa aunque ahora no sabría decirle dónde lo tengo. O sea que sí, que me acuerdo muy bien de él porque era de los habituales, aunque venía siempre solo y muchas veces volvía a irse sin hablar con nadie.
Pero dígame usted, ¿es muy conocido Salomón en su país?, porque tenía entendido que no había publicado más que un par de libros; con esto no quiero decir que dos libros sean poco, pero ya sabrá usted que tal como está hoy en día la literatura pues bueno, hay que producir, ¿verdad?, estar en el candelero como se suele decir, claro que los americanos hacen tesis sobre cualquier cosa, y disculpe la aparente impertinencia, que no quiere ser tal, a mi me parece muy bien que se ocupe usted de Salomón Burke y estoy dispuesto a contarle todo lo que sé de él; también he de decirle que no es el primer escritor que para por este café, Georges Perec sin ir más lejos venía muy a menudo, hasta que se murió. En fin, Salomón era un tipo muy discreto por lo general, de paso lento y un poco estirado, ya conoce el tópico de que los americanos que vienen a París, pues bueno, como que buscan desesperadamente la distinción, ¿no es cierto?, y Salomón en efecto era un poco así, siempre ensimismado con sus cosas, tomaba café y como mucho un vaso de vino, Beaumes de Venice si no recuerdo mal, a veces se juntaba a alguna tertulia aunque le gustaba más el trato personal, solía hablar con Duprès, un arquitecto jubilado que había trabajado en Hispanoamérica y formaba parte de la tertulia de los miércoles, y también con Rigoud, un pintor de aquí que había vivido unos años en Los Ángeles y con el que se entendía en inglés, casi siempre con gente de mucha más edad que él, y nunca demasiado tiempo, yo creo que también porque él casi no bebía y aquí se bebe mucho, ¿sabe usted?, no hay tertulia que no pase de la botella de vino por persona, por eso nos sorprendió tanto el día que se emborrachó.
Esto es algo que merece su atención, me parece a mí, porque a un hombre tanto lo caracterizan sus costumbres como las excepciones a esas costumbres, que vienen a ser lo mismo, no sé si me explico; estoy seguro de que todos los que conocían a Salomón, aunque fuese de vista, y tuvieron la ocasión de verlo aquel día de delirio, si en algún momento lo recuerdan seguramente lo recordarán la noche de su borrachera, con ser que él nunca bebía. Y voy a darle otro ejemplo tomado de la realidad: cuando yo era joven, le hablo de los treinta años, más o menos, tuve una novia que era muy golfa, se tiraba todo lo que encontraba y tampoco había mayor problema, yo hacía lo mismo aunque ya se sabe que las mujeres lo tienen más fácil, no era lo que se dice una relación romántica pero a nuestra manera nos queríamos, y ocurrió que un día me dijo que sólo podía vivir conmigo, que me amaba, que me necesitaba, y yo no sé muy bien por qué le dije que a mí me pasaba lo mismo, así que cogimos nuestros ahorros, yo entonces trabajaba de dependiente en la librería Les Deux Mondes, y nos fuimos de vacaciones a Normandía; la cosa por supuesto no funcionó y a los tres días nos peleamos en el bar del hotel, con un escándalo considerable: el viaje supuso el fin de nuestra relación, ¿qué le parece?
Pero volvamos a Salomón Burke y a la noche que se emborrachó. Creo que a su llegada pidió un café, como siempre, porque de lo contrario me hubiese llamado la atención; fue esa noche cuando llevaba un pañuelo granate al cuello, no me cabe duda por lo que vino después, aunque el día de Rabelais escribió sobre un pañuelo de ese color que ahora mismo no recuerdo si llevaba puesto, creo que no, el caso es que ahí está. Era una tarde parecida a esta, serena y otoñal, aunque yo últimamente lo recuerdo todo en tardes así, no sé que me pasa, en fin, el caso es que aún no había oscurecido y él se sentó en la terraza como igualmente acostumbraba a hacer cuando aún era de día, se sentaba afuera y pasaba un rato ensimismado antes de juntarse a alguien o ponerse a leer. Quizá yo le preguntase cómo iba la escritura o quizá no, porque por entonces no le gustaba hablar del tema, antes solía contarme sus proyectos, él más que nada tenía proyectos, largos poemas en verso, variaciones sobre Hölderlin y traducciones de poetas franceses que no llegaba nunca a comenzar, pero últimamente me daba largas con alguna de esas respuestas tontas que yo no sabía si interpretar como u acceso de suficiencia o como prueba de que las cosas no iban nada bien. Con tal que le serví el café y fui a atender a otra mesa. Al cabo de un rato vi que Salomón me hacía un gesto, y cuando me acerqué a su sitio le oí decirme, torciendo la boca de una forma un poco rara: Ramón, por favore, Beamues de Venice, una petición insólita porque él sólo tomaba vino en compañía, a mí siempre me pareció que bebía únicamente por hacer pendant, así que volví a preguntarle por si no había entendido bien y después de volver a oír lo mismo pensé que quizás estuviese esperando a una muchacha, aunque a él las mujeres no se le daban nada bien, creo que les decía cosas a las que no sabían que contestar. Le serví el vino y antes de que tuviese tiempo de retirarme de su mesa pude ver cómo se lo bajaba de un trago, como si fuese agua; para beber así puedes pedir algo más barato, Salomón, le sugerí, y él me dio las gracias por el consejo y me dijo que lo tendría en cuenta. Así comenzó Salomón su borrachera.
¿Usted bebe?, quiero decir si le gusta el vino, porque es una de las atracciones de este país, y no lo digo porque yo tenga un café, en realidad a mí esto me viene por casualidad, pasaba tanto tiempo en los cafés que cuando me enteré de este traspaso me dije: Ramón, ha llegado la hora de sentar la cabeza, se acabó eso de andar dando tumbos por ahí, y ya ve, aquí sigo. Le aconsejo que beba mucho vino, es tan importante como Nôtre-Dame, y a fin de cuentas ustedes los americanos son los únicos extranjeros que no encuentran caro París. Pero bueno, veo que no suelta el bolígrafo así que debe querer oír más cosas sobre Salomón, ¿verdad?, como siguió aquella tarde que el poeta mostró su cara menos conocida, quizás ignorada por él mismo, vayan ustedes a saber, y que de alguna forma puede estar relacionada con su estilo elíptico; pues verá, Salomón no esperaba a ninguna muchacha, así que después de bajarse de un trago su Beaumes de Venice se quedó un rato inmóvil, como si le pasase algo, yo creí que iba a vomitar pero como estábamos en la terraza no le dije nada, ça va, Salomón?, le pregunté, y entonces él me dijo, poniendo la voz grave: delenda est Cartago, fire!, fire!, tous les greniers en flammes!, o algo parecido, de lo que estoy seguro es de que citó "delenda est Cartago", porque luego estuvo repitiéndolo toda la noche. Después me dijo que me quería. Como ya empezaba a oscurecer, fíjese que talmente como ahora, que ya han corrido los portones de enfrente, las farolas brillan suave todavía y la noche cae despacio sobre la torre de Saint Jacques, pues Salomón se puso en pie y entró conmigo al café, se quedó mismamente donde está usted ahora y esperó a que yo llegase al otro lado de la barra para pedirme otro vino, el piú buen mercado, es decir, el más barato, me dijo, tras lo cual y con su vaso se dirigió a la mesa del fondo, donde tenía lugar la tertulia de los miércoles, dispuesto ya seguramente a pegarle fuego a aquella noche.
Yo después me dediqué a atender a los clientes y tardé un rato en volver a verlo, hasta que Duprés me hizo un gesto desde el fondo para que les llevase otro par de botellas; cuando me acerqué a la mesa encontré a Salomón con la camisa abierta hasta la cintura, mostrándoles a Muriel Lombard y a una amiga la cicatriz que tenía en las costillas. No sé si ha oído usted hablar de esa cicatriz, yo hasta aquel día tampoco, como supondrá, él era un tipo muy recatado; al parecer se había caído de un árbol en Pensylvania, de niño, mientras jugaba a los piratas, y un poste le había abierto el costado, tenía una cicatriz de quince centímetros, pero lo importante no era eso según él, sino el hecho de que llevaba quince años asegurando a sus amantes que aquello se lo había hecho un tiburón. A ti no quiero mentirte, le decía a la amiga de Muriel Lombard. Recuerdo que miré a Duprés un poco extrañado y él arqueó las cejas, esas cosas no se confiesan nunca, aseguró. Yo con la misma di media vuelta y me volví a la barra, el café estaba lleno y yo aquel día estaba solo, por entonces tenía una camarera, ¿sabe?, se llamaba Patricia y tocaba el trombón, pero ya no está, la dejaba hacer todo lo que quería y acabó por venir cuando le daba la gana, aquella noche no recuerdo qué le pasaba, debía de tener ensayo. Al cabo de un rato oí que cantaban al fondo, bella figlia d'ell amore; al principio no reconocí la voz, muy desafinada, pero enseguida me di cuenta de que era la de Salomòn.
Este mayormente es un café tranquilo, ¿sabe usted?, no sé si se ha fijado que no tengo música, debo de ser el único de todo París; aquí la gente se divierte sin escandalizar, y no es que yo tenga nada contra el escándalo, es que así son las cosas. Lleva abierto desde 1925, no sé si se hace usted una idea de lo que ha pasado desde entonces por aquí, las molduras de los espejos y los ribetes del techo son originales. Hay un clochard que viene de vez en cuando, por la tarde, a insultar a la gente desde la puerta, pero enseguida se va porque nadie le hace caso, aquí cada uno va a lo suyo. Así que cuando Salomón se puso a cantarle Rigoletto al a miga de Muriel Lombard a mí hasta me gustó, con todo lo que desafinaba, porque lo cierto es que uno a veces se aburre un poco. Después pasó al Oh sole mio!, para la que se puso de pie, echando bruscamente la silla atrás, con el pañuelo granate sobre la frente como un pirata o un jugador de tenis; la escenificó con gestos crispados de desesperación hacia el techo y hacia el rostro de la muchacha, se abrazó a una columna al acabar y después, vuelto hacia uno de los espejos laterales, declaró a viva voz que a continuación le gustaría cantar una canción irlandesa para aquella divinidad a la que acababa de conocer, porque él tenía sangre irlandesa y aquella noche la sentía brotar a grifo abierto de su corazón, pero que no sabía ninguna. A todo esto la tertulia del fondo se había desplazado ya hacia un lado de la mesa, dejando a Salomón en una esquina con Muriel Lombard y su amiga, que parecían divertirse y le llenaban el vaso una y otra vez. Yo me acerqué a Duprés y le sugerí que no le diesen más de beber, no estaba acostumbrado, pero eso Duprés ya lo sabía y al parecer no podía hacer nada porque era el otro quien lo pedía y además aquella era su ronda. Fue entonces cuando Salomón se vendó los ojos con el pañuelo y se puso a caminar a tientas, con los brazos extendidos, por el café: I Tiresias, though blind, throbbing between two lives, recitaba volviéndose hacia las mesas de un lado y otro del pasillo. Era evidente que yo debía intervenir, pero tardé un poco en reaccionar, lo cierto es que a mí siempre me ha gustado más el papel de espectador, y ver a Salomón en aquel trance me producía un punto de fascinación, como ante un fenómeno maravilloso; así fue que cuando me decidí a ir hacia él resultó ser demasiado tarde, o quizá debí haberme quedado quieto, no sé, en cuanto adelanté el pie, como si hubiese activado un mecanismo, vi que Salomón, delenda est Cartago, se giraba bruscamente haciendo un molinete con los brazos, y que una mano en el aire golpeaba la tulipa de la columna, de repente un grito de pánico y toda la mesa que estaba al lado poniéndose de pie, una mujer en la silla, desmayada, con una brecha que le cruzaba desde la sien a la mejilla y empezaba a sangrar abundantemente, ¿qué diablos ha pasado?, por favor una compresa, oigo que me piden, después alguien me muestra un trozo de la lamparilla que acababa de estrellarse contra el rostro de la mujer, la había jodido, Salomón.
Se organizó un revuelo tremendo, como usted puede imaginar. Uno de los amigos de la mujer herida, que se llamaba Amandine y era de Toulousse, tenía un restaurante cerca del Panteón y supongo que eso la hizo ser más considerada conmigo a la hora de las demandas, a Salomón casi lo lleva a la cárcel, pues uno de los que estaba con ella quiso pegar a Salomón Burke, connard imbécile, le decía, en fin, el pobre Salomón se había cortado la mano y no se enteraba de nada, allá Duprés se encargó de calmar al otro. Yo fui corriendo a por el botiquín, una muchacha que había hecho un curso de enfermería se encargó de hacer la primera cura y de desinfectar la herida, se lo advertí yo, desinfecte esa herida porque estas lámparas son de 1956 y por mucho que uno las limpie, ya se hará usted una idea, en fin, al rato apareció la policía, que no sé quien los habría llamado con tanta urgencia aunque como están aquí al lado junto al Hôtel de Ville pues vamos a creer que por eso llegaron antes que la ambulancia, les conté lo que había ocurrido y me dijeron que tenían que detener a Salomón, mais attendez, voyons, il est blessé!; traté de convencerles de que era inofensivo, les conté que era poeta y que estaba traduciendo a los grandes poetas franceses al inglés, que quizá tuviese un cargo diplomático, con todo quisieron interrogarle y tuve que conducirlos abajo, a los baños, donde Salomón estaba vomitando en compañía de Duprés. Después apareció la ambulancia y cargaron en una camilla a la mujer, que seguía conmocionada y lo único que hacía era dar cabezazos bruscos a un lado y al otro, un camillero tuvo que salir sujetándole la cabeza para que no se golpease la herida contra el almohadón; a Salomón también se lo llevaron, aunque éste salió por su propio pie, muy pálido y escoltado por los gendarmes. Después se fueron todos y yo no sé por qué me quedé en la puerta, pensando en Muriel Lombard.
Así que ya ve usted, Salomón se emborrachó aquel día y casi mata a una mujer, involuntariamente pero a los efectos como si no lo fuese, algo que a él quizá no se le había pasado nunca por la imaginación, ¿usted no ha hecho alguna vez cosas sorprendentes para usted mismo?, podría contarle más ejemplos, recuerdo un día que a mí mismo me dio por caminar, fíjese que yo no voy a pie a ninguna parte, un mes que tuve que estar sin coche porque me quitaron el permiso de conducir gasté más de dos mil francos en taxis, pues una tarde me dio por salir a pasear, entonces vivía en Belleville, eché a andar y estuve caminando hasta que aparecí en Boulonge, cuando llegué allí ya era de noche y estaba agotado, así que me senté en un banco y me quedé dormido, pero bueno, esa es otra historia, supongo que querrá usted repasar sus notas, sacar sus conclusiones, ¿no quiere probar el Beaumes de Venice?, es un vino sedoso al paladar, ligeramente afrutado; por cierto, dígame usted, ¿qué ha sido de Salomón Burke?

Noviembre de 2001