Era un habitual, si, lo recuerdo muy bien aunque aquí para mucha gente,
ya ve usted donde está el café, en plena rue de Rivoli casi tocando
Saint Antoine, fíjese que desde la terraza se ve la iglesia, y por cierto,
¿sabe que bajo esa iglesia enterraron en su día a Rabelais?, pues
sí, como se lo digo, aunque no parece que eso le impresione demasiado,
sabrá quien era Rabelais, ¿verdad?, Salomón sí lo
sabía, de hecho la tarde que se lo conté, una tarde similar a
esta ahora que lo pienso, con tráfico lento afuera y una franja de luz
dorada a mitad de los edificios, ¿o era ya invierno?, déjeme recordar,
Salomón llevaba pañuelo, un pañuelo granate con el que
se vendó los ojos a cierta altura de la noche, haciendo como que era
ciego, diablos, pero esa fue el día que se emborrachó y ahora
hablaba de otra cosa, en fin, la verdad que no puedo decirle la fecha con precisión,
pero era un día despejado porque estuvimos un rato contemplando la torre
de Saint Antoine, yo apoyado en el marco de la puerta y Salomón ahí,
en la primera mesa de la terraza con el exprés que acababa de servirle,
y cuando le conté lo de Rabelais él se quedó un rato en
silencio y después me dijo que estaba sobrecogido, con esta misma palabra
me lo dijo, soy sobrecogido, Ramón, conmigo le gustaba hablar en español,
que manejaba bastante bien aunque a menudo lo mezclaba con el italiano, así
que lo dejé tranquilo con su sobrecogimiento y me vine a colocar vasos
a la barra, estuve un rato colocando vasos mientras pensaba en la tumba de mi
padre, que había fallecido hacía ya diez o doce años y
no tenía ningún problema en el cementerio que yo supiese, fue
sólo que me vino a la cabeza la lápida de mármol rojo que
le había comprado y que el cura casi no me deja colocar y al verla otra
vez en la memoria tuve la sensación repentina de como que León
estaba muy lejos de París y mi padre muy sólo en España,
ya ve usted qué cosas se le ocurren a uno mientras coloca vasos, después
volví a la terraza y Salomón, que seguía allí sentado
junto a la taza de su exprés, me dio un poema recién escrito titulado
"Tombeau de Rabelais", que habla de la memoria muda de la piedra,
de gusanos de tinta y de unos testículos envueltos en un pañuelo
de gasa color grana que son como la semilla inmortal del arte, un poema muy
hermoso, lo guardo en casa aunque ahora no sabría decirle dónde
lo tengo. O sea que sí, que me acuerdo muy bien de él porque era
de los habituales, aunque venía siempre solo y muchas veces volvía
a irse sin hablar con nadie.
Pero dígame usted, ¿es muy conocido Salomón en su país?,
porque tenía entendido que no había publicado más que un
par de libros; con esto no quiero decir que dos libros sean poco, pero ya sabrá
usted que tal como está hoy en día la literatura pues bueno, hay
que producir, ¿verdad?, estar en el candelero como se suele decir, claro
que los americanos hacen tesis sobre cualquier cosa, y disculpe la aparente
impertinencia, que no quiere ser tal, a mi me parece muy bien que se ocupe usted
de Salomón Burke y estoy dispuesto a contarle todo lo que sé de
él; también he de decirle que no es el primer escritor que para
por este café, Georges Perec sin ir más lejos venía muy
a menudo, hasta que se murió. En fin, Salomón era un tipo muy
discreto por lo general, de paso lento y un poco estirado, ya conoce el tópico
de que los americanos que vienen a París, pues bueno, como que buscan
desesperadamente la distinción, ¿no es cierto?, y Salomón
en efecto era un poco así, siempre ensimismado con sus cosas, tomaba
café y como mucho un vaso de vino, Beaumes de Venice si no recuerdo mal,
a veces se juntaba a alguna tertulia aunque le gustaba más el trato personal,
solía hablar con Duprès, un arquitecto jubilado que había
trabajado en Hispanoamérica y formaba parte de la tertulia de los miércoles,
y también con Rigoud, un pintor de aquí que había vivido
unos años en Los Ángeles y con el que se entendía en inglés,
casi siempre con gente de mucha más edad que él, y nunca demasiado
tiempo, yo creo que también porque él casi no bebía y aquí
se bebe mucho, ¿sabe usted?, no hay tertulia que no pase de la botella
de vino por persona, por eso nos sorprendió tanto el día que se
emborrachó.
Esto es algo que merece su atención, me parece a mí, porque a
un hombre tanto lo caracterizan sus costumbres como las excepciones a esas costumbres,
que vienen a ser lo mismo, no sé si me explico; estoy seguro de que todos
los que conocían a Salomón, aunque fuese de vista, y tuvieron
la ocasión de verlo aquel día de delirio, si en algún momento
lo recuerdan seguramente lo recordarán la noche de su borrachera, con
ser que él nunca bebía. Y voy a darle otro ejemplo tomado de la
realidad: cuando yo era joven, le hablo de los treinta años, más
o menos, tuve una novia que era muy golfa, se tiraba todo lo que encontraba
y tampoco había mayor problema, yo hacía lo mismo aunque ya se
sabe que las mujeres lo tienen más fácil, no era lo que se dice
una relación romántica pero a nuestra manera nos queríamos,
y ocurrió que un día me dijo que sólo podía vivir
conmigo, que me amaba, que me necesitaba, y yo no sé muy bien por qué
le dije que a mí me pasaba lo mismo, así que cogimos nuestros
ahorros, yo entonces trabajaba de dependiente en la librería Les Deux
Mondes, y nos fuimos de vacaciones a Normandía; la cosa por supuesto
no funcionó y a los tres días nos peleamos en el bar del hotel,
con un escándalo considerable: el viaje supuso el fin de nuestra relación,
¿qué le parece?
Pero volvamos a Salomón Burke y a la noche que se emborrachó.
Creo que a su llegada pidió un café, como siempre, porque de lo
contrario me hubiese llamado la atención; fue esa noche cuando llevaba
un pañuelo granate al cuello, no me cabe duda por lo que vino después,
aunque el día de Rabelais escribió sobre un pañuelo de
ese color que ahora mismo no recuerdo si llevaba puesto, creo que no, el caso
es que ahí está. Era una tarde parecida a esta, serena y otoñal,
aunque yo últimamente lo recuerdo todo en tardes así, no sé
que me pasa, en fin, el caso es que aún no había oscurecido y
él se sentó en la terraza como igualmente acostumbraba a hacer
cuando aún era de día, se sentaba afuera y pasaba un rato ensimismado
antes de juntarse a alguien o ponerse a leer. Quizá yo le preguntase
cómo iba la escritura o quizá no, porque por entonces no le gustaba
hablar del tema, antes solía contarme sus proyectos, él más
que nada tenía proyectos, largos poemas en verso, variaciones sobre Hölderlin
y traducciones de poetas franceses que no llegaba nunca a comenzar, pero últimamente
me daba largas con alguna de esas respuestas tontas que yo no sabía si
interpretar como u acceso de suficiencia o como prueba de que las cosas no iban
nada bien. Con tal que le serví el café y fui a atender a otra
mesa. Al cabo de un rato vi que Salomón me hacía un gesto, y cuando
me acerqué a su sitio le oí decirme, torciendo la boca de una
forma un poco rara: Ramón, por favore, Beamues de Venice, una petición
insólita porque él sólo tomaba vino en compañía,
a mí siempre me pareció que bebía únicamente por
hacer pendant, así que volví a preguntarle por si no había
entendido bien y después de volver a oír lo mismo pensé
que quizás estuviese esperando a una muchacha, aunque a él las
mujeres no se le daban nada bien, creo que les decía cosas a las que
no sabían que contestar. Le serví el vino y antes de que tuviese
tiempo de retirarme de su mesa pude ver cómo se lo bajaba de un trago,
como si fuese agua; para beber así puedes pedir algo más barato,
Salomón, le sugerí, y él me dio las gracias por el consejo
y me dijo que lo tendría en cuenta. Así comenzó Salomón
su borrachera.
¿Usted bebe?, quiero decir si le gusta el vino, porque es una de las
atracciones de este país, y no lo digo porque yo tenga un café,
en realidad a mí esto me viene por casualidad, pasaba tanto tiempo en
los cafés que cuando me enteré de este traspaso me dije: Ramón,
ha llegado la hora de sentar la cabeza, se acabó eso de andar dando tumbos
por ahí, y ya ve, aquí sigo. Le aconsejo que beba mucho vino,
es tan importante como Nôtre-Dame, y a fin de cuentas ustedes los americanos
son los únicos extranjeros que no encuentran caro París. Pero
bueno, veo que no suelta el bolígrafo así que debe querer oír
más cosas sobre Salomón, ¿verdad?, como siguió aquella
tarde que el poeta mostró su cara menos conocida, quizás ignorada
por él mismo, vayan ustedes a saber, y que de alguna forma puede estar
relacionada con su estilo elíptico; pues verá, Salomón
no esperaba a ninguna muchacha, así que después de bajarse de
un trago su Beaumes de Venice se quedó un rato inmóvil, como si
le pasase algo, yo creí que iba a vomitar pero como estábamos
en la terraza no le dije nada, ça va, Salomón?, le pregunté,
y entonces él me dijo, poniendo la voz grave: delenda est Cartago, fire!,
fire!, tous les greniers en flammes!, o algo parecido, de lo que estoy seguro
es de que citó "delenda est Cartago", porque luego estuvo repitiéndolo
toda la noche. Después me dijo que me quería. Como ya empezaba
a oscurecer, fíjese que talmente como ahora, que ya han corrido los portones
de enfrente, las farolas brillan suave todavía y la noche cae despacio
sobre la torre de Saint Jacques, pues Salomón se puso en pie y entró
conmigo al café, se quedó mismamente donde está usted ahora
y esperó a que yo llegase al otro lado de la barra para pedirme otro
vino, el piú buen mercado, es decir, el más barato, me dijo, tras
lo cual y con su vaso se dirigió a la mesa del fondo, donde tenía
lugar la tertulia de los miércoles, dispuesto ya seguramente a pegarle
fuego a aquella noche.
Yo después me dediqué a atender a los clientes y tardé
un rato en volver a verlo, hasta que Duprés me hizo un gesto desde el
fondo para que les llevase otro par de botellas; cuando me acerqué a
la mesa encontré a Salomón con la camisa abierta hasta la cintura,
mostrándoles a Muriel Lombard y a una amiga la cicatriz que tenía
en las costillas. No sé si ha oído usted hablar de esa cicatriz,
yo hasta aquel día tampoco, como supondrá, él era un tipo
muy recatado; al parecer se había caído de un árbol en
Pensylvania, de niño, mientras jugaba a los piratas, y un poste le había
abierto el costado, tenía una cicatriz de quince centímetros,
pero lo importante no era eso según él, sino el hecho de que llevaba
quince años asegurando a sus amantes que aquello se lo había hecho
un tiburón. A ti no quiero mentirte, le decía a la amiga de Muriel
Lombard. Recuerdo que miré a Duprés un poco extrañado y
él arqueó las cejas, esas cosas no se confiesan nunca, aseguró.
Yo con la misma di media vuelta y me volví a la barra, el café
estaba lleno y yo aquel día estaba solo, por entonces tenía una
camarera, ¿sabe?, se llamaba Patricia y tocaba el trombón, pero
ya no está, la dejaba hacer todo lo que quería y acabó
por venir cuando le daba la gana, aquella noche no recuerdo qué le pasaba,
debía de tener ensayo. Al cabo de un rato oí que cantaban al fondo,
bella figlia d'ell amore; al principio no reconocí la voz, muy desafinada,
pero enseguida me di cuenta de que era la de Salomòn.
Este mayormente es un café tranquilo, ¿sabe usted?, no sé
si se ha fijado que no tengo música, debo de ser el único de todo
París; aquí la gente se divierte sin escandalizar, y no es que
yo tenga nada contra el escándalo, es que así son las cosas. Lleva
abierto desde 1925, no sé si se hace usted una idea de lo que ha pasado
desde entonces por aquí, las molduras de los espejos y los ribetes del
techo son originales. Hay un clochard que viene de vez en cuando, por la tarde,
a insultar a la gente desde la puerta, pero enseguida se va porque nadie le
hace caso, aquí cada uno va a lo suyo. Así que cuando Salomón
se puso a cantarle Rigoletto al a miga de Muriel Lombard a mí hasta me
gustó, con todo lo que desafinaba, porque lo cierto es que uno a veces
se aburre un poco. Después pasó al Oh sole mio!, para la que se
puso de pie, echando bruscamente la silla atrás, con el pañuelo
granate sobre la frente como un pirata o un jugador de tenis; la escenificó
con gestos crispados de desesperación hacia el techo y hacia el rostro
de la muchacha, se abrazó a una columna al acabar y después, vuelto
hacia uno de los espejos laterales, declaró a viva voz que a continuación
le gustaría cantar una canción irlandesa para aquella divinidad
a la que acababa de conocer, porque él tenía sangre irlandesa
y aquella noche la sentía brotar a grifo abierto de su corazón,
pero que no sabía ninguna. A todo esto la tertulia del fondo se había
desplazado ya hacia un lado de la mesa, dejando a Salomón en una esquina
con Muriel Lombard y su amiga, que parecían divertirse y le llenaban
el vaso una y otra vez. Yo me acerqué a Duprés y le sugerí
que no le diesen más de beber, no estaba acostumbrado, pero eso Duprés
ya lo sabía y al parecer no podía hacer nada porque era el otro
quien lo pedía y además aquella era su ronda. Fue entonces cuando
Salomón se vendó los ojos con el pañuelo y se puso a caminar
a tientas, con los brazos extendidos, por el café: I Tiresias, though
blind, throbbing between two lives, recitaba volviéndose hacia las mesas
de un lado y otro del pasillo. Era evidente que yo debía intervenir,
pero tardé un poco en reaccionar, lo cierto es que a mí siempre
me ha gustado más el papel de espectador, y ver a Salomón en aquel
trance me producía un punto de fascinación, como ante un fenómeno
maravilloso; así fue que cuando me decidí a ir hacia él
resultó ser demasiado tarde, o quizá debí haberme quedado
quieto, no sé, en cuanto adelanté el pie, como si hubiese activado
un mecanismo, vi que Salomón, delenda est Cartago, se giraba bruscamente
haciendo un molinete con los brazos, y que una mano en el aire golpeaba la tulipa
de la columna, de repente un grito de pánico y toda la mesa que estaba
al lado poniéndose de pie, una mujer en la silla, desmayada, con una
brecha que le cruzaba desde la sien a la mejilla y empezaba a sangrar abundantemente,
¿qué diablos ha pasado?, por favor una compresa, oigo que me piden,
después alguien me muestra un trozo de la lamparilla que acababa de estrellarse
contra el rostro de la mujer, la había jodido, Salomón.
Se organizó un revuelo tremendo, como usted puede imaginar. Uno de los
amigos de la mujer herida, que se llamaba Amandine y era de Toulousse, tenía
un restaurante cerca del Panteón y supongo que eso la hizo ser más
considerada conmigo a la hora de las demandas, a Salomón casi lo lleva
a la cárcel, pues uno de los que estaba con ella quiso pegar a Salomón
Burke, connard imbécile, le decía, en fin, el pobre Salomón
se había cortado la mano y no se enteraba de nada, allá Duprés
se encargó de calmar al otro. Yo fui corriendo a por el botiquín,
una muchacha que había hecho un curso de enfermería se encargó
de hacer la primera cura y de desinfectar la herida, se lo advertí yo,
desinfecte esa herida porque estas lámparas son de 1956 y por mucho que
uno las limpie, ya se hará usted una idea, en fin, al rato apareció
la policía, que no sé quien los habría llamado con tanta
urgencia aunque como están aquí al lado junto al Hôtel de
Ville pues vamos a creer que por eso llegaron antes que la ambulancia, les conté
lo que había ocurrido y me dijeron que tenían que detener a Salomón,
mais attendez, voyons, il est blessé!; traté de convencerles de
que era inofensivo, les conté que era poeta y que estaba traduciendo
a los grandes poetas franceses al inglés, que quizá tuviese un
cargo diplomático, con todo quisieron interrogarle y tuve que conducirlos
abajo, a los baños, donde Salomón estaba vomitando en compañía
de Duprés. Después apareció la ambulancia y cargaron en
una camilla a la mujer, que seguía conmocionada y lo único que
hacía era dar cabezazos bruscos a un lado y al otro, un camillero tuvo
que salir sujetándole la cabeza para que no se golpease la herida contra
el almohadón; a Salomón también se lo llevaron, aunque
éste salió por su propio pie, muy pálido y escoltado por
los gendarmes. Después se fueron todos y yo no sé por qué
me quedé en la puerta, pensando en Muriel Lombard.
Así que ya ve usted, Salomón se emborrachó aquel día
y casi mata a una mujer, involuntariamente pero a los efectos como si no lo
fuese, algo que a él quizá no se le había pasado nunca
por la imaginación, ¿usted no ha hecho alguna vez cosas sorprendentes
para usted mismo?, podría contarle más ejemplos, recuerdo un día
que a mí mismo me dio por caminar, fíjese que yo no voy a pie
a ninguna parte, un mes que tuve que estar sin coche porque me quitaron el permiso
de conducir gasté más de dos mil francos en taxis, pues una tarde
me dio por salir a pasear, entonces vivía en Belleville, eché
a andar y estuve caminando hasta que aparecí en Boulonge, cuando llegué
allí ya era de noche y estaba agotado, así que me senté
en un banco y me quedé dormido, pero bueno, esa es otra historia, supongo
que querrá usted repasar sus notas, sacar sus conclusiones, ¿no
quiere probar el Beaumes de Venice?, es un vino sedoso al paladar, ligeramente
afrutado; por cierto, dígame usted, ¿qué ha sido de Salomón
Burke?
Noviembre de 2001