(A. M. Teón)
Vallina avanzaba sudoroso y asqueado por la calleja, enfangada aún en
pleno verano, que debía llevarle a casa del sastre, donde le habían
informado encontraría alojamiento y comida. Las callejas de la aldea,
de barro y piedras, ponían bajo sus pies, de cuando en cuando, algún
que otro charco o reguero de orines provenientes de las cuadras, adornadas éstas
a la puerta con montones de estiércol fermentando, que después
se aprovecharía para abonar campos y huertos. Las abundantes moscas y
demás insectos también le producían desagrado. Sólo
el exuberante verdor, la brisa fresca que subía del río al cruzar
el puente, y el cielo adornado con las acrobacias y chillidos de aviones, golondrinas
y vencejos, le compensaban de aquellos desagradables olores y suciedades.
Al fin llegó a una casa donde podía leerse, en un letrero encima
de la puerta: Sastrería. La puerta estaba abierta y allí mismo
estaba el sastre trabajando en un patrón encima de la mesa. No había
mucho dinero y, en ocasiones, cuando alguien de los alrededores necesitaba un
traje y no tenía moneda, aceptaba el pago en especie, le pagaban con
patatas, manzanas, maíz, gallinas, huevos, chorizos, etc., cada uno según
sus posibles.
- Buenas tardes -saluda Vallina
- Buenas tardes -responde el sastre que, al sentir una sombra en la puerta,
ya había levantado la cabeza de su trabajo- ¿qué se le
ofrece?
- Me dijeron que aquí dan pensión: cama y comida.
- Así es, espere un momento que llame a mi mujer y hable con ella, que
es quien se ocupa de eso. ¡Santa! -gritó.
- ¡Voy! -se oyó una voz desde dentro de la casa.
Santa habló con Vallina de precios, días de estancia, comidas,
etc. y, cuando a él le pareció bien, subieron a ver la habitación
para darle el visto bueno. Para ir al baño había que salir al
corredor, Vallina pensó cómo harían en invierno cuando
caen esas terribles heladas en que todo amanece blanco y se alegró de
que ahora fuese verano. A Vallina le pareció bien la habitación,
limpia y con un balcón al exterior. Fue una condición que puso,
quería limpieza, y de hecho pudo comprobar que todo en la casa estaba
limpio, la habitación, el baño y todo. Dejó sus bártulos
con la ropa y con el equipo de pintar en la habitación y dijo que se
iba a dar un paseo, quería ojear algún encuadre para el día
siguiente.
Salió caminando y se alejó un poco del pueblo para localizar una
vista panorámica, después fue rodeándolo por prados y caminos.
El atardecer ya estaba próximo, y en lo alto de un álamo se escuchaba
cantar a un mirlo con su maravillosa y siempre cambiante melodía. En
algunos zarzales se podían ver sábanas y ropa tendida, cosa que
nunca había visto. Cuando tuvo suficiente se adentró otra vez
en el pueblo, de nuevo por las callejas, y en una de ellas tuvo que esconderse
detrás de una portilla para dejar pasar a seis vacas y dos terneros que
venían del abrevadero.
Al fin llegó a la casa y se alegró, la cena ya estaba lista: patatas
guisadas, con laurel y pimentón, un vaso de leche, torta de maíz
y queso. Olía estupendamente. La mesa estaba puesta en la cocina, con
las ventanas abiertas ya que la cocina era de carbón y daba mucho calor.
Allí se sentaron Santa, José el sastre, la madre de Santa toda
de negro y con la cabeza cubierta con un pañuelo también negro,
un hijo y el cura del pueblo que vivía allí dado que no había
casa parroquial. Comieron y charlaron de modo amigable, ellos preguntando y
Vallina contando las novedades de la capital. Después de cenar tomaron
café y encendieron la radio para escuchar el parte, mientras el cura
iba haciendo comentarios. Vallina se disculpó enseguida y se fue a acostar
para madrugar al día siguiente y aprovechar al máximo las horas
de sol. Subió a la habitación, la sensación de limpieza
le producía bienestar, y abrió un poco el balcón pues hacía
calor. Antes de ponerse en pijama abrió la cama y allí, justo
donde él tenía que acostarse, había una mancha oscura.
Bajó a llamar a Santa y subieron los dos de nuevo a la habitación.
Santa, al ver la mancha, dijo:
- Se las cambiaré ahora mismo -al tiempo que se puso a quitar las sábanas.
- ¿De qué es esa mancha?
- Es la mancha de una mora. No se fijó usted que aquí las mujeres
tendemos la ropa encima de los zarzales a secar?
Él sintió curiosidad y se acercó las sábanas, que
Santa traía en las manos, a la cara e inspiró profundamente, qué
bien olían, nunca hubiera imaginado aquel aroma.
- Mmmm, qué bien huelen. Déjelas, déjelas, no hace falta
que las cambie.
- Si, si, se las cambio ahora mismo.
- No, por favor, yo mismo haré la cama. Le pido disculpas.
Entonces Santa aflojó y dejó que él le arrebatara el rebujo
que traía entre las manos.
Al final Vallina se salió con la suya, hizo la cama y se acostó
arropándose y flotando en medio de aquel aroma.
Los días siguientes, mientras estuvo allí, Vallina se dedicó
a pintar sus óleos, y en todos ellos aparecían las sábanas
en el verde.