ROSA Y EL PERE

 

 

Rosa acaba de llegar al hospital acompañada de su marido. Se puso de parto en casa, e inmediatamente salieron hacia el hospital. Es una mañana de invierno, de esas que amanece con niebla y que no se sabe si el día será frío y neblinoso o acabará saliendo el sol. Los dos están sumamente nerviosos y excitados. Ella tiene 30 años y es la primera vez que va a dar a luz. Es una mujer sana, con algún kilo de más y de buen carácter. Él tiene 40, pelirrojo y más bien flaco y aficionado al chigre. Le llaman "el Pere". Es ganadero y no entiende mucho de las cosas de las mujeres. Pero al ver a su Rosa tan apurada se puso nervioso.

            Están de pié  ante el mostrador de entrada en "urgencias", él la tiene cogida del brazo mientras ella se toca el vientre y se queja. en la otra mano trae una bolsa con la ropa de Rosa.

            - A ver quién atiende a esta mujer, que lo va a soltar aquí -dice él casi enfadado a la chica del mostrador.

            Enseguida aparecen una enfermera y un camillero.

            - ¿Cada cuanto tienes contracciones? -le pregunta la enfermera- Tiéndete en la camilla -añade con decisión.

            - No lo sé exactamente. ¿A ver, tú, no te dije que lo miraras por el reloj? -le increpa a su marido que no sabe muy bien qué decir.

            - Ah, sí, cuando veníamos de camino eran dos minutos por el reloj.

            - Ya está a punto -dice la enfermera- usted quédese en la sala de espera -le dice al hombre.

            - Pero, es que yo quería estar con ella -dice, temiendo no poder asistir al parto. Él y Rosa habían convenido que estarían juntos.

            - Está bien, está bien -dice la enfermera impacientándose-  quédese aquí ahora, mientras la preparamos, y en cuanto esté lo avisamos. ¡Vamos adentro! -añade dirigiéndose a su compañero.

             Los minutos transcurren lentamente para él. posa la bolsa de la ropa y enciende un cigarrillo, se pasea pensativo e inquieto de un lado a otro. No acaba de comprender porqué se asusta tanto, él que ayudó a parir a tantas vacas. ya había visto de todo. No es lo mismo, por supuesto. Pero nunca pensó que se iba a poner tan nervioso. Los médicos habían dicho que estaba todo bien, no debe haber complicaciones. Un varón. Lo llevará con él al monte a las ovejas y a las cabras, le enseñará a ordeñar las vacas y a hacer queso. Y también le enseñará a poner lazos a los corzos. Y a cantar por los caminos en los maravillosos días de primavera, y en los neblinosos días de verano. Y a pelearse, tiene que ser el mejor cuando se enzarce con los amigos.

            El cigarro se le acaba y no encuentra cenicero donde apagarlo, recuerda que no se puede fumar en el hospital. Se dirige hacia la puerta, la entreabre y lanza la colilla fuera aventándola con los dedos pulgar y corazón. En ese momento aparece de nuevo la enfermera con cara de impaciencia.

            - ¡Vamos rápido que ya viene!

            El Pere se pone aún más nervioso y sale caminando detrás de la enfermera, dejando atrás la bolsa de la ropa. Llegan al quirófano donde ya se oye chillar a Rosa. La enfermera pasa delante y continúa haciendo su trabajo. El Pere se queda en el umbral de la puerta, un poco asustado al ver los sufrimientos de Rosa. Ella grita y vuelve la cara hacia la puerta y al verlo allí comienza a invadirla un odio infinito. Lo culpa de su situación y lo insulta. Entre grito y grito, le llama de todo: "cabrón", y grita: "mira como estoy por culpa tuya", "lárgate de aquí", y grita...

            El Pere se queda desconcertado, es como si se hubiera quedado tranquilo de golpe. Una mirada de soslayo por parte de la médica que atiende a Rosa lo decide a salir. Cierra la puerta y regresa lentamente a la sala de espera. Se sienta cabizbajo. Su mente está en blanco. Así transcurre no sabe cuanto tiempo, hasta que llega nuevamente la enfermera.

            - ¡Vamos hombre, que ya se le pasó el enfado! -dice ahora con la cara iluminada por una sonrisa- Ya eres padre. Está en la habitación 117, detrás de aquella puerta del fondo a la izquierda -y desaparece tras una puerta al pasar ante el quirófano.

            Ahora sí lleva la bolsa de la ropa, y nuevamente el corazón late expectante. Se asoma despacio por la puerta de la habitación y un emocionante olor a recién nacido, a jabón y a colonia de bebé, le invade la nariz. Rosa está recostada y tiene en el brazo a su hijo. Lo contempla traspuesta, su rostro deja entrever su agotamiento pero su felicidad es absoluta. Se da cuenta de que llegó el Pere y lo mira, él parece no verla, solo tiene ojos para su hijo.

            - Toma, cógelo -le dice ella.

            El Pere coge a su hijo en brazos, muy despacio, con mucho cuidado como quien coge un gran jarrón de porcelana. Y Rosa le acaricia en la mano, sonriente, pidiéndole disculpas por su arrebato de ira.

Por la ventana se cuelan los primeros rayos de sol que por fin disolvieron  la niebla.