Donde confluyen el Amazonas y el Tapajós, el agua se vuelve entre verde
y amarilla casi fosforescente como la pluma que adorna al pájaro-xingú.
Otras aves lo envidian y susurran a su paso que es demasiado orgulloso por una
simple pluma aunque esta les deslumbre con su fulgor cuando el sol invade la
cúpula arbórea de la escondida selva tupiguaraní. Es entonces,
cuando el xingú, creyéndose muy superior en méritos a los
otros pájaros, eleva el vuelo con estilo y cae con una flecha clavada
en el costado al convertirse en un blanco fácil y llamativo para el hambriento
indio Irirí. Ya se sabe que el hambre no hace distinciones en lo referente
a plumajes, colores y otros atuendos. El indio Irirí tras asar y comerse
al xingú repara embelesado en su maravillosa pluma fosforescente. La
coloca orgullosamente en lo más alto de su tocado y sueña sesteando
al pie de un sicomoro que su mágico atavío le convertirá
en el Jefe de la tribu. El Irirí no se da cuenta de que la boa esmeralda
se siente peligrosamente atraída por al brillo de la pluma del pájaro
xingú.