UN DÍA DE CAMPO
(Guy de Maupassant)

Cinco meses hacía que proyectaban ir a almorzar a los alrededores de París el día del santo de la señora Dufour, que se llamaba Petronila. Como habían aguardado tanto tiempo impacientemente aquella diversión, llegado el día se levantaron al amanecer.
El señor Dufour le había pedido la tartanita al lechero y la guiaba él mismo. Estaba muy presentable; tenía un toldo cuadrado, del cual pendían las cortinas, arrolladas entonces para que no quitasen la vista del paisaje; solamente la de atrás flotaba al viento como una bandera. La mujer, muy oronda junto a su marido, lucía un traje de seda color cereza. Detrás iban la abuela y la hija, y entre los dos asientos aparecía la cabellera rubia de un joven que, no pudiendo colocarse de otro modo, se había sentado en el suelo.
Después de recorrer la avenida de los Campos Elíseos y traspasar las murallas por la puerta Maillot, todos miraron a su alrededor ansiosamente.
Llegando al puente de Neuilly, el señor Dufour dijo:
-Ya estamos en el campo.
Y su mujer sintió que la ternura de la naturaleza la invadía.
En la plaza de Courbevoie el horizonte lejano los llenó de admiración. A la derecha se alzaba el campanario de Argenteuil y, por encima, los picos de Sannois y el molino de Orgemont. A la izquierda, el acueducto de Marly se dibujaba sobre el cielo claro de la mañana y se distinguían también a lo lejos las terrazas de Saint-Germain, mientras enfrente, al extremo de una cadena de colinas, se perfilaba la nueva fortaleza de Courmeilles. Al fondo, en una increíble lejanía, por encima de los campos y de los pueblos, se entreveía la faja verde oscuro de los bosques.
El sol empezaba a quemar los rostros; el polvo cegaba los ojos constantemente y a uno y a otro lado del camino se extendía una llanura interminable, sucia, estéril y apestosa. Se habría dicho que la destruyó una lepra, la cual roía hasta las casas, al verse tantos esqueletos de construcciones abandonadas, mostrando sus cuatro muros ruinosos y sin techo.
De cuando en cuando aparecían altas chimeneas de fábrica, única vegetación de aquellos campos pútridos, en los cuales la brisa de la primavera arrastraba un perfume de petróleo y de esquisto mezclado con otro olor menos agradable aún.
Por fin habían atravesado el Sena por segunda vez, resultando encantador pasar el puente.
El río brillaba radiante de luz; se elevaba un vapor tenue caldeado por el sol y se sentía una quietud dulce, un fresco agradable y un aire más puro que no había recogido, arrastrándolos, el humo y los miasmas de las fábricas.
Un transeúnte había dicho el nombre del lugar: Bezons.
La tartana de detuvo y el señor Dufour leyó el rótulo atractivo de un merendero:

RESTAURANTE POULIN
Almuerzos y comidas
SALONES RESERVADOS, JARDINES Y COLUMPIOS

-Vamos a ver, mujer -dijo a su esposa-. ¿Te gusta este sitio?
La mujer leyó a su vez.
Luego miró la casa detenidamente.
Era un mesón campestre, limpio, edificado al borde del camino. Por la puerta abierta se veía el cinc brillante del mostrador, ante el cual estaban dos obreros en traje de domingo.
Al cabo, la señora Duforur se decidió:
-Sí, está bien -dijo-; me gusta, tiene buenas vistas.
La tartana avanzó en un terreno sombreado por copudos árboles que se extendía detrás del mesón y sólo estaba separado del Sena por un estrecho camino.
Se apearon. El marido saltó a tierra el primero y abrió los brazos para recibir a su mujer. Como el estribo estaba muy bajo, para apoyar el él un pie la señora Dufour descubrió su pierna, que habría sido en otro tiempo muy hermosa, pero que en el presente estaba desfigurada por la gordura excesiva.
El señor Dufour, exaltado ya por el aire campestre, le dio un pellizco en la pantorrilla; luego, sosteniéndola entre sus brazos, la dejó en el suelo pesadamente, como un enorme fardo.
Ella se sacudió con las manos el vestido de seda; luego miró el sitio donde se hallaba.
Era una mujer de treinta y seis años, aproximadamente; gruesa, frescota y de aspecto agradable. Respiraba con dificultad, oprimida violentamente por el corsé demasiado apretado, y la presión de esta prenda interior hacía subir hasta su doble papada la masa fluctuante de su generoso pecho.
La muchacha, apoyándose en os hombros de su padre, saltó ligeramente. El joven de rubios cabellos había bajado por la rueda y ayudó al señor Dufour a bajar a la anciana.
Desengancharon el caballo, atándolo a un árbol, y la tartana cayó de bruces, apoyando las varas en el suelo. Los hombres, después d quitarse las levitas, se lavaron las manos en un cubo de agua y luego se aproximaron a las señoras, ya instaladas en los columpios.
La muchacha trataba de balancearse en pie, sola, sin conseguir darse el impulso suficiente. Era una hermosa criatura de dieciocho años, una de esas jóvenes cuya presencia despierta en los hombres un deseo repentino y les deja hasta la noche una inquietud vaga que agita los sentidos. Alta, de talle delgado y anchas caderas; era morena, tenía los ojos muy grandes y los cabellos muy negros. Su traje dibujaba los contornos vigorosos de su carne, más acentuados por los esfuerzos que hacía para mecerse. Como tenía los brazos levantados, agarrándose a las cuerdas, a cada sacudida su pecho se alzaba, duro, sin un estremecimiento; su sombrero había caído y el columpio iba poco a poco tomando impulso y marcando a cada oscilación sus piernas, delgadas hasta la rodilla, y lanzando al rostro de los dos hombres, que la contemplaban riendo, el aire de sus faldas, más embriagador que los vapores del vino.
Sentada en otro columpio, la señora Dufour repetía monótona y continuamente:
-Cipriano, ven a empujarme; ven a empujarme ya, Cipriano.
Al fin el marido fue y, arremangándose la camisa como quien se prepara para un duro esfuerzo, balanceó a su mujer con mucho trabajo.
Agarrándose a las cuerdas, ella mantenía las piernas en tensión para no tropezar en el suelo y disfrutaba con el dulce vaivén, que le producía un mareo delicioso. A cada sacudida, sus formas retemblaban como la gelatina en un plato. Pero al aumentar la velocidad, sintió vértigo y miedo. A cada oscilación lanzaba un grito penetrante, que atrajo a todos los pilluelos de las cercanías, y frente a ella, por encima del seto que cerraba el jardín, veía vagamente una fila de cabezas burlonas que no dejaban de reír.
Se presentó una camarera y encargaron el almuerzo.
-Pescadito frito, conejo salteado, ensalada y postres -articuló la señora Dufour con cierta importancia.
-Tráete dos libros de tinto y una botella de burdeos -dijo el marido.
-Comeremos sobre la hierba -añadió la muchacha.
La abuela, que había descubierto a un gato de la casa, lo perseguía desde que llegó, sin poder alcanzarlo, aun cuando le prodigaba inútilmente los más dulces nombres. El animalito, sin duda satisfecho de tantas atenciones, se quedaba cerca de la buena señora, pero sin dejarse coger, dando tranquilamente vueltas alrededor de los árboles, en cuyo tronco se frotaba, con la cola tiesa y un suave ronroneo de satisfacción.
-Caramba -exclamó de pronto el joven de la cabellera rubia-. Miren qué bonitas embarcaciones.
Se acercaron a ver. Bajo un pequeño cobertizo de madera estaban colgadas dos hermosas canoas, finas y trabajadas como muebles de lujo. Descansaban allí juntas, semejantes a dos muchachas delgadas y finas, invitando a lanzarse con ellas al agua en las dulces noches o en las claras madrugadas del estío, pasando junto a los jardines floridos o bajo los árboles, que sumergen sus ramas.
Toda la familia las contemplaba con respeto.
-¡Oh, son preciosas! -Repitió gravemente el señor Dufour.
Y las describía como un práctico. En su juventud había manejado muy bien los remos. Se exaltaba perorando y apostaba obstinadamente que con una canoa de aquéllas avanzaría seis leguas en una hora sin fatigarse.
-Ya está el almuerzo -dijo la camarera que apareció en la entrada.
Todos corrieron; pero, por desgracia, en el sitio donde pensaba instalarse la señora Dufour estaban almorzando ya dos jóvenes. Eran los dueños de las canoas, sin duda, porque llevaban camisetas de marineros.
Uno y otro estaban casi echados entre las sillas; tenían los rostros tostados por el sol y llevaban los brazos desnudos. Eran dos robustos muchachos, que mostraban en todos sus movimientos la graciosa elasticidad de los músculos adquirida con un ejercicio razonable, muy distinta de la deformación que imprime al obrero el esfuerzo penos y repetido.
Cambiaron rápidamente una sonrisa viendo a la madre y una mirada reparando en la hija.
-Cedámosles el sitio -dijo uno-. Así podremos entablar relación.
El otro se levantó al instante, llevando en la mano su boina roja y negra, y ofreció caballerosamente a las damas el único lugar del jardín donde no daba el sol. Ellas aceptaron muy agradecidas y, para que la diversión resultara más campestre, la familia se instaló sobre la hierba, sin mesa ni sillas.
Los jóvenes llevaron sus cubiertos a cierta distancia y siguieron comiendo. Sus brazos desnudos ruborizaban un poco a la joven, la cual afectaba volver ala cabeza para no verlos, mientras la señora Dufour, Solicitada por una curiosidad femenina muy semejante al deseo, los miraba sin cesar, comparándolos, acaso tristemente, con las fealdades secretas de su marido.
Se había sentado sobre la hierva con las piernas recogidas como las beatas pobres y se zarandeaba sin cesar, pretextando que le corrían hormigas por alguna parte. El señor Dufour, molesto por la presencia y la amabilidad de los desconocidos, buscaba una posición cómoda, sin conseguir encontrarla, y el joven de los cabellos rubios comía silenciosamente como un ogro.
Qué tiempo tan hermoso -dijo la señora a uno de los desconocidos, queriendo mostrarse amable para agradecer de algún modo la atención que con ellas habían tenido.
-Sí, señora, muy hermoso. ¿Vienen ustedes con frecuencia al campo?
-Sólo una o dos veces al año, para tomar el aire. ¿Y usted?
-Yo vengo a dormir la siesta todas las tardes.
-¡Ah! Debe ser muy agradable.
-Sí, muy agradable, señora.
Y el joven siguió refiriendo sus costumbres, poéticamente, de modo que sus palabras vibrasen en el corazón de aquellos burgueses privados de recrearse con el verdor de los campos y hambrientos de libertad, ese amor a la naturaleza que los corroe todo el año detrás del mostrador de su tienda.
La muchacha, conmovida, levantó los ojos para mirar al joven. El señor Dufour habló por vez primera, exclamando:
-Sí, es una hermosa vida -y añadió-. Toma un poco más de conejo.
Su mujer, rechazándole dulcemente, dijo:
-No, gracias; ya no más.
Y se volvió de nuevo hacia los jóvenes de los brazos desnudos y preguntó:
-¿Nunca tienen ustedes frío así?
Ellos rieron, asustando a la familia con el relato de sus fatigas prodigiosas, de sus zambullidas en el agua cuando estaban sudorosos, de sus paseos entre la niebla de la noche, y se golpeaban violentamente el pecho con los puños para demostrar su fuerza.
-¡Ah, sí que parecen ustedes robustos! -dijo el marido, que apenas hablaba.
La muchacha los contemplaba disimuladamente, pero con insistencia; y el joven de los cabellos rubios, habiéndose atragantado con un vaso de vino, tosió violentamente, rociando el vestido de seda de la señora, la cual se disgustó mucho, pidiendo luego agua para limpiar las manchas.
La temperatura se hacía insoportable y el río, deslumbrante con los reflejos del sol, parecía un foco de calor; los vapores del vino turbaban las cabezas.
El señor Dufour, acometido de un hipo violento, se desabrochó el chaleco y la cintura del pantalón, mientras su mujer, sofocada, iba desabrochándose poco a poco. El joven sacudía satisfecho su pelambrera rubia y bebía sin cesar. La abuela, sintiéndose mareada, se mantenía tiesa, muy dignamente. La muchacha no mostraba cansancio ni hartura, pero sus ojos resplandecían más y su cutis moreno se coloreaba en las mejillas.
El café completó la obra. Cantaron y aplaudieron con frenesí. Luego, levantándose con mucha dificultad, mientras la madre y la hija respiraban para serenarse, los dos hombres, completamente borrachos, hacían gimnasia. Pesados, flojos y con los rostros arrebatados, se colgaban torpemente de las argollas, sin conseguir hacer una flexión, y sus camisas amenazaban continuamente con acabar de salirse de los pantalones y desplegarse al viento como estandartes.
Entre tanto, los dos jóvenes desconocidos habían lanzado al agua sus canoas y volvían a proponer delicadamente a la madre y a la hija un paseo por el río.
-¿Me dejas? -gritó a su marido la señora-. ¡Te lo ruego!
Dufour la miró con su expresión de borracho y sin entenderla. Entonces, uno de los jóvenes se acercó, llevando en la mano dos cañas de pescar. La esperanza de coger algunos pececillos, ese ideal de los tenderos de París, animó los ojos abatidos del buen hombre y accedió a todo lo que le pedían, instalándose a la sombra debajo del puente, con los pies colgando sobre el agua, junto al joven de los cabellos rubios, que se estaba durmiendo.
Uno de los desconocidos, después de acomodar a la madre en su canos, gritó, alejándose con ella:
-Al bosquecillo de la isla de los ingleses.
La otra canoa se deslizaba suavemente; el desconocido miraba de tal modo a su joven compañera, que ya no pensaba en otra cosa; y una violenta emoción le paralizaba, dejándole apenas fuerzas para remar.
La muchacha, sentada junto al timón, se abandonaba a la dulzura que suele producir el suave murmullo del río. Se sentía poseída por un agotamiento de la mente, por una quietud de todos sus músculos, por un abandono de sí misma, por una embriaguez deliciosa. Estaba arrebatada y su respiración era muy lenta.
Los mareos del vino, agravados por el calor torrencial que la envolvía, hicieron oscilar todas las imágenes ante sus ojos. Un ansia inexplicable de placer y una fermentación de la sangre invadieron su cuerpo, ya excitado por los ardores del día. Se turbaba dulcemente recorriendo aquel paisaje abrumado por el incendio del cielo, sola con aquel joven cuyos ojos la besaban admirándola y cuyos deseos eran penetrantes como los rayos del sol.
No sabiendo qué decirse, aumentaba su emoción a cada punto. Al fin, haciendo un esfuerzo, el desconocido le preguntó cómo se llamaba.
-Enriqueta -dijo ella.
-Qué casualidad: yo me llamo Enrique -añadió él.
El sonido de sus voces los calmó; contemplaron el río y sus orillas. La otra canoa se había detenido y parecía que los aguardaba; el remero les gritó:
-Luego nos encontraremos en el bosque; ahora nosotros vamos a Robinson, porque la señora tiene sed.
Inclinándose sobre los remos, se alejó con tal rapidez que bien pronto dejaron de verle.
Un murmullo continuo, que se oía confusamente hasta entonces, fue aumentando y llegó a parecer un estruendo sordo que saliera de las profundidades del río.
-¿Qué es eso que se oye? -preguntó ella.
Era la presa que corta la corriente al extremo de la isla. Él se perdía en una explicación minuciosa cuando, entre el ruido de la cascada, el canto de un pájaro que parecía estar lejos los sorprendió.
-Caramba -dijo él-. Cantan de día los ruiseñores. La hembra estará en el nido incubando.
¡Un ruiseñor! La pobre muchacha no había oído jamás ninguno y aquel canto despertaba en su corazón ensueños de poética ternura. ¡Un ruiseñor! Es decir: el invisible testigo de las citas amorosas de Julieta y Romeo; aquella música celestial armonizaba con los besos de los hombres; era el eterno inspirador de todas las melodías lánguidas que ofrecen un mundo azul a los pobres corazones de las niñas sentimentales.
Escuchó el canto del ruiseñor.
-No hagamos ruido -dijo él-. Podremos bajar en el bosque y sentarnos al pie del árbol donde canta.
La canoa se deslizaba; llegaron a la isla de frondosa vegetación; se detuvieron; amarraron y Enriqueta, apoyada en el brazo de Enrique, se internó en la espesura.
-Agáchese -dijo él.
Se agachó ella y penetraron por una pequeña abertura en un frondoso y espeso matorral, un asilo ignorado que aquel joven llamaba riendo 'su reservado'.
Precisamente sobre sus cabezas, en uno de los árboles que les daba sombra, el pájaro cantaba sin reposo. Trinaba y gorjeaba, llenando el aire con sus notas, que iban a perderse en el horizonte vibrando sobre las aguas del río, más sonoras en el silencio abrasador que abrumaba la campiña.
Ni ella ni él hablaron por temor de espantarlo. Sentados el uno junto al otro, lentamente un brazo de Enrique envolvió el talle de Enriqueta, estrechándolo con dulzura. Ella se apartó sin violencia, pero él insistía, y ella, evitándolo, no extrañaba la caricia, como su hubiera sido la cosa más natural del mundo.
La muchacha oía el canto del pajarillo, sumergida en un éxtasis de amor.
Deseos infinitos, inmoderadas ternuras, revelaciones poéticas y sobrehumanas la invadían; un decaimiento de sus nervios, de su espíritu, hizo asomar a sus ojos una lágrima y no comprendía por qué. Ya el joven la oprimía contra su corazón y ella no le rechazaba; no se le ocurrió siquiera defenderse; calló el ruiseñor y se oyó una voz lejana que repetía:
-¡Enriqueta! ¡Enriqueta!
-Silencio -dijo él en voz baja-. No contestemos, que podría espantarse y huir el ruiseñor.
Tampoco ella deseaba contestar.
Se quedaron así algún tiempo. La señora Dufour se había sentado a no mucha distancia, porque se oían con frecuencia sus exclamaciones. Jugueteaba, sin duda, con su compañero.
La muchacha seguía llorando, penetrada por sensaciones muy dulces, sintiendo ardores y estremecimientos desconocidos. La cabeza de Enrique se apoyaba sobre su hombro y bruscamente se unieron sus labios. Ella, para evitarle, se inclinó hacia atrás; pero él se abalanzó sobre ella, cubriéndola con su cuerpo. Persiguió ansiosamente los labios que le huían y, al fin, se unieron las dos bocas. Entonces, enloquecida por un formidable deseo, ella le besó también, estrechándole contra su pecho; y su resistencia inútil cedió, como abrumada por una violencia excesiva.
Reinaba el silencio. El ruiseñor volvió a cantar. Lanzó primero tres notas penetrantes que parecían una llamada amorosa; luego, con voz apagada, entonó modulaciones lentas.
Una brisa tenue susurraba en las hojas y a la sombra de los árboles palpitaron dos suspiros ardientes, mezclándose con el canto del ruiseñor y con los murmullos del bosque.
La voz del pajarillo, exaltándose poco a poco, a cada momento era más viva, como una llama que se extiende o una pasión que se desborda, y acompañaba debajo del árbol a un chisporroteo de besos. Después, el delirio de su garganta se desencadenó locamente. Hubo espasmos prolongados en un trino, grandes espasmos melodiosos.
A veces descansaba un poco, emitiendo solamente dos o tres notas ligeras, que terminaban de pronto en una muy aguda. O bien se lanzaba desatinado en escalas briosas, en estremecimientos locos, en sacudidas violentas, como un canto de amor furioso al que seguían triunfales gritos.
Pero calló, escuchando a sus pies un gemido tan profundo que parecía la despedida de un alma; un gemido prolongado que acabó en un sollozo.


Estaban muy pálidos él y ella cuando abandonaron su verde lecho. El cielo azul les pareció oscurecido, el ardiente sol se había nublado para sus ojos; sólo sentían la soledad y el silencio: Andaban rápidamente, sin hablar, sin tocarse, como si fueran irreconciliables enemigos, como si el desencanto surgiera entre sus cuerpos y un odio entre sus almas.
De cuando en cuando, Enriqueta gritaba:
-¡Mamá!
Bruscos movimientos sacudían un matorral. Enrique vio una blanca enagua cubriendo rápidamente una gruesa pantorrilla y la enorme señora apareció, algo confusa y muy colorada, con los ojos encendidos y el pecho ansioso, muy cerca de su acompañante. Éste debió de haber visto cosas muy agradables, porque su rostro sonreía sin cesar como transparentando alegres recuerdos.
La Señora Dufour se apoyó en su brazo dulcemente y volvieron a las canoas. Enrique iba delante, silencioso, frente a la muchacha y creyó percibir un apagado beso.
Al fin llegaron.
El señor Dufour, ya sereno, se impacientaba. El joven de los cabellos rubios tomaba un bocadillo antes de abandonar el mesón. El caballejo, ya enganchado, aguardaba en el patio, y la abuela, ya metida en la tartana, se inquietaba pensando que tendrían que atravesar de noche los barrios apartados, amedrentadores e inseguros.
Se despidieron con apretones de manos y la familia Dufour partió.
-¡Hasta la vista! -gritaban los dos jóvenes.
Un suspiro y una lágrima les respondieron.

Dos meses después, atravesando la calle de los Mártires, Enrique leyó casualmente el rótulo de una tienda que decía:
DUFOUR
Artículos de quincalla
Entró.
La robusta señora estaba en el escritorio. Se reconocieron, saludándose con mil finezas y preguntando noticias.
-¿Cómo está la señorita Enriqueta?
-Muy bien. Se ha casado.
-¡Ah! -una emoción le ahogaba; y prosiguió-: Y ¿con quién?
-Con el joven que nos acompañaba. ¿No le recuerda usted? Ahora le traspasaremos la tienda.
-¡Oh! Perfectamente.
Enrique se iba muy triste sin saber por qué. La señora Dufour la detuvo.
-¿Y su amigo? -dijo ella tímidamente.
-Él está bien.
-Déle usted recuerdos y dígale que si alguna vez pasa por aquí tendremos gusto en verle... -se ruborizó, añadiendo-: Me gustaría verle, dígaselo usted.
-Pierda usted cuidado. ¡Adiós!
-No olviden el camino.

Al año siguiente, un domingo que hacía mucho calor, todos los detalles de aquella aventura, que Enrique no había olvidado, se le presentaron de pronto con tal viveza, tan provocativos y seductores, que volvió solo a su 'reservado' en la espesura del bosque.
Al entrar por la estrecha abertura, quedó estupefacto. Ella estaba allí, sentada sobre la hierba, con expresión triste, mientras a su lado, en mangas de camisa, dormía satisfecho como un bruto su marido, el joven de la cabellera rubia.
Enriqueta palideció viendo a Enrique; palideció desfallecida, casi desmayada. Luego hablaron tranquilamente, como si nada hubiese pasado nunca entre los dos.
Pero al decir él que adoraba el rincón donde se hallaban y que acudía con frecuencia a soñar allí los domingos, despertando recuerdos amorosos, ella le miró dulce y fijamente.
-Yo lo recuerdo todos los días -murmuró Enriqueta.
-Vaya, vámonos -dijo el marido, bostezando-; ya es hora de que nos retiremos.

 

De "Bola de sebo", en Aguilar.