Introducción (fragmento) al libro "La Poesía" (Editorial
Síntesis)
La conducta poética es, ante todo, una conducta interna del individuo, ligada, sí, a la palabra, incluso diríamos, a la pronunciación de las palabras y las frases, pero que no es las palabras y las frases sino el movimiento interior del hombre que las pronuncia, lo que ocurre en la complejidad de su organismo.
La racionalidad más profunda de toda operación literaria, y por tanto también poética, debe buscarse en las necesidades antropológicas a las que aquella corresponde.
Comprender la necesidad y la función de la conducta poética, comprender en qué consiste ese movimiento interior, servirá para discernir en qué medida es producido por las formas poéticas externas -los poemas y su configuración lingüística particular-, y también en qué medida es independiente de ellas, pues es legítimo sospechar tanto que lo que se presenta como poesía no siempre promueve la experiencia de la poesía, como que esta experiencia no acaba necesariamente en la edición de un poema, ni requiere la presencia de lo que convencionalmente se entiende por poema para desencadenarse.
La poesía es una conducta íntima.
Leiris reconoce un valor distinto a las palabras cuando son usadas en la actividad poética: 'Al valor corriente de las palabras, se agrega el valor personal que se les asigna, en el uso que cada cual puede darles para sus propios fines, cuando se trata de transmutar en poesía nuestros sedimentos más secretos.
Cuando trasmutamos en poesía los sedimentos más íntimos
de nosotros mismos, transmutar en poesía es, entonces, asignarles a las
palabras un valor personal, crearlas de nuevo, pronunciarlas por primera vez,
nombrar uno mismo su experiencia en el mundo, en vez de asignarle la denominación
estereotipada que figura en un catálogo que está a disposición
de todos.
Ser poeta, ser el genio de uno mismo, es ser el origen de las propias palabras,
decirlas por primera y última vez, y decirlas a alguien para que las
escuche también por primera y última vez.
La condición poética nos invita a darles un valor personal a las palabras, aunque sean las palabras recibidas.
La poesía es, ante todo, una forma propia de nombrar el mundo.
La poesía da sólo la esencia de lo que acontece al hombre, nos une con la parte de nuestro ser que no ha sido rozada por los compromisos, con nuestra infancia, con la frescura de nuestras reacciones.
Ser el origen de nuestro lenguaje.
Las actitudes del hombre son las que lo vuelven auténticamente poético.
La poesía implica transformación, la lectura poética es un cambio de nuestra relación con las cosas, de nuestra visión del mundo, de nosotros mismos.
Transmutar en poesía es transmutar los sedimentos, las profundidades del yo, lo que estaba oculto, en hechos, es actuar como lo que en el fondo somos realmente.
La poesía exige el esfuerzo personal de asignar un valor propio a las palabras gastadas.
La poesía consiste, fundamentalmente, en una forma de juego, y algunas de las características más notables de la experiencia poética son las propias de la experiencia del juego en general.