Argolibiu, 12 de Noviembre de 1949
Amada mía:
Sé que estarás impaciente por tener noticias mías pero
debía reunir valor para escribirte y contarte algunas cosas que me han
pasado en este año de separación.
Sabes que te quiero y sé que esta carta te hará mucho daño
pero más te haría si no te confesara esto y siguieras esperándome.
Nuestro amor y nuestro reencuentro no será posible. Es difícil
de explicar, podría decirte que me enamoré de otra o, tal vez,
que me dejé enamorar porque conocí una chica que me recordaba
a ti o, que todo empezó como un juego, como una simple ocasión...
Pero no. No sé como explicártelo porque ni yo mismo lo sé.
Ahora estoy atrapado, no me puedo ir, no tengo valor para escaparme y dejarlo
todo para ir en tu busca.
Lo siento amor mío, espero que algún día me perdones. Yo
nunca más dejaré de pensar que te perdí por mi mala cabeza
pero siempre, siempre, te llevaré en mi corazón.
Sin más se despide de ti: tu Roberto.
Mis pulsaciones habían aumentado notablemente, máxime cuando oí
a mi madre subir por la escalera y pensé, como de pequeño, que
me iba a pillar husmeando donde no debía.
Tenía que ser un hermano de mi abuelo, nunca había oído
hablar de él pero por su parecido y por los apellidos no cabía
duda. Pero no comprendía lo que había ocurrido, esta carta jamás
había llegado a su destino. Sin duda no tuvo valor para enviarla pero
entonces ¿qué había sido de él?
Mi madre encontró la puerta del desván entreabierta y pasó
dentro.
--Hola mamá, estaba aquí... bueno, ya sabes...
Y antes de darle tiempo a decir nada le pregunté:
--¿Oye, quién era Roberto Fernández Valle?
--Vaya por Dios, ¿ya diste con la caja de Roberto?
--Pues sí, ¿era un hermano del abuelo verdad? ¿Pero que
fue de él?
Me estaba mirando a los ojos pero apartó la mirada, denotando que era
un asunto del que no le gustaba mucho hablar.
--¿Lo conociste? -ataqué de nuevo.
--Si -dijo con tristeza.
--¿Qué fue lo que pasó?
--No lo sé muy bien, yo era bastante joven, unos... once años
tendría, parece ser que un día desapareció sin avisar a
nadie, todas sus cosas habían quedado en la habitación y durante
algún tiempo allí siguieron, como esperando su regreso, hasta
que por fin un día mi madre decidió recoger su ropa y sus cosas
y guardarlas aquí. Yo misma guardé sus papeles en esa caja.
--Nunca vi una foto de él en casa -dije-- ni oí a nadie hablar
de él.
--Al principio mi madre estaba muy enfadada con él por desaparecer así,
además, creo que se enteró de algunas cosas que nunca quiso contar.
Más tarde supimos que andaba por La Habana y que se había casado,
por ahí debe haber una foto de la boda, y... nada más.
Rebusqué en la caja y efectivamente, allí estaba la foto, una
pareja con traje de boda, en un decorado imitando un despacho, él sentado
en un sillón y ella de pie a su lado. Roberto y Federica, y la fecha,
ponía por detrás: 4 de julio de 1954.
Mi madre no supo contarme más y ahora imagino que tampoco quiso. Yo investigué
por mi cuenta, hablé con gente mayor que estuvo en Cuba en aquella época,
algunos lo conocieron pero nadie supo darme noticias de él, si aún
vivía, si tenía familia... si había vuelto con su amor.
Finalmente fue otro hermano de mi abuelo, que también había estado
en Cuba, quien me dio una pista, él tampoco "sabía nada".
Me mandó a ver a un amigo de Roberto que había trabajado con él
en La Habana y que aún vivía.
Don José, un hombre mayor, de unos 90 años, aunque de mente despierta
y cuerpo aún ágil, boina y bastón, sonrió cuando
me presenté preguntándole por Roberto, "el Roxu" -dijo
él-, como lo apodaban sus amigos, y se quedó pensativo recordando
los años que estuvieron juntos.
- Sí hombre sí, al Roxu "conocilu" bien. ¿Qué
quieres saber?- dijo después de haberlo pensado un poco.
- Todo.
- Hombre... "tou" será "muchu" decir.
Según me contó D. José, se habían ido los dos para
Cuba, para no tener que servir al ejercito aquí en España, que
en aquella época eran varios años, y a conocer mundo, está
claro, ¡con apenas veinte años...! El Roxu era un mocetón
bien parecido, traía a las mujeres locas, "Qué tiempos",
me decía D. José con la mirada perdida en sus recuerdos y una
sonrisa pícara en su arrugada boca. Allí pasaron varios años,
hasta que Roberto se vino a España, cuando murió su padre, a por
algo de dinero de la herencia, poco naturalmente, pero quería casarse
e instalarse allí. De lo que pasó aquí durante el año
y pico que regresó, D. José lo supo por boca de Roberto: no le
había dado muchas explicaciones.
Tuve que tirarle un poco de la lengua y finalmente me dijo que según
creía recordar, Roberto le había dicho que se había enredado
con una mujer aquí. No sabía nada más. No sabía
si la había dejado embarazada. Y tampoco sabía si se había
planteado quedarse aquí y no volver para Cuba. Lo que sí sabía
es que había vuelto para La Habana. Allí se casó con...
¿cómo se llamaba? -dijo- ¿Federica? -dije yo- Sí,
eso es, Federica -dijo él, con la cara iluminada por la alegría
al recordar el nombre. Era una mulata muy guapa, y lo estaba esperando...
Habían tenido una hija, pero Roberto se murió al poco tiempo,
exactamente fue el 28 de mayo del 57. ¿Pero, por qué recuerda
la fecha con tanta exactitud; tan amigos eran? -le dije-. Roberto se murió
en el asalto al campo miliar de Uvero, que fue ese día, hubo muchas bajas
-dijo con tristeza-.
Me dijo que no supo más de Federica, él regresó a España
antes de acabar la revolución de Fidel.
Álvaro Martínez Teón.