La carta del desván.

Cierto día, rebuscando en el desván, en casa de mis abuelos -es una costumbre que me hechiza desde pequeño, cuando nos estaba prohibido-- encontré una caja de zapatos con un nombre escrito en la tapa: Roberto. Mi pulso subió levemente al abrir la caja, no sabía quien sería ese tal Roberto pero en un caso así mi curiosidad puede más que yo.
La caja estaba llena de papeles, algunos documentos, fotos de un desconocido que se parecía mucho a mi abuelo... en una de ellas por detrás ponía: Roberto Fernández Valle, y debajo: "A la rosa de mi corazón. La Habana 16 de junio de 1944". Sin duda un regalo a una enamorada, que le fue devuelto al terminar la relación.
Había también otras dos fotos en las que aparecía con sendas mujeres, guapas las dos, una mulata y la otra blanca de pelo negro. Así como algunas cartas remitidas desde España, mataselladas y con distintas direcciones en La Habana.
Pero lo que más llamó mi atención fue una carta sin matasellos, escrita y aún no enviada. Estaba remitida por el mismo Roberto Fernández Valle y dirigida a una mujer en La Habana: Federica. No pude evitar abrirla en aquel mismo momento.
La carta la transcribo aquí:

Argolibiu, 12 de Noviembre de 1949
Amada mía:
Sé que estarás impaciente por tener noticias mías pero debía reunir valor para escribirte y contarte algunas cosas que me han pasado en este año de separación.
Sabes que te quiero y sé que esta carta te hará mucho daño pero más te haría si no te confesara esto y siguieras esperándome.
Nuestro amor y nuestro reencuentro no será posible. Es difícil de explicar, podría decirte que me enamoré de otra o, tal vez, que me dejé enamorar porque conocí una chica que me recordaba a ti o, que todo empezó como un juego, como una simple ocasión... Pero no. No sé como explicártelo porque ni yo mismo lo sé.
Ahora estoy atrapado, no me puedo ir, no tengo valor para escaparme y dejarlo todo para ir en tu busca.
Lo siento amor mío, espero que algún día me perdones. Yo nunca más dejaré de pensar que te perdí por mi mala cabeza pero siempre, siempre, te llevaré en mi corazón.
Sin más se despide de ti: tu Roberto.

Mis pulsaciones habían aumentado notablemente, máxime cuando oí a mi madre subir por la escalera y pensé, como de pequeño, que me iba a pillar husmeando donde no debía.
Tenía que ser un hermano de mi abuelo, nunca había oído hablar de él pero por su parecido y por los apellidos no cabía duda. Pero no comprendía lo que había ocurrido, esta carta jamás había llegado a su destino. Sin duda no tuvo valor para enviarla pero entonces ¿qué había sido de él?
Mi madre encontró la puerta del desván entreabierta y pasó dentro.
--Hola mamá, estaba aquí... bueno, ya sabes...
Y antes de darle tiempo a decir nada le pregunté:
--¿Oye, quién era Roberto Fernández Valle?
--Vaya por Dios, ¿ya diste con la caja de Roberto?
--Pues sí, ¿era un hermano del abuelo verdad? ¿Pero que fue de él?
Me estaba mirando a los ojos pero apartó la mirada, denotando que era un asunto del que no le gustaba mucho hablar.
--¿Lo conociste? -ataqué de nuevo.
--Si -dijo con tristeza.
--¿Qué fue lo que pasó?
--No lo sé muy bien, yo era bastante joven, unos... once años tendría, parece ser que un día desapareció sin avisar a nadie, todas sus cosas habían quedado en la habitación y durante algún tiempo allí siguieron, como esperando su regreso, hasta que por fin un día mi madre decidió recoger su ropa y sus cosas y guardarlas aquí. Yo misma guardé sus papeles en esa caja.
--Nunca vi una foto de él en casa -dije-- ni oí a nadie hablar de él.
--Al principio mi madre estaba muy enfadada con él por desaparecer así, además, creo que se enteró de algunas cosas que nunca quiso contar. Más tarde supimos que andaba por La Habana y que se había casado, por ahí debe haber una foto de la boda, y... nada más.
Rebusqué en la caja y efectivamente, allí estaba la foto, una pareja con traje de boda, en un decorado imitando un despacho, él sentado en un sillón y ella de pie a su lado. Roberto y Federica, y la fecha, ponía por detrás: 4 de julio de 1954.
Mi madre no supo contarme más y ahora imagino que tampoco quiso. Yo investigué por mi cuenta, hablé con gente mayor que estuvo en Cuba en aquella época, algunos lo conocieron pero nadie supo darme noticias de él, si aún vivía, si tenía familia... si había vuelto con su amor.
Finalmente fue otro hermano de mi abuelo, que también había estado en Cuba, quien me dio una pista, él tampoco "sabía nada". Me mandó a ver a un amigo de Roberto que había trabajado con él en La Habana y que aún vivía.
Don José, un hombre mayor, de unos 90 años, aunque de mente despierta y cuerpo aún ágil, boina y bastón, sonrió cuando me presenté preguntándole por Roberto, "el Roxu" -dijo él-, como lo apodaban sus amigos, y se quedó pensativo recordando los años que estuvieron juntos.
- Sí hombre sí, al Roxu "conocilu" bien. ¿Qué quieres saber?- dijo después de haberlo pensado un poco.
- Todo.
- Hombre... "tou" será "muchu" decir.
Según me contó D. José, se habían ido los dos para Cuba, para no tener que servir al ejercito aquí en España, que en aquella época eran varios años, y a conocer mundo, está claro, ¡con apenas veinte años...! El Roxu era un mocetón bien parecido, traía a las mujeres locas, "Qué tiempos", me decía D. José con la mirada perdida en sus recuerdos y una sonrisa pícara en su arrugada boca. Allí pasaron varios años, hasta que Roberto se vino a España, cuando murió su padre, a por algo de dinero de la herencia, poco naturalmente, pero quería casarse e instalarse allí. De lo que pasó aquí durante el año y pico que regresó, D. José lo supo por boca de Roberto: no le había dado muchas explicaciones.
Tuve que tirarle un poco de la lengua y finalmente me dijo que según creía recordar, Roberto le había dicho que se había enredado con una mujer aquí. No sabía nada más. No sabía si la había dejado embarazada. Y tampoco sabía si se había planteado quedarse aquí y no volver para Cuba. Lo que sí sabía es que había vuelto para La Habana. Allí se casó con... ¿cómo se llamaba? -dijo- ¿Federica? -dije yo- Sí, eso es, Federica -dijo él, con la cara iluminada por la alegría al recordar el nombre. Era una mulata muy guapa, y lo estaba esperando...
Habían tenido una hija, pero Roberto se murió al poco tiempo, exactamente fue el 28 de mayo del 57. ¿Pero, por qué recuerda la fecha con tanta exactitud; tan amigos eran? -le dije-. Roberto se murió en el asalto al campo miliar de Uvero, que fue ese día, hubo muchas bajas -dijo con tristeza-.
Me dijo que no supo más de Federica, él regresó a España antes de acabar la revolución de Fidel.


Álvaro Martínez Teón.