Para la tradición oriental la verdad es una experiencia personal. Por
tanto, en sentido estricto, es incomunicable. Cada uno debe comenzar y rehacer
por sí mismo el proceso de la verdad. Y nadie, excepto aquel que emprende
la aventura, puede saber si ha llegado o no a la plenitud, a la identidad con
el ser. El conocimiento es inefable. A veces, este "estar en el saber"
se expresa con una carcajada, una sonrisa o una paradoja. Pero esa sonrisa puede
también indicar que el adepto no ha encontrado nada. Todo el conocimiento
se reduciría entonces a saber que el conocimiento es imposible. Una y
otra vez los textos se complacen en este género de ambigüedades.
La doctrina se resuelve en silencio. Tao es indefinible e innombrable: "El
Tao que puede ser nombrado no es el Tao absoluto; los Nombres que pueden ser
pronunciados no son los Nombres absolutos". Chuan-tsé afirma que
el lenguaje, por su misma naturaleza, no puede expresar lo absoluto, dificultad
que no es muy distinta a la que desvela a los creadores de la lógica
simbólica. "Tao no puede ser definido
Aquel que conoce, no
habla. Y el que habla no conoce. Por tanto, el Sabio predica la doctrina sin
palabras." La condenación de las palabras procede de la incapacidad
del lenguaje para transcender el mundo de los opuestos relativos e interdependientes,
del esto en función del aquello. "Cuando la gente habla de aprehender
la verdad, piensa en los libros. Pero los libros están hechos de palabras.
Las palabras, claro está, tienen un valor. El valor de las palabras reside
en el sentido que esconden. Ahora bien, este sentido no es sino un esfuerzo
para alcanzar algo que no puede ser alcanzado realmente por las palabras".
En efecto, el sentido apunta hacia las cosas, las señala, pero nunca
las alcanza. Los objetos están más allá de las palabras.