SEMEJANTE A PEZ
Ana Arroyo

El viento constante transporta aromas marinos hasta el molino. En la puerta, sentado en un banco de madera, con las dos manos apoyadas sobre un bastón, el viejo molinero parece hablar con su perro, y el animal diríase que escucha atentamente.

Pues sí mi buen Coleman, son muchas las aventuras que he vivido y tu mi más fiel oyente, por eso y por que ya soy un viejo te las cuento a tí, una y otra vez, por que los viejos cada día revivimos los recuerdos más antiguos y olvidamos con frecuencia lo que nos ocurrió ayer, y aunque tal vez muchos piensen que mis palabras se las lleva el viento, a mi me ayudan a revivir aquellos momentos que marcaron mi vida, como cuando siendo yo un mozalbete vi por primera vez al gran Narcis Monturiol, montado sobre un enorme caballo, cabalgando a galope tendido desde Figueras hasta Rosas, donde cortejaba a una muchacha del pueblo. Por aquel entonces había terminado sus estudios de abogacía, que nunca ejerció, pero quizás le sirvieron para empaparse de las ideas revolucionarias y utópicas que enseguida escandalizaron a la pequeña sociedad bien de Figueras, que le vió nacer, y en mí, Daniel Nadal, el único hijo varón del molinero de Rosas, provocaron una vivaz admiración.

Porque existen hombres, mi buen Coleman, hombres extraordinarios, de una claridad y brillantez mental que son capaces de arrastrar al entusiasmo a quienes les rodean y dedican su vida a ideas que no siempre se entienden. Así, sí señor, así era Monturiol.

A Daniel se le aclararon sus ancianos ojos llenos de las nieblas de otros tiempos con el brillo de la evocación. Extendió su mano encallecida y acarició al perro que seguía atentamente las palabras del amo, como si entendiese.

Bien, como te iba diciendo, allá por el año 1.844, Narcís Monturiol se dedicó durante un tiempo a politiquear y, con esa vehemencia de los iluminados, intentó introducir proyectos socialistas de un francés al que llamaba el maestro Cabet, pero la política, amigo mío, es un nido de víboras, intentaron devorarlo... y Monturiol volvió a Rosas, aunque ya aquella muchacha que cortejaba se había casado con otro, quizás cansada de esperar a un soñador. Al principio, un tanto abatido, paseaba por la costa, mi lugar favorito, así nos hicimos amigos, paseando por el puerto, en cuanto yo podía escapaba de las labores del molino para ver sumergirse a aquellos aguerridos hombres que bajaban a las profundidades para sacarles las entrañas de coral al mar. Se necesitaban fuelles en lugar de pulmones. Pero se ganaban buenos dineros, y me gustaba más aquel oficio. Yo quería bucear.

Una tarde un hombre se ahogó, lo vimos llegar a la orilla días después, como un despojo que vomita el mar, y aquel día gris y salitroso, Monturiol me miró de una manera extraña y me dijo: "Amigo Daniel, tenemos que construir un barco-pez" y desde entonces no habló, ni pensó, ni soñó en otra cosa que no fuera el barco-pez, el Ictíneo, como lo llamaba él, ¿Sabes, Coleman? Ictíneo quiere decir semejante a pez. Tu también le debes el nombre, así se llamaba aquel primer perro que se trajo de Alicante, del cual tu eres tal vez el nieto, o quizás el biznieto. En aquellos meses me enseñó a leer, decía que la cultura era un bien de todos los hombres, nunca le estaré bastante agradecido por ello, ahora sé muchas cosas que he aprendido en los libros, por ejemplo, el coral es un animal, un animal enorme, Coleman, y eso está escrito en los libros.

El perro movía las orejas o el rabo alternativamente, cada vez que escuchaba su nombre susurrado entre aquella perorata confidencial, que cada tarde de viento, el viejo Daniel gustaba regalarle, entre caricias y palmadas en el lomo.

Lo cierto es que para construir el Ictíneo se necesitaba mucho, mucho dinero y Monturiol se dedicó a buscarlo llamando a todas las puertas, dibujó cientos de planos y publicó una memoria acerca del buque sumergible y emergible a voluntad, cuya realización explicaba como llevar a cabo. Sin embargo, el gobierno, no entendió nada, despachaban al inventor con unas palmaditas en el hombro y buenas palabras, pero él no perdió entusiasmo, convencido de sus razones y del éxito, vendió parte de sus fincas y heredades y con frases iluminadas convenció a unos cuantos hasta lograr reunir un capital social de cien mil pesetas, si Coleman, cien mil pesetas de 1.859, eso era y es un fortuna...

El verano de ese año construimos el Ictíneo I, medía siete metros de largo y tuve el honor de ser uno de los seis tripulantes que con la fuerza de mis brazos impulsó el primer barco-pez, aquel día, Coleman, descubrí el fondo marino... Verdad es que aunque con éxito, se comprobó que aún se podía mejorar y Narcís, como siempre, se volcó entusiasmado en la construcción de un nuevo Ictíneo, el Ictíneo II, pero para éste ya no necesitaba de mis fuerzas porque decidió propulsarlo a vapor e introducir cámaras de oxígeno.

A quien si hacía falta era a mi padre, que anciano y solo, se veía incapaz de seguir con la molienda, así pues, volví a Rosas, donde casi todos piensan que quedé aventado por la influencia de Monturiol.
Supe que el Ictineo II se botó en Alicante en 1.861, que llegó a estar sumergido más de ocho horas, fue un gran éxito, se publicó en todos los periódicos y después... se olvidaron, todos se olvidaron de su invento, de sus ideas brillantes y su visión adelantada a los tiempos.
Pero yo si recordaba, aunque absorbido por mi nueva vida de molinero, con una esposa e hijas a las que yo mismo enseñé a leer, porque los Nadal, amigo mío, nunca más seremos ignorantes.
Años más tarde, cuando ya el declive pesaba en mis hombros, recibí una carta de Narcís desde Barcelona, donde me pedía, brevemente, que fuese a verlo y yo acudí.
Malvivía en una triste pensión de la calle Córcega, la humedad era la reina en aquel hueco oscuro y sucio, sólo un haz de luz cargado de polvo se colaba por un minúsculo ventanuco, iluminando a un Monturiol avejentado y enfermo que postrado en el camastro me abrió los brazos de amigo.
No pude evitar que me saltaran las lágrimas, Coleman, entre mis brazos aún fuertes, los mismos brazos que movieron las hélices del Ictíneo, encontré los huesos frágiles de un anciano, pero pronto mi pena dejó paso a mi asombro. Sus ojos, ¡Ay, sus ojos!, brillaban con esa luz perenne del entusiasmo, el entusiasmo de aquel joven que cruzaba a galope la plaza de Rosas en busca de su amada, el optimismo del inventor de un barco-pez que cruzaría los mares al lado de los grandes tiburones. Porque así era, así era Monturiol.

El animal se revolvió nervioso ante la creciente inquietud de Daniel que a medida que avanzaba en el relato subía el tono de voz. Coleman lanzó un ladrido al viento como queriendo espantar los fantasmas que asustaban al viejo y corrió en busca de la boina que un golpe de aire había elevado y subía y bajaba como despidiéndose.

Gracias Coleman, eres un buen perro, y ahora quédate quietecito, que falta el final de la historia. Como te decía, Monturiol me contó brevemente lo ocurrido en aquellos veinte años de distancia. Para construir el Ictíneo II, necesitó mucho más dinero, que consiguió embargando los pocos bienes que le quedaban, con préstamos de usureros y suscripciones populares. Él estaba seguro de que funcionaría y suponía que entonces el gobierno por fin atisbaría las posibilidades que podía ofrecer la navegación submarina, pero eran unos necios que no veían más allá de sus propias narices. No dieron importancia al invento. Los prestamistas y usureros, los bancos y banqueros se le echaron encima y la gran máquina semejante a un pez no pudo volver a sumergirse. Ahora estaba embargada y dispuesta a subastarse por piezas para chatarra. Pero mi anciano amigo tenía una idea.

Daniel, - me suplicó -, por la amistad que siempre nos hemos profesado, he de pedirte dos inmensos favores, el primero de ellos es que acudas a la subasta y compres el motor del Ictineo II, llevo tiempo trabajando en ello y conozco la manera de adaptarlo a un molino, mira he dibujado un montón de planos, - y revolvió hasta que encontró un buen puñado de papeles llenos de dibujos, - con lo cual ahorrarás trabajo a tus brazos y será ahora su motor el que muela tu trigo.

El segundo favor es que te quedes con mi perro Coleman, aquí no puedo tenerlo y tampoco donde voy, ahora lo guardan unos amigos, pero su casa es muy pequeña y llena de crios. Es un perro fiel que te hará compañía. También quiero regalarte este libro del que quizás seas tú el único lector. Y no olvides nunca, amigo mío, que este es el siglo de la modernidad y los grandes logros, que casi todo está por inventar, ¿Has visto ya la velocidad de los nuevos ferrocarriles? ... Los sueños pueden hacerse realidad.

Una mañana del invierno de 1.885 Monturiol murió olvidado por casi todos, hacía ya un año que se había producido nuestro encuentro y desde entonces vivía retirado en un monasterio perdido en las montañas, explicando a los jóvenes monjes las ventajas y maravillas de los barcos peces, siempre con ojos brillantes de entusiasmo.
Y yo regresé a Rosas en una gran carreta de dos bueyes cargada con el motor del Ictíneo II, que ahí sigue, moliendo y aliviando mis viejos huesos y con tu padre o quizás tu abuelo, que por cierto, ya nunca sabré el significado de Coleman, pero siempre fuisteis fieles y me hicisteis compañía, por eso nunca os cambié el nombre. Tiempo después tuve la suerte de conocer a un editor de Gerona que había admirado a Monturiol y publicó su "Ensayo sobre el arte de navegar por debajo del agua". Así no seré yo su único lector.

El viento parecía amainar aquella tarde. Daniel, fatigado ya de tanto hablar, acarició nuevamente el lomo del perro que ahora dormitaba a sus pies. Miró hacia el molino y pensó que una vez fueron sus brazos los que movieron a un gran pez de chatarra y hoy era el corazón del gran pez el que trabajaba por ellos.