El primer muerto


La tarde en que se murió nuestro vecino, yo estaba en casa de mis abuelos. Jugaba en el suelo de la cocina con mis indios y vaqueros de plástico azul. Mi abuela Aurina planchaba, mientras escuchaba la novela de la radio. Eran planchas de hierro, de esas tan pesadas, que había que poner a calentar encima de la cocina de carbón.
Oímos sonar una campanilla en la calle, a lo lejos, acercándose despacio. Mi abuela se asomó asustada a la ventana abierta, yo la observaba atento y vi como se santiguaba. Lo mismo que la noche anterior cuando oímos cantar al cárabo. Después supe que eran el cura y el monaguillo que iban a darle la extremaunción al vecino.
Algo más tarde, al declinar el sol, llegó mi abuelo de su trabajo en la construcción. Le dio un beso a mi abuela, como de costumbre.
-- ¿Ya te enteraste? --dijo ella con temor.
-- Sí. Me voy a cambiar y voy para allá.
Yo los miraba desde abajo, abrazado a la pierna de mi abuelo.
-- Y tú vienes conmigo --me dijo con una sonrisa, agachándose a darme un beso.
Su mano áspera y con olor a cemento acarició mi cara.
Salieron los dos hacia el dormitorio. Mi abuela regresó enseguida y, al poco, mi abuelo, aseado y mudado con el "traje de los domingos".
-- No lo lleves a ver el cadáver, que todavía es muy crío --dijo mi abuela en voz baja mientras se abrazaba a mi abuelo despidiéndose, como siempre que salía de casa.
-- No te preocupes por eso. ¡Vamos! --dijo tendiéndome la mano.
-- Pregúntales a qué hora van a rezar el rosario --se oyó a mi abuela a nuestras espaldas, mientras salíamos.
Bajamos las escaleras exteriores de la casa y cruzamos el jardín. Era un atardecer de finales de verano, tibio, aunque ya se anunciaba el otoño en la leve brisa de aire templado que refrescaba nuestras caras. Musgos y helechos adornaban el muro de la casa y tres últimos vencejos pasaron chirriando, persiguiéndose veloces, a la caza de mosquitos.
Yo aún no tenía plena conciencia de la muerte del vecino, aunque algo presentía. Sabía que íbamos a su casa y que algo importante había sucedido. No comprendía todavía la palabra "cadáver" pero la doté de un oscuro sentido. A él lo conocía de verlo, sentado a la puerta de la funeraria, al cruzar yo la calle desde casa de mis padres. Era un taller donde hacía cajas de muerto y somieres de alambre.
Pasamos por delante de la puerta de la funeraria y subimos las escaleras, empinadas, que conducían a la vivienda, encima del taller. La puerta estaba abierta y se oía hablar, en tono bajo, a algunas personas que estaban dentro.
Por aquel entonces yo no sabía si tenía miedo, ni siquiera sabía si debía tenerlo. Algo en el ambiente, en los susurros, en los silencios, me decía que sí, sin embargo, cogido de la mano de mi abuelo, estaba tranquilo, aunque expectante.
Entramos al pequeño recibidor. Mi abuelo firmó en un libro que había encima de una pequeña mesa, cubierta con un paño negro y presidida por un crucifijo. Pasamos a la siguiente habitación, una pequeña sala donde había varios vecinos y se abrazó a la viuda, ella lloró y se lamentó, mientras él la palmeaba consolándola. Se separaron y ella se secó las lágrimas con un pañuelo que olía a "Embrujo de Sevilla".
-- ¿Podemos pasar a verlo? --le dijo mi abuelo en un susurro.
-- Si, si, pasad, está en la habitación. Aquí al lado.
Otra mujer que salía por el pasillo, que conducía a la habitación, sollozaba y se limpiaba con un pañuelo blanco.
-- ¡Ay Dios mío! ¡Hay que ver! -decía suspirando--. Que bien quedó, pero si parece que está durmiendo. Está guapísimo, con la cara tan relajada, casi parece que esté sonriendo.
Mi abuelo me tomó de la mano y pasamos. En la habitación no había nadie mas que el muerto, habían quitado la cama y en el centro estaba la caja puesta encima de unos caballetes, había alguna vela encendida y olía a cera quemada. Yo apenas podía verle el perfil al muerto, la caja me llegaba a la altura del pecho, y efectivamente parecía dormido. Mi abuelo se quedó mirándolo un rato mientras yo observaba nuestro reflejo en los cristales del balcón, al otro lado de la caja. El crepúsculo azulado ya no podía contra la débil luz de la habitación, una bombilla cubierta de polvo, y nuestras figuras y la del ataúd se reflejaban nítidamente, en los cristales, sobre el oscurecido cielo estival. Entonces comencé a fantasear, como tantas veces ante el espejo, que del otro lado del cristal hay un mundo diferente, donde pasan otras cosas, lo que nosotros queramos, solo tenemos que imaginar, y vi que el muerto no estaba muerto, sino solamente dormido, abrió los ojos mirando a mi abuelo y se incorporó con una sonrisa abrazándose a él. Me sentí feliz por un momento. Una mano se posó sobre mi cabeza, era mi abuelo que me acariciaba y me conminaba a salir.
Finalmente se santiguó, tendiéndome la mano de nuevo para dirigirnos a la sala donde estaban los vecinos. Se sentaban en un sofá y en algunas sillas, alrededor de una mesa baja, con sus trajes de "día señalado", tomándose unas copas de coñac. Las boinas entre las manos o posadas encima de una pierna, y las caras graves que me miraban. Dos mujeres que acompañaban a la viuda estaban de pie, junto a la puerta que comunicaba con la cocina. Ellas tomaban un sorbo de vino dulce, "Sansón". Le ofrecieron una copa de coñac a mi abuelo, que no rechazó, y continuaron charlando, ahora en tono más distendido. Uno de ellos comenzó a contar una anécdota.
-- Oye, ¿no os acordáis de lo que pasó aquel día? --dijo, y continuó sin esperar respuesta--. Si hombre, ya sabéis la costumbre que tenía Ramón de dormir la siesta dentro de alguno de los ataúdes. Pues era un tipo que traía una bolsa, una bolsa con la compra que había hecho, y quería dejarla en la funeraria mientras iba a hacer otros recados. Así que entró en el taller, que estaba a oscuras, como siempre, y al no encontrar al difunto, aquí presente, lo llamó por su nombre, a voces: ¡Ramón!, por si acaso andaba por allí. Que susto se llevaría cuando se abrió la tapa de un ataúd y vio a Ramón incorporándose de la siesta. Se desmayó y hasta tuvieron que llamar al médico.
Las risas fueron generales hasta que una de las mujeres chistó para restablecer el orden.
-- Es verdad --dijo otro, sofocando la risa-- tenía esa costumbre. Decía que había que probarlas primero. Más de uno se llevó un buen susto.
Mi abuelo apuró la copa, se levantó y preguntó:
-- ¿A qué hora será el rosario?
-- A las nueve y media --dijo una de las mujeres.
-- Entonces después vendrá Aurina. Nosotros nos vamos ya.
Se abrazó otra vez a la viuda, que volvió a llorar y seguidamente nos marchamos.
Cogido de la mano de mi abuelo, regresamos a casa en la noche serena, solo perturbada por el ulular del cárabo agorero. Pero yo no tuve miedo.

A.M. Teón