Me vistieron y me dieron dinero. Yo sabía para qué iba a servir
el dinero, iba a servir para ponerme de patitas en la calle. Cuando lo hubiera
gastado debería procurarme más, si quería continuar. Lo
mismo los zapatos, cuando estuvieran usados debería ocuparme de que los
arreglaran, o continuar descalzo, si quería continuar. Lo mismo la chaqueta
y el pantalón, no necesitaban decírmelo, salvo que yo podría
continuar en mangas de camisa, si quería. Las prendas-zapatos, calcetines,
pantalón, camisa, chaqueta y sombrero-no eran nuevas, pero el muerto
debía ser poco más o menos de mi talla. Es decir que él
debió ser un poco menos alto que yo, un poco menos grueso, porque las
prendas no me venían tan bien al principio como al final. Sobre todo
la camisa, durante mucho tiempo no podía cerrarme el cuello, ni por consiguiente
alzar el cuello postizo, ni recoger los faldones, con un imperdible, entre las
piernas, como mi madre me había enseñado. Debió endomingarse
para ir a la consulta, por primera vez quizá, no pudiendo más.
Sea como fuere, el sombrero era hongo, en buen estado. Dije, Tengan su sombrero
y devuélvanme el mío. Añadí, Devuélvanme
mi abrigo. Respondieron que lo habían quemado, con mis demás prendas.
Comprendí entonces que acabaría pronto, bueno, bastante pronto.
Intenté a continuación cambiar el sombrero por una gorra, o un
fieltro que pudiera doblarse sobre la cara, pero sin mucho éxito. Pero
yo no podía pasearme con la cabeza al aire, en vista del estado de mi
cráneo. El sombrero era en principio demasiado pequeño, pero luego
se acostumbró. Me dieron una corbata, después de largas discusiones.
Me parecía bonita, pero no me gustaba. Cuando llegó por fin estaba
demasiado fatigado para devolverla. Pero acabó por serme útil.
Era azul, como con estrillas. Yo no me sentía bien, pero me dijeron que
estaba bastante bien. No dijeron expresamente que nunca estaría mejor
que ahora, pero se sobreentendía. Yacía inerte sobre la cama e
hicieron falta tres mujeres para quitarme los pantalones. No parecían
interesarse mucho por mis partes que a decir verdad nada tenían de particular.
Tampoco yo me interesaba mucho. Pero hubieran podido decir cualquier cosita.
Cuando acabaron me levanté y acabé de vestirme solo. Me dijeron
que me sentara en la cama y esperara. Toda la ropa de cama había desaparecido.
Me indignaba el hecho de que no hubieran permitido esperar en el lecho familiar
y no así de pie, en el frío, en estas ropas que olían a
azufre. Dije, Me podían, haber dejado en mi cama hasta el último
momento.
Entraron hombres con batas, con mazos en la mano. Desmontaron la cama y se llevaron
las piezas. Una de las mujeres les siguió y volvió con una silla
que colocó ante mí. Había hecho bien en mostrarme indignado.
Pero para demostrarles hasta qué punto estaba indignado por no haberme
dejado en mi cama mandé la silla a hacer puñetas de una patada.
Un hombre entró y me hizo una seña para que le siguiera. En el
vestíbulo me dio un papel para firmar. ¿Qué es esto, dije,
un salvoconducto? Es un recibo, dijo, por la ropa y el dinero que ha recibido
usted. ¿Qué dinero? Dije. Fue entonces cuando recibí el
dinero. Pensar que había estado a punto de marcharme sin un céntimo
en el bolsillo. La cantidad no era grande, comparada con otras cantidades, pero
a mí me parecía grande. Veía los objetos familiares, compañeros
de tantas horas soportables. El taburete, por ejemplo, íntimo como el
que más. Las largas tardes juntos, esperando la hora de irme a la cama.
Por un momento sentí que me invadía su vida de madera hasta no
ser yo mismo más que un viejo pedazo de madera. Había incluso
un agujero para mi quiste. Después en el cristal el sitio en donde se
había raspado el esmalte y por donde en las horas de congoja yo deslizara
la vista, y rara vez en vano. Se lo agradezco mucho, dije, ¿hay una ley
que le impide echarme a la calle, desnudo y sin recursos? Eso nos perjudicada,
a la larga, respondió él. No hay medio de que me admitan todavía
un poco, dije, yo podía ser útil. Útil, dijo, ¿de
verdad estaría dispuesto a ser útil? Después de un momento
continuó, Si le creyeran a usted realmente dispuesto a ser útil,
le admitirían, estoy seguro. Cuántas veces había dicho
que iba a ser útil, no iba a empezar otra vez. ¡Qué débil
me sentía! Este dinero, dije, quizá quieran recuperarlo y cobijarme
todavía un poco. Somos una institución de caridad, dijo, y el
dinero es un regalo que le hacemos cuando se va. Cuando lo haya gastado debe
procurarse más, si quiere continuar. No vuelva nunca aquí pase
lo que pase, porque ya no le admitiríamos. Nuestras sucursales le rechazarían
igualmente. ¡Exelmans! exclamé. Vamos, vamos, dijo, además
no se le entiende ni la décima parte de lo que dice. Soy tan viejo, dije.
No tanto, dijo. ¿Me permite que me quede aquí un momentito, dije,
hasta que cese la lluvia? Puede usted esperar en el claustro, dijo, la lluvia
no cesará en todo el día. Puede usted esperar en el claustro hasta
las seis, ya oirá la campana. Si le preguntan no tiene más que
decir que tiene usted permiso para guarecerse en el claustro. ¿Qué
nombre debo decir?, dije. Weir, dijo.
No llevaba mucho tiempo en el claustro cuando la lluvia cesó y el sol
apareció. Estaba bajo y deduje que serían cerca de las seis, teniendo
en cuenta la época del año. Me quedé allí mirando
bajo la bóveda el sol que se ponía tras el claustro. Apareció
un hombre y me preguntó qué hacía. ¿Qué desea?
eso dijo. Muy amable. Respondí que tenía permiso del señor
Weir para quedarme en el claustro hasta las seis. Se fue, pero volvió
en seguida. Debió hablar con el señor Weir en el intervalo, porque
dijo, No debe usted quedarse en el claustro ahora que ya no llueve.
Ahora avanzaba a través del jardín. Había esa luz extraña
que cierra una jornada de lluvia persistente, cuando el sol aparece y el cielo
se ilumina demasiado tarde para que sirva ya para algo. La tierra hace un ruido
como de suspiros y las últimas gotas caen del cielo vaciado y sin nubes.
Un niño, tendiendo las manos y levantando la cabeza hacia el cielo azul,
preguntó a su madre cómo era eso posible. Vete a la mierda, dijo
ella. Me acordé de pronto que había olvidado pedir al señor
Weir un pedazo de pan. Seguramente me lo hubiera dado. Lo pensé, durante
nuestra conversación, en el vestíbulo. Me decía, Acabemos
primero lo que nos estamos diciendo, luego se lo preguntaré. Yo sabía
perfectamente que no me readmitirían. A gusto hubiera desandado el camino,
pero temía que uno de los guardianes me detuviera diciéndome que
nunca volvería a ver al señor Weir. Lo que hubiera aumentado mi
pesar. Por otra parte no me volvía nunca en esos casos.
En la calle me encontraba perdido. Hacía mucho tiempo que no había
puesto los pies en esta parte de la ciudad y la encontré muy cambiada.
Edificios enteros habían desaparecido, las empalizadas habían
cambiado de sitio y por todas partes veía en grandes letras nombres de
comerciantes que no había visto en ninguna parte y que incluso me hubiera
costado pronunciar. Había calles que no recordaba haber visto en su actual
emplazamiento, entre las que recordaba varias habían desaparecido y por
último otras habían cambiado completamente de nombre. La impresión
general era la misma de antaño. Es verdad que conocía muy mal
la ciudad. Era quizás una ciudad completamente distinta. No sabía
dónde se suponía que debía ir lógicamente. Tuve
la enorme suerte, varias veces, de evitar que me aplastaran. Estaba siempre
dispuesto a reír, con esa risa sólida y sin malicia que tan buena
es para la salud. A fuerza de conservar el lado rojo del cielo lo más
posible a mi derecha llegué por fin al río. Allí todo parecía,
a primera vista, más o menos tal y como lo había dejado. Pero
mirando con más atención hubiera descubierto muchos cambios sin
duda. Eso hice más tarde. Pero el aspecto general del río, fluyendo
entre sus muelles y bajo sus puentes, no había cambiado. El río
en particular me daba la impresión, como siempre, de correr en el mal
sentido. Todo esto son mentiras, me doy perfecta cuenta. Mi banco estaba aún
en su sitio. Se le había excavado según la forma del cuerpo sentado.
Se encontraba junto a un abrevadero, regalo de una tal señora Maxwell
a los caballos de la ciudad, conforme la inscripción. Durante el tiempo
que me quedé allí varios caballos sacaron provecho del regalo.
Oía los hierros y el clic clac del arnés. Después el silencio.
Era el caballo quien me miraba. Después el ruido de guijarros arrastrados
en el barro que hacen los caballos al beber. Después otra vez el silencio.
Era el caballo quien me miraba otra vez. Después otra vez los guijarros.
Después otra vez el silencio. Hasta que el caballo hubo acabado de beber
o el carretero consideró que había bebido suficiente. Los caballos
no estaban tranquilos. Una vez, cuando cesó el ruido, me volví
y vi el caballo que me miraba. El carretero también me miraba. La señora
Maxwell se hubiera puesto muy contenta si hubiera podido ver a su abrevadero
prestar tales servicios a los caballos de la ciudad. Llegada la noche, después
de un crepúsculo muy largo, me quité el sombrero que me hacía
daño. Deseaba estar otra vez encerrado, en un sitio hermético,
vacío y caliente, con luz artificial una lámpara de petróleo
a ser posible, cubierta con una pantalla rosa preferentemente. Vendría
alguien de vez en cuando a asegurarse que me encontraba bien y no necesitaba
nada. Hacía mucho tiempo que no había tenido verdaderas ganas
de algo y el efecto sobre mí fue horrible.
En los días siguientes visité varios inmuebles, sin mucho éxito.
Normalmente me cerraban la puerta en las narices, incluso cuando enseñaba
mi dinero, diciendo que pagaría una semana por adelantado, o incluso
dos. Ya podía yo exhibir mis mejores maneras, sonreír y hablar
con toda precisión, no había acabado aún con mis cumplidos
cuando me cerraban la puerta en las narices. Perfeccioné en esta época
una forma de descubrirme a la vez digna y cortés, sin bajeza ni insolencia.
Hacía deslizar ágilmente mi sombrero hacia delante, lo mantenía
un momento colocado de tal forma que no se podía ver mi cráneo,
después con el mismo deslizamiento lo volvía a poner en su sitio.
Hacer esto con naturalidad, sin provocar una impresión desagradable,
no es fácil. Cuando consideraba que bastaría con tocarme el sombrero,
naturalmente me limitaba a tocarme el sombrero. Pero tocarse el sombrero no
es fácil tampoco. Más tarde resolví el problema, de capital
importancia en las épocas difíciles, llevando un viejo kepí
británico y saludando a lo militar, no, falso, en fin, no lo sé,
conservaba mi sombrero después de todo. Jamás cometí la
falta de lleva medallas. Ciertas mujeres tenían tanta necesidad de dinero
que me dejaban pasar en seguida y me enseñaban la habitación.
Pero no pude entenderme con ninguna. Finalmente conseguí alojarme en
un sótano. Con aquella me entendí rápidamente. Mis fantasías,
ese término empleó, no le daban miedo. Insistió si embargo
en hacer la cama y limpiar la habitación un vez por semana, en lugar
de una vez al mes, como yo le había pedido. Me dijo que durante la limpieza,
que sería rápida, podría esperar en el patinillo de al
lado. Añadió, con mucha comprensión, que nunca me echaría
con mal tiempo. Aquella mujer era griega, creo, o turca. Nunca hablaba de sí
misma. Yo tenía en la cabeza que era viuda o al menos abandonada. Tenía
un acento extraño. Y yo también, a fuerza de asimilar las vocales
y suprimir las consonantes.
Ahora ya no sabía dónde estaba, tenía una vaga imagen,
ni siquiera, no veía nada, de una enorme casa de cinco o seis pisos.
Me parecía que formaba cuerpo con otras casas. Llegué al crepúsculo
y no presté a los alrededores la atención que quizá les
hubiera dedicado de sospechar que iban a cerrarse sobre mí. No debía
por decirlo así esperar más. Es cierto que cuando salí
de esta casa hacía un tiempo radiante, pero yo no miraba nunca hacia
atrás al irme. Debí leerlo en alguna parte, cuando era pequeño
y todavía leía, que valía más no volver la cabeza
al marcharse. Y sin embargo me sorprendía haciéndolo. Pero incluso
sin contar con esto me parece que debí ver algo al irme. ¿Pero
el qué? Recuerdo solamente mis pies que salían de mi sombra uno
tras otro. Los zapatos se habían resquebrajado y el sol acusaba las grietas
del cuero.
Estaba bien en esta casa, debo decirlo. Aparte algunas ratas estaba solo en
el sótano. La mujer observaba nuestra convivencia lo mejor posible. Traía
hacia mediodía una bandeja llena de comida y se llevaba el de la víspera.
Traía al mismo tiempo una palangana limpia. Tenía un asa enorme
por donde metía el brazo, conservando así las dos manos libres
para llevar la bandeja. Después ya no la veía sino por azar cuando
asomaba la cabeza para asegurarse de que no había ocurrido nada. No necesitaba
afecto afortunadamente. Desde mi cama veía los pies que iban y venían
por la acera. Ciertas tardes, cuando hacía buen tiempo y me sentía
con ánimos, me iba con la silla al patinillo y miraba entre las faldas
de las que pasaban. Más de una pierna se me hizo así familiar.
Una vez mandé a buscar una cebolla azafranada y la planté en el
patinillo sombrío, en un bote viejo. Debía ser por primavera,
no eran las condiciones óptimas probablemente. Dejé el bote fuera,
atado a un cordel que pasaba por la ventana. Por la tarde, cuando hacía
buen tiempo, un hilo de luz trepaba a lo largo del muro. Me instalaba entonces
frente a la ventana y tiraba del cordel, para mantener el bote a la luz, y al
calor. No debía ser muy cómodo, no acabo de entender cómo
me las arreglaba. No eran las condiciones óptimas probablemente. Reverdeció,
pero nunca tuvo flores, apenas un tallo macilento provisto de hojas cloróticas.
Me hubiera alegrado tener un azafrán amarillo o un jacinto, pero la cosa
es que no iba a cumplirse. Ella quería llevárselo, pero yo le
dije que lo dejara. Quería comprarme otro, pero le dije que no quería
otro. Lo que más me crispaba eran los gritos de los vendedores de periódicos.
Pasaban corriendo todos los días, gritando el nombre de los periódicos
e incluso las noticias sensacionales. Los ruidos que venían de la casa
me crispaban menos. Una niña, ¿o era un niño? cantaba todas
las tardes a la misma hora en algún lugar encima de mí. Durante
mucho tiempo no conseguí coger las palabras. Extrañas palabras
para una niña, o un niño. ¿Era una canción de mi
espíritu, o venía sencillamente de fuera? Era una especie de nana,
me parece. A mí me dormía a menudo. Era a veces una niña
la que venía. Tenía largos cabellos rojos que colgaban en dos
trenzas. No sabía quién era. Correteaba un poco por la habitación,
después se iba sin haberme dirigido la palabra. Un día recibí
la visita de una agente de policía. Dijo que estaba bajo vigilancia,
sin explicarme por qué. Equívoco, eso es, me dijo que yo era equívoco.
Le dejé hablar. No se atrevía a detenerme. O quizá fuera
buena persona. Un cura también, un día recibí la visita
de un cura. Le informé que pertenecía a una rama de la iglesia
reformada. Me preguntó qué clase de pastor me gustaría
ver. Se condena uno, en la iglesia reformada, sin remedio. Era quizá
buena persona. Me dijo que le avisara si alguna vez necesitaba un servicio.
¡Un servicio! Se presentó y me explicó dónde podría
encontrarle. Debería haberlo apuntado.
Un día la mujer me hizo una proposición. Dijo que tenía
necesidad urgente de dinero en metálico y que si yo podía proporcionarle
un adelanto de seis meses me reduciría el alquiler del cuarto durante
este período. No creo que me equivoque mucho. Esto tenía la ventaja
de hacerme ganar seis semanas (?) de estancia y el inconveniente de agotar casi
todo mi pequeño capital. Pero ¿se podía llamar a esto un
inconveniente? ¿No me iba a quedar de todas formas hasta el último
céntimo, y más allá aún, hasta que ella me echara?
Le di el dinero y me hizo un recibo.
Una mañana, poco después de la transacción, me despertó
un hombre que me sacudía por el hombro. No podían ser más
de las once. Me rogó que me levantara y abandonara su casa inmediatamente.
Era muy pulcro, debo decirlo. Me dijo que su extrañeza sólo encontraba
parangón con la mía. Era su casa. Su patrimonio. La turca se había
marchado la víspera. Pero si la he visto anoche, dije. Debe estar usted
en un error, dijo, porque me llevó las llaves, a mi oficina, ayer por
la mañana lo más tarde. Pero si acabo de entregarle un anticipo
de seis meses de alquiler, dije. Que se lo devuelva, dijo. Pero si ignoro su
nombre, dije, por no hablar de sus señas. ¿Ignora usted su nombre?
dijo. Debió creer que mentía. Estoy enfermo, dije, no puedo marcharme
así sin previo aviso. No es para tanto, dijo. Propuso ir a buscar un
taxi, o una ambulancia, si prefería. Dijo que necesitaba la habitación,
inmediatamente, para su cerdo, cogiendo frío en una carretilla, ante
la puerta, y vigilado únicamente por un chaval que ni siquiera conocía
y que estaría probablemente haciéndole picias. Pregunté
si no me podría ceder otro sitio, apenas un rincón donde poder
tumbarme, el tiempo de sobreponerme y de tomar mis disposiciones. Dijo que no
podía. No es que sea mala persona, añadió. Podría
vivir aquí con el cerdo, dije, me ocuparía de él. ¡Largos
meses de calma, deshechos en un instante! Calma, calma, dijo, no se abandone,
ale, hop, de pie, basta. Después de todo aquello no le importaba. Había
sido realmente paciente. Debió visitar el sótano mientras yo dormía.
Me sentía débil. Debía estarlo. La luz resplandeciente
me aturdía. Un autobús me transportó, al campo. Me senté
en un prado, al sol. Pero me parece que esto era mucho más tarde. Dispuse
hojas bajo mi sombrero en círculo, para procurarme sombra. Acabé
por encontrar un montón de estiércol. Al día siguiente
reemprendí el camino de la ciudad. Me obligaron a bajarme de tres autobuses.
Me senté al borde de la carretera, al sol, y me sequé la ropa.
Me gustaba. Me decía, Nada, nada que hacer ahora hasta que esté
seca. Cuando estuvo seca la cepillé con un cepillo, una especie de almohaza
me parece, que encontré en un establo. Los establos me han resultado
siempre acogedores. Después me llegué hasta la casa en donde mendigué
un vaso de leche y pan con mantequilla. ¿Puedo descansar en el establo?
dije. No, dijeron. Yo apestaba aún, pero con una fetidez que me agradaba.
La prefería con mucho a la mía, que se ocultaba ahora bajo la
nueva hediondez, sintiéndola sólo a vaharadas. En los días
siguientes traté de recuperar mi dinero. No sé exactamente cómo
sucedió, si es que no pude encontrar la dirección, o si la dirección
no existía, o si la griega ya no estaba allí. Busqué el
recibo en mis bolsillos, para intentar descifrar el nombre. No estaba. Ella
lo había recuperado quizá mientras yo dormía. No sé
durante cuánto tiempo circulé así, descansando unas veces
en un sitio, otras en otro, en la ciudad y en el campo. La ciudad había
sufrido cambios. El campo tampoco era ya como lo recordaba. El efecto general
era el mismo. Un día vi a mi hijo. Con una cartera bajo el brazo apresuraba
el paso. Se quitó el sombrero y se inclinó y vi que era calvo
como un huevo. Estaba casi seguro de que era él. Me volví para
seguirle con la mirada. Avanzaba a toda marcha, con sus andares de pato, ofreciendo
a derecha y a izquierda saludos con el sombrero y otras muestras de servilismo.
El insoportable hijo de puta.
Un día encontré a un hombre que conociera en época anterior.
Vivía en una caverna al borde del mar. Tenía un burro que trotaba
por el acantilado, o en los minúsculos senderos agrietados que descienden
hacia el mar. Cuando hacía muy mal tiempo el burro entraba con su amo
en la caverna y allí se abrigaba, mientras duraba la tempestad. Habían
pasado muchas noches juntos, apretados el uno contra el otro, mientras el viento
bramaba y el mar azotaba la playa. Gracias al burro podía abastecer de
arena, de algas y de conchas a los habitantes de la ciudad, para sus jardincillos.
No podía transportar mucha cantidad de una vez, porque el burro era viejo,
pequeño también, y la ciudad estaba lejos. Pero ganaba así
un poco de dinero, lo suficiente para comprar tabaco y cerillas y de vez en
cuando una libra de pan. Fue en una de sus salidas cuando me encontró,
en los suburbios. Estaba encantado de volver a verme, el pobre. Me suplicó
que le acompañara a su casa y pasara allí la noche. Quédate
todo el tiempo que quieras, dijo. ¿Qué le pasa a tu burro? dije.
No le hagas caso, dijo, es que no te conoce. Le recordé que no tenía
costumbre de quedarme con nadie más de dos o tres minutos seguidos y
que me horrorizaba el mar. Parecía abrumado. Entonces no vienes, dijo.
Pero ante mi propia extrañeza me monté en el burro y arre, a la
sombra de los castaños que brotaban con furia de la acera. Me agarré
a las vértebras de la cerviz, una mano luego otra. Los niños nos
abucheaban y nos tiraban piedras, pero apuntaban mal porque sólo me alcanzaron
una vez, en el sombrero. Un guardia nos detuvo, y nos acusó de turbar
el orden público. Mi amigo le recordó que éramos tal y
como la naturaleza había acabado por hacernos y que los niños
estaban en el mismo caso. Era inevitable, en esas condiciones, que el orden
público resultara turbado de vez en cuando. Déjenos continuar
nuestro camino, dijo, y el orden se reestablecerá automáticamente,
en su sector. Atajamos por los caminos apacibles de la altiplanicie, blancos
de polvo, con los matojos de espino y de fucsia y los linderos franjeados de
hierba silvestre y de margaritas. Cayó la noche. El burro me llevó
hasta la boca de la caverna, porque yo no hubiera podido seguir, en la oscuridad,
el sendero que bajaba hacia el mar. Después volvió a subir a sus
pastizales.
No sé cuánto tiempo me quedé allí. Se estaba bien
en la caverna, debo decirlo. Me traté mis ladillas con agua de mar y
algas, pero un buen número de larvas debieron sobrevivir. Me curé
el cráneo con compresas de alga, lo que me hizo un bien enorme, pero
pasajero. Me tumbaba en la caverna y a veces miraba hacia el horizonte. Veía
por encima una gran extensión palpitante, sin islas ni promontorios.
Por la noche una luz iluminaba la caverna, a intervalos regulares. Fue allí
donde encontré mi frasquito, en el bolsillo. No se había roto,
el cristal no era auténtico cristal. Creía que el señor
Weir me lo había quitado todo. El otro estaba fuera la mayor parte del
tiempo. Me daba pescado. Es fácil para un hombre, cuando lo es de verdad,
vivir en una caverna, lejos de todos. Me invitó a quedarme todo el tiempo
que me apeteciera. Si prefiriera estar solo me acondicionaría encantado
otra caverna, un poco más lejos. Me traería comida todos los días
y vendría de vez en cuando a asegurarse que marchaba bien y no necesitaba
nada. Era buena persona. Yo no necesitaba bondad. ¿No conocerás
por casualidad una caverna lacustre? dije. Soportaba mal el mar, sus chapoteos,
temblores, mareas y convulsividad general. El viento al menos se calma a veces.
Las manos y los pies me hormigueaban. El mar me impedía dormir, durante
horas. Aquí pronto me voy a poner enfermo, dije, y ¿qué
habré conseguido entonces? Te vas a ahogar, dijo. Sí, dije, o
me arrojaré al acantilado. Y yo que no podría vivir en otra parte,
dijo, en mi cabaña de la montaña era muy desgraciado. ¿Tu
cabaña en la montaña? dije. Repitió la historia de su cabaña
en la montaña, la había olvidado, era como si la oyera por primera
vez. Le pregunté si la conservaba todavía. Respondió que
no la había vuelto a ver desde el día en que salió huyendo,
pero que la creía aún en el mismo sitio, un poco deteriorada sin
duda. Pero cuando insistió para que cogiera la llave, me negué,
diciéndole que tenía otros proyectos. Siempre me encontrarás
aquí, dijo, si alguna vez me necesitas. Ah la gente. Me dio su cuchillo.
Lo que él llamaba su cabaña era una especie de barraca de madera.
Había arrancado la puerta, para hacer fuego, o con cualquier otro fin.
La ventana ya no tenía cristales. El techo se había hundido por
varios sitios. El interior estaba dividido, por los restos de un tabique, en
dos partes desiguales. Si había tenido muebles nada quedaba ya. Se habían
entregado a los actos más viles, en el suelo y sobre las paredes. Excrementos
poblaban el suelo, de hombre, de vaca, de perro, así como preservativos
y vomitonas. En una boñiga habían trazado un corazón, atravesado
por una flecha. No ofrecía sin embargo una perspectiva armónica.
Descubrí vestigios de ramos abandonados. Vorazmente arrancados, arrastrados
durante largas horas, acabaron por tirarlos, pesados, o ya marchitos. Esta era
la habitación de la que me habían ofrecido la llave.
En su conjunto la escena era la ya familiar de grandeza y desolación.
Era a pesar de todo un techo. Descansaba sobre un jergón de helechos
que yo mismo recogí con mil trabajos. Un día no pude levantarme.
La vaca me salvó. Aguijoneada por la niebla glacial venía a cobijarse.
No era sin duda la primera vez. No debía verme. Traté de mamarla,
sin mucho éxito. Sus tetas estaban cubiertas de excrementos. Me quité
el sombrero y me puse a ordeñarla dentro, acudiendo a mis últimas
fuerzas. La leche se derramaba por el suelo, pero me dije, No importa, es gratis.
La vaca me arrastró por la tierra, deteniéndose tan sólo
de vez en cuando para propinarme una coz. No sabía que nuestras vacas
podían también portarse mal. Debieron ordeñarla recientemente.
Agarrándome con una mano a la teta, con la otra mantenía el sombrero
en su sitio. Pero acabó por hartarse. Porque me arrastró atravesando
el umbral hasta los helechos gigantes y chorreantes, donde me vi obligado a
soltar la presa.
Bebiendo la leche me reproché lo que acababa de hacer. Ya no podría
contar con la vaca y ella pondría a las demás al corriente. Con
más control sobre mí mismo hubiera podido hacerme amigo de ella.
Hubiera venido todos los días seguida quizás de otras vacas. Hubiera
aprendido a hacer mantequilla, queso. Pero me dije, No, todo se andará.
Una vez en la carretera no tenía más que seguir la pendiente.
Carretas pronto, pero todas me rechazaron. Si hubiera tenido otras ropas, otra
cara, se me hubiera admitido quizá. Debí cambiar desde mi expulsión
del sótano. La cara en especial había debido alcanzar un aspecto
decididamente climatérico. La sonrisa humilde e ingenua ya no me aparecía,
ni la expresión de miseria cándida, penetrada de estrellas y cohetes.
Las llamaba, pero ya no venían. Máscara de viejo cuero sucio y
peludo, no quería ya decir por favor y gracias y perdón. Era una
lástima. ¿Con qué iba yo a bandearme, en el futuro? Tumbado
al borde de la carretera me dedicaba a contorsionarme cada vez que oía
venir una carreta. Para que no imaginaran que dormía, o descansaba. Trataba
de gemir, ¡Socorro! Pero el tono que brotaba era el de la conversación
corriente. Ya no podía gemir. La última vez que había necesitado
gemir lo había hecho, bien, como siempre, y eso en la ausencia de cualquier
corazón susceptible de ser partido. ¿En qué iba a convertirme?
Me dije. Volveré a aprender. Me tumbé de un lado a otro del camino,
en un sitio donde se estrechaba, de forma que las carretas no podían
pasar sin pasarme por encima, con una rueda al menos, o con dos si tenía
cuatro. Al urbanista de la barba roja, le habían quitado la vesícula
biliar, una falta grave, y tres días después moría, en
la flor de la edad. Pero llegó el día en que, mirando a mi alrededor,
me encontré en los suburbios, y de aquí a los viejos ámbitos
no había más que un paso, más allá de la estúpida
esperanza de calma o de dolor más tenue.
Me tapé pues la parte baja de la cara con un trapo y fui a pedir limosna
en un rincón soleado. Porque me parecía que mis ojos no se habían
apagado del todo, gracias quizás a las gafas negras que mi preceptor
me diera. Me había dado la Ética de Geulincz. Eran gafas de hombre,
yo era un niño. Le encontraron muerto, desplomado en el W. C., con las
ropas en un desorden terrible, fulminado por un infarto. Ah qué calma.
La Ética llevaba su nombre (Ward) en primera página, las gafas
le habían pertenecido. El puente, en aquella época, era de hilo
de latón, de la clase que se emplea para sujetar los cuadros y los grandes
espejos, y dos largas cintas negras servían de baranda. Las enroscaba
alrededor de las orejas y las abatía bajo la barbilla, donde las ataba.
Los cristales habían sufrido, a fuerza de frotarse en el bolsillo uno
contra otro y contra los demás objetos que allí se encontraran.
Yo creía que el señor Weir me lo había cogido todo. Pero
yo ya no necesitaba esas gafas y no me las ponía más que para
suavizar el resplandor del sol. No debería haber hablado de ello. El
trapo me hizo mucho daño. Acabé cortándolo del forro de
mi abrigo, no, ya no tenía abrigo, de mi chaqueta entonces. Era un trapo
más bien gris, o incluso escocés, pero me daba por satisfecho.
Hasta la tarde mantenía la cara levantada hacia el cielo del mediodía,
después hacia el de poniente hasta la noche. El platillo de madera me
hizo mucho daño. No podía utilizar el sombrero, por mi cráneo.
En cuanto a tender la mano, ni pensarlo. Me procuré pues una lata de
hierro blanco y la sujeté a un botón de mi abrigo, pero qué
me pasa, de mi chaqueta, al nivel del pubis. No se mantenía derecha,
se inclinaba respetuosamente hacia el transeúnte, no había más
que dejar caer la moneda. Pero esto le obligaba a aproximarse mucho, se arriesgaba
a tocarme. Acabé procurándome una lata más grande, una
especie de gran lata, y la coloqué sobre la acera, a mis pies. Pero las
gentes que dan una limosna no les agrada tirarla, ese gesto tiene algo de desprecio
que repugna a los sensibles. Sin contar con que deben apuntar. Quieren dar,
pero no les gusta que la moneda se escape dando vueltas bajo los pies de los
transeúntes, o bajo las ruedas de los vehículos, donde cualquiera
puede cogerla. En resumen: no dan. Los hay evidentemente que se agachan, pero
en general a la gente que da una limosna no le agrada que ello le obligue a
agacharse. Lo que realmente prefieren es ver al mendigo de lejos, preparar el
penique, soltarlo en plena marcha y oír el Dios se lo pague debilitado
por el alejamiento. Yo no decía eso, yo no he sido nunca muy creyente,
ni nada que se le parezca, pero lanzaba de todos modos un ruido, con la boca.
Acabé procurándome una especie de tablilla que me sujetaba con
cordel al cuello y a la cintura. Sobresalía precisamente a la altura
justa, la del bolsillo, y su borde estaba lo suficientemente apartado de mi
persona para poder depositar el óbolo sin peligro. Podía verse
a veces en ella flores, pétalos, espigas, y briznas de esa hierba que
se aplica a las hemorroides, en fin lo que encontraba. No las buscaba, pero
todas las cosas bonitas de este tipo que me caían a la mano, las guardaba
para la tablilla. Se podía creer que yo amaba la naturaleza. Miraba al
cielo, la mayor parte del tiempo, pero sin fijarlo. Era una mezcla normalmente
de blanco, azul y gris, y por la tarde venían a añadirse otros
colores. Lo sentía pesando con suavidad sobre mi cara, frotaba la cara
balanceándola de un lado a otro. Pero a menudo dejaba caer la cabeza
sobre el pecho. Entonces entreveía la tablilla a lo lejos, borrosa y
abigarrada. Me apoyaba en la pared, pero sin el menor relajo, equilibraba mi
peso de un pie al otro y me agarraba con las manos las solapas de la chaqueta.
Mendigar con las manos en los bolsillos, da mal efecto, indispone a los trabajadores,
sobre todo en invierno. No hay nunca tampoco que llevar guantes. Había
chicos que, simulando darme una perra, arramplaban con todo lo que había
ganado. Para comprarse caramelos. Me desabrochaba, discretamente, para rascarme.
Me rascaba de abajo arriba, con cuatro uñas: Me hurgaba en los pelos,
para calmarme. Ayudaba a pasar el tiempo, el tiempo pasaba cuando me rascaba.
El verdadero rascado es superior al meneo, en mi opinión, y puede durar
mucho, hasta los cincuenta, e incluso mucho después, pero acaba por convertirse
en una simple costumbre. Para rascarme no tenía bastante con las dos
manos. Tenía en todas partes, en mis partes, en los pelos hasta el ombligo,
bajo los brazos, en el culo, placas de eczema y de psoriasis que podía
poner al rojo con sólo pensar en ellas. Era en el culo donde más
satisfacción obtenía. Introducía el índice, hasta
el metacarpo. Si después debía defecar, me hacía un daño
de perros. Pero apenas defecaba ya. De vez en cuando pasaba un avión,
poco rápidamente me parecía. Me sucedía a menudo, al acabar
la jornada, encontrar los bajos del pantalón mojados. Debían ser
los perros. Yo ya apenas meaba. Si por azar me entraban ganas, las calmaba introduciendo
un trapito en la bragueta. Una vez en mi puesto, no lo abandonaba hasta la noche.
Yo ya apenas comía, Dios cuidaba de mi sustento. Después del trabajo
compraba una botella de leche que bebía por la noche en la cochera. En
realidad le encargaba a un chico que la comprara, siempre el mismo, a mí
no querían servirme, no sé por qué. Le daba un penique
por el servicio. Un día asistí a una escena extraña. Normalmente
no veía gran cosa. No oía gran cosa tampoco. No me fijaba. En
el fondo no estaba allí. En el fondo creo que no he estado nunca en ninguna
parte. Pero ese día debí volver. Desde hacía ya algún
tiempo me incordiaba un ruido. No buscaba la causa, porque me decía,
Va a cesar. Pero como no cesaba no tuve más remedio que buscar la causa.
Era un hombre subido al techo de un automóbil, arengando a los transeúntes.
Al menos fue así como entendí la cosa. Berreaba tan fuerte que
retazos de su discurso llegaban hasta mí. Unión... hermanos...
Marx... capital... bifteck... amor. No entendía nada. El coche se había
detenido junto a la acera, ante mí, yo veía al orador de espaldas.
De repente se volvió y me cuestionó. Mirad ese pingajo, ese desecho.
Si no se pone a cuatro patas es porque teme el vergajo. Viejo, piojoso, podrido,
al cubo de la basura. Y hay miles como él, peores que él, diez
mil, veinte mil-. Una voz, Treinta mil. El orador continuó, Todos los
días pasan delante de vosotros y cuando habéis ganado a las carreras
soltáis una perra gorda. ¿Os dais cuenta? La voz, No. Claro que
no, continuó el orador, eso forma parte del decorado. Un penique, dos
peniques-. La voz, Tres peniques. No se os ocurre nunca pensar, continuó
el orador, que tenéis enfrente la esclavitud, el embrutecimiento, el
asesinato organizado, que consagráis con vuestros dividendos criminales.
Mirad este torturado, este pellejo. Me diréis que es culpa suya. Preguntadle
a ver si es culpa suya. La voz, Pregúntaselo tú. Entonces se inclinó
hacia mí y me apostrofó. Yo había perfeccionado mi tablilla.
Consistía ahora en dos trozos unidos por bisagras, lo que me permitía,
una vez acabado el trabajo, plegarla y llevarla bajo el brazo, me gustaba hacer
chapucillas. Me quité el trapo, me metía en el bolsillo las escasas
monedas que había ganado, desaté los cordones de mi tablilla,
la plegué y me la puse bajo el brazo. ¡Pero habla, pedazo de inmolado!
vociferó el orador. Después me fui, aunque fuera aún de
día. Pero en general el rincón era tranquilo, animado sin ser
bullicioso, próspero y conveniente. Aquél debía ser un
fanático religioso, no encontraba otra explicación. Se había
quizá escapado de la jaula. Tenía una cara simpática, un
poco coloradota.
No trabajaba todos los días. Apenas tenía gastos. Conseguía
incluso ahorrar un poco, para los ultimísimos días. Los días
en que no trabajaba me quedaba tumbado en la cochera. Situada al borde del río,
en una propiedad particular, o que lo había sido. Esta propiedad, cuya
entrada principal daba sobre una calle sombría, estrecha y silenciosa,
estaba rodeada por un muro, menos naturalmente por el lado del río, que
marcaba su límite septentrional, sobre una longitud de treinta pasos
más o menos. De frente, sobre la otra orilla, se extendían aún
los muelles, después un apelmazamiento de casas bajas, terrenos baldíos,
empalizadas, chimeneas, flechas y torres. Se veía también una
especie de campo de maniobras donde soldados jugaban al fútbol, todo
el año. Sólo las ventanas -no. La propiedad parecía abandonada.
La verja estaba cerrada. La hierba invadía los senderos. Sólo
las ventanas del piso bajo tenían persianas. Las demás se iluminaban
a veces por la noche, débilmente, unas veces una, otras la otra, tenía
esa impresión. Podía ser cualquier reflejo. El día en que
adopté la cochera encontré un bote, la quilla al aire. Le di la
vuelta, lo rellené con piedras y pedazos de madera, quité los
bancos y me hice la cama. Las ratas se las veían negras para llegar hasta
mí, por la inclinación de la quilla. Muchas ganas tenían
sin embargo. Fíjate, carne viviente, porque yo era a pesar de todo carne
viviente, hacía demasiado tiempo que vivía entre las ratas, en
mis alojamientos improvisados, para que tuviera una vulgar fobia. Tenía
incluso una especie de simpatía por ellas. Venían con tanta confianza
hacia mí, se diría que sin la menor repugnancia. Se hacían
la tualet, con gestos de gato. Los sapos, sí, por la tarde, inmóviles
durante horas, engullen moscas. Se colocan en sitios en donde lo cubierto pasa
al descubierto, les gustan los umbrales. Pero se trataba de ratas de aguas,
de una delgadez y de una ferocidad excepcionales. Construí pues, con
tablas sueltas, una tapadera. Es formidable la de tablas que he podido encontrar
en mi vida, cada vez que tenía necesidad de una tabla allí estaba,
no había más que agacharse. Me gustaba hacer chapuzas, no, no
mucho, así así. Recubrí el bote completamente, hablo ahora
otra vez de la tapadera. Lo empujé un poco hacia atrás, entraba
en el bote por delante, gateaba hasta la parte de atrás, levantaba los
pies y empujaba la tapa hacia delante hasta que me cubría del todo. El
empuje se ejercía sobre un travesaño en saliente fijado tras la
tapa a este efecto, me gustaban las chapucillas. Pero era preferible entrar
en el bote por detrás, sacar la tapa sirviéndome de las dos manos
hasta que me cubriera del todo y empujarlo en el mismo sentido cuando quisiera
salir. Como apoyo para mis manos coloqué dos grandes clavos, allí
donde hacía falta. Estos pequeños trabajos de carpintería,
si es posible llamarlos así, ejecutados con instrumentos y materiales
improvisados, no me disgustaban. Sabía que acabaría pronto, y
representaba la comedia, verdad, la de-cómo llamarla, no lo sé.
Me encontraba bien en el bote, debo decirlo. Mi tapadera se ajustaba tan bien
que tuve que hacerle un agujero. No hay que cerrar los ojos, dejarlos abiertos
en la oscuridad, esa es mi opinión. No hablo del sueño, hablo
de lo que se llama me parece estado de vigilia. Por otra parte yo dormía
muy poco en aquella época, no tenía ganas, o tenía muchísimas
ganas, no lo sé, o tenía miedo, no lo sé. Tumbado de espaldas
no veía nada, apenas vagamente, justo por encima de mi cabeza, a través
de los minúsculos agujeritos, la claridad gris de la cochera. No ver
nada en absoluto, no, es demasiado. Oía solamente los gritos de las gaviotas
que revoloteaban muy cerca, alrededor de la boca de los sumideros. En un hervor
amarillento, si tengo buena memoria, las inmundicias se vertían al río,
los pájaros revoloteaban por encima, chillando de hambre y de cólera.
Oía el chapoteo del agua contra el embarcadero, contra la orilla, y el
otro ruido, tan diferente, de la ondulación libre, lo oía también.
Yo, cuando me desplazaba, era menos barco que onda, por lo que me parecía,
y mis parones eran los de los remolinos. Esto puede parecer imposible. La lluvia
también, la oía a menudo. A veces una gota, atravesando el techo
de la cochera, venía a explotar sobre mí. Todo abocaba a un ambiente
más bien líquido. El viento añadía su voz, no hay
que decirlo, o quizá más bien las tan variadas de sus juguetes.
¿Pero qué es todo esto? Zumbidos, alaridos, gemidos y suspiros.
Yo hubiera preferido otra cosa, martillazos, pan, pan, pan, asestados en el
desierto. Me tiraba pedos, es cosa sabida, pero difícilmente seco, salían
con un ruido de bomba, se fundían en el gran jamás. No sé
cuánto tiempo me quedé allí. Estaba bien en mi caja, debo
decirlo. Me parecía haber adquirido independencia en los últimos
años. Que nadie viniera ya, que nadie pudiera ya venir, a preguntarme
si marchaba bien y si no necesitaba nada, apenas ya me dolía. Me encontraba
bien, claro que sí, perfectamente, y el miedo de encontrarme peor se
dejaba apenas sentir. En cuanto a mis necesidades, se habían en alguna
medida reducido a mis dimensiones y, bajo el punto de vista cualitativo, tan
super-refinadas que toda ayuda resultaba excluida, desde ese ángulo.
Saberme existir, por muy débil y falsamente que fuera, por fuera de mí,
tenía en otra época la virtud de conmoverme. Se convierte uno
en un salvaje, forzosamente. A veces se pregunta uno si estamos en el buen planeta.
Incluso las palabras te dejan, con eso está dicho todo. Es el momento
quizá en que los vasos dejan de comunicar, ya sabes, los vasos. Se está
aquí siempre entre los dos rumores, sin duda es siempre el mismo pedazo,
pero cáspita nadie lo diría. Me ocurría a menudo querer
correr la tapadera y salir del bote, sin conseguirlo, tan perezoso y débil
estaba, y muy en el fondo donde me encontraba. Lo sentía todo cerca,
las calles glaciales y tumultuosas, las caras aterradoras, los ruidos que cortan,
penetran, desgarran, contusionan. Esperaba entonces que las ganas de cagar,
o de mear al menos, me dieran fuerzas. ¡No quería ensuciar mi nido!
Lo que me sucedía sin embargo, e incluso cada vez más a menudo.
Me bajaba los pantalones arqueándome, me volvía un poco de lado,
lo justo para despejar el agujero. Labrarse un reino, en medio de la mierda
universal, para después cagarse encima, era muy mío. Eran yo,
mis inmundicias, es cosa sabida, pero aún así. Basta, basta, las
imágenes, aquí estoy abocado a ver imágenes, yo que nunca
las vi, salvo a veces cuando dormía. Creo que no las había visto
nunca, en puridad. De pequeñín quizá. Mi mito lo quiere
así. Sabía que eran imágenes, puesto que era de noche y
estaba solo en mi bote. ¿Qué podía ser aquello si no? Estaba
pues en mi bote y me deslizaba sobre las aguas. No tenía que remar, el
reflujo me llevaba. Además no veía remos, habían debido
llevárselos. Yo tenía una tabla, un trozo de banco quizá,
que utilizaba cuando me acercaba demasiado a la orilla o cuando veía
acercarse un montón de detritus o una chalupa. Había estrellas
en el cielo, grato. No veía el tiempo que hacía, no tenía
frío ni calor y todo parecía tranquilo. Las orillas se alejaban
cada vez más, lógico, ya no las veía. Raras y débiles
luces marcaban la separación creciente. Los hombres dormían, los
cuerpos recuperaban fuerzas para los trabajos y alegrías del día
siguiente. El bote no se deslizaba ya, saltitos, zarandeado por las olitas del
alta mar incipiente. Todo parecía tranquilo y sin embargo la espuma se
colaba por la borda. El aire libre me rodeaba ahora por todas partes, no tenía
más que el abrigo de la tierra, y poca cosa es, el abrigo de la tierra,
en esas condiciones. Veía los faros, hasta un total de cuatro, pertenecientes
a un barco-faro. Los conocía bien, de pequeñín ya los conocía.
Por la tarde, estaba con mi padre sobre un promontorio, me cogía de la
mano. Hubiera deseado que me atrajese hacia sí, en un gesto de amor protector,
pero en eso estaba pensando. Me enseñaba igualmente los nombres de las
montañas. Pero para acabar con las imágenes, veía también
las luces de las boyas, parecían llenarlo todo, rojas y verdes, incluso
ante mi extrañeza amarillas. Y en el flanco de la montaña, que
ahora desgajada se alzaba tras la ciudad, los incendios pasaban del oro al rojo,
del rojo al oro. Yo sabía muy bien lo que era, era la retama que ardía.
Yo mismo cuántas veces habría encendido el fuego, con una cerilla,
siendo pequeño. Y mucho más tarde, de vuelta a casa, antes de
acostarme, miraba desde mi alta ventana el incendio que había prendido.
En esta noche pues, plagada de débiles parpadeos, en el mar, en tierra
y en el cielo, bogaba a merced de la marea y las corrientes. Noté que
mi sombrero estaba atado, por un cordoncillo sin duda, a mi botonadura. Me levanté
del banco, en la parte de atrás del bote, y un enérgico campanilleo
se hizo oír. Era la cadena que, fijada a la parte de alante, acababa
de enrollarse alrededor de mis caderas. Debí desde el principio practicar
un agujero en las tablas del fondo, porque aquí me tenéis de rodillas
intentando soltarlo, con la ayuda del cuchillo. El agujero era pequeño
y el agua subiría lentamente. Todavía una media hora, en total,
salvo imprevistos. Sentado de nuevo en la popa, con las piernas estiradas y
la espalda bien apoyada contra el saco relleno de hierba que me servía
de cojín, me tragué el calmante. El mar, el cielo, la montaña,
las islas, vinieron a aplastarme en un sístole inmenso, después
se apartaron hasta los límites del espacio. Pensé débilmente
y sin tristeza en el relato que había intentado articular, relato a imagen
de mi vida, quiero decir sin el valor de acabar ni la fuerza de continuar.