CUENTO DE NAVIDAD

(A. M. Teón)


Hoy es Nochebuena, Ablaninos está en casa, vive sólo, si no contamos los dos perros: uno rubio y el otro blanco y negro, los dos peludos y de talla mediana. A veces habla con ellos, especialmente cuando está borracho.
- Y viene a traerme la cena... No puedo ir a cenar hoy con ellos... ¡No, tampoco quiero ir yo! ¡Ni puta falta!
Se pone la chaqueta para el frío y abre la puerta de la calle para salir.
- ¡Fuera!
Y los dos perros salen rápidos, uno detrás de otro. Apaga la luz y cierra la puerta. Posa la llave en un escondite, para no perderla, se abriga y se encamina hacia el bar.
- ¡Vosotros aquí quietos, no os quiero conmigo!
Los dos perros, sentados en el portal, debajo del corredor, lo miran atentamente con las orejas erguidas: no parecen muy convencidos. Esperan a que él se aleje tosiendo y salen detrás, a cierta distancia pero acercándose cada vez más, hasta que se da la vuelta y los ve. Coge una piedra del camino y les tira con ella.
- ¡Venga pa casa! ¿Qué os acabo de decir?
Los perros dan la vuelta y simulan caminar hacia la casa, se detienen, y al ver a Ablaninos que sigue su camino, se dan la vuelta tras él. Esta vez mantienen la distancia. Cuando Ablaninos está llegando al bar se vuelve para mirar y los amenaza de nuevo. Pero ya está al lado y aunque le apetece salir detrás de ellos, prefiere entrar a beber vino. Abre la puerta, de dos hojas, con cristales de la mitad hacia arriba, entra y se cierra sola. Los perros llegan hasta la rendija y, después de olisquear, se acuestan debajo de un banco de madera que hay pegado a la pared.
En el bar no hay nadie, pero por la puerta que hay detrás de la barra se escucha trasegar en la cocina.
- ¡Buenas noches! ¿No hay nadie?
Encorvado, intenta sacar dinero del bolso pequeño de los pantalones vaqueros y una mujer asoma por la puerta de la cocina.
- Pero bueno, qué haces tú aquí, no sabes que es Nochebuena.
- ¿Y qué más da Nochebuena que Nochemala? Ponme una botella de vino.
- ¿Una botella de vino? Voy a cerrar enseguida, estoy preparando la cena y está al llegar Ramón. ¿No tendrás bastante con un vaso?
- Dame una botella que la tomo enseguida.
De mala gana le abre una botella de vino y se la pone delante con un vaso.
-Toma hombre. ¿Pero no vas a cenar a casa de tu hermana?
Descorcha la botella y se sirve un vaso, al tiempo que dice:
- ¡No quiero ir! Vino a traerme la cena y a decirme que no podía ir este año.
Se bebe el vaso de un trago y se sienta en una mesa.
- Vaya por Dios hombre…
- ¡No, es que no quiero ir yo!
- Bueno, bueno, haz lo que quieras. No te digo nada. Voy a seguir en la cocina.
Ablaninos se sirve otro vaso y se queda mirando para él. Habla sólo, pero no se le entiende nada, qué importa si no hay nadie que lo escuche. En el bar no hace frío, se conoce que hoy estuvieron cocinando y atizando todo el día la cocina, y además huele muy bien. Sigue bebiendo y ya tiene la botella vacía cuando llega Ramón.
- Pero bueno, ¿qué haces tú aquí, no vas a cenar con tu hermana?
- ¡Que no! ¿Otra vez?
- Vale, hombre, vale, vaya cómo estamos.
- Dame otra botella de vino
La mujer del bar, que ya se había asomado desde la cocina al oír abrir la puerta, dice:
- No hay más vino, vamos a cerrar.
- Dásela para que se la lleve para casa -dice Ramón- parece que hoy está sólo.
- Sí, dice que vino la hermana a traerle la cena -suelta la mujer.
- Bueno, ¿me das esa botella de vino o no?
- Si hombre si, toma, pero te la llevas para casa.
- Vale, cóbrame.
Ablaninos saca dinero otra vez y paga la botella de vino. Mete la botella dentro de la chaqueta, debajo del brazo, por si se cae que no se le rompa, abrocha un botón y sale tropezando con la puerta. Los perros enseguida se levantan al oír abrir la puerta, y al ver que es él salen tranquilamente en dirección a la casa, él apenas si los ve y emprende el paso tambaleante hacia casa. La noche es fría y estrellada, apenas un poco de niebla por encima del río. Cuando llega ya están los perros a la puerta y en cuanto abre se cuelan dentro.
- ¿A dónde vais vosotros? Venga fuera.
Los perros casi siempre duermen en la calle. Pero se quedan mirando para él con las orejas gachas y moviendo el rabo.
- Bueno, esperar, voy a daros algo de cenar, que hoy no comisteis nada.
Entra y, sin quitarse la chaqueta, posa la botella de vino en la mesa y echa un poco de leña en la cocina, que ya estaba casi apagada. Enciende la tele, con dificultad abre la botella, y se sirve un vaso de vino. Coloca la tartera con cordero y patatas que le trajo su hermana encima de la cocina para que vaya calentando. Y habla con los perros… Cuando cree que ya está caliente, coge un plato, se sirve un par de trozos y cuatro patatas con un tenedor, posa el plato encima de la mesa y pone la tartera en el suelo, en una esquina, donde suelen comer los perros, para que cenen. Él se sienta, bebe y come, sin pan ya que no había comprado, mientras mira la tele como ensimismado.