"Pan" Apolek
(Isaak Bábel, 1894 Odessa - 1940 fusilado)


La espléndida y sabia vida de pan Apolek se me ha subido de golpe a la cabeza como el vino viejo. En Novograd-Volynsk, ciudad aplastada a toda prisa, entre las ruinas retorcidas, el destino arrojó a mis pies un Evangelio que se había ocultado al mundo. Fue entonces cuando, rodeado del inocente resplandor de los nimbos, me hice la promesa de seguir el ejemplo de pan Apolek. Y todo, el dulce sabor de la ira soñadora, el amargo desprecio hacia los perros y los cerdos de la humanidad, así como el fuego de la muda y embriagadora venganza, todo lo sacrifiqué por aquella nueva fe.

En la vivienda del fugado cura de Novograd colgaba en lo alto un icono. Tenía una inscripción: "La muerte del Bautista". Y yo, sin dudarlo, reconocí en aquel San Juan la efigie de un hombre que había visto en alguna ocasión.
Lo recuerdo: entre las paredes claras y rectas se alzaba el detenido silencio de una mañana de verano. El sol depositaba a los pies del cuadro el trazo rectilíneo de un rayo. En él se agitaba una nube de polvo encendido. Desde la profundidad azul del nicho, la figura alargada de San Juan descendía directa sobre mí. Una capa negra colgaba majestuosa sobre aquel cuerpo implacable y repulsivamente delgado. Unas gotas de sangre brillaban en las hebillas redondas de la capa. Separada de un cuello desollado, la cabeza de San Juan aparecía cortada en un tajo torcido. Yacía sobre un plato de arcilla, que sujetaban firmemente los dedos grandes y amarillos de un guerrero. El rostro del difunto me pareció conocido. Y el presagio de un misterio se adueñó de mí. Sobre el plato de arcilla yacía una cabeza muerta copiada de pan Romuald, el acólito del cura fugitivo. De la boca entreabierta en un rictus colgaba el tronco diminuto de una serpiente, la piel de escamas brillaba irisada. Su cabecita, de un rosa delicado, llena de vida, resaltaba poderosamente sobre el fondo profundo de la capa.
Me admiró el arte del pintor, el arte siniestro de su inventiva. Más asombrosa se me antojó al día siguiente la Virgen de mejillas encarnadas que colgaba sobre la cama de matrimonio de pani Eliza, el ama del viejo cura. Ambos lienzos llevaban el sello del mismo pincel. El carnoso rostro de la Virgen era el retrato de pani Eliza.
Y fue entonces cuando vislumbré la solución al enigma de los iconos de Novograd. La solución conducía a la cocina de pani Eliza, donde durante las olorosas tardes se reunían las sombras de la vieja Polonia de los siervos, con el pintor iluminado a la cabeza. Pero ¿era un loco iluminado pan Apolek, el pintor que había poblado de ángeles los pueblos circundantes y que había elevado a la condición de santo al cojo y converso Janek?
El hombre, en compañía del ciego Gottfried, llegó al lugar un día cualquiera del verano hacía treinta años. Los compañeros -Apolek y Gottfried- se acercaron a la posada de Shmerel, que se encuentra en la carretera de Rovno, a dos verstas (kilómetros) del límite de la ciudad. Pan Apolek llevaba en la mano derecha una caja de pinturas; con la izquierda guiaba al ciego acordeonista. El paso cantarín de sus botas alemanas, herradas con clavos, sonaba sereno y lleno de esperanzas. Del fino cuello de Apolek colgaba una bufanda color de canario; tres plumas de chocolate se balanceaban sobre el gorro tirolés del ciego.
Llegados a la posada, los forasteros depositaron en el antepecho de una ventana los colores y el acordeón. El pintor se desanudó la bufanda, interminable como la cinta de un mago de feria. Luego entró en el patio, se desnudó hasta quedar en cueros y roció con agua fría su rosado, enclenque y estrecho cuerpo. La esposa de Shmerel sirvió a los huéspedes vodka de pasas y una escudilla de aromáticas croquetas. Calmado el hambre, Gottfried colocó el acordeón sobre sus afiladas rodillas. Suspiró, echó la cabeza hacia atrás y removió sus huesudos dedos. Los ecos de las canciones de Heidelberg resonaron en las chamuscadas paredes del figón judío. Apolek acompañaba al ciego con voz temblorosa. Todo aquello producía la impresión de como si a la fonda de Shmerel hubieran traído el órgano de la iglesia de Santa Indeguilda, y se diría que junto al instrumento se hubieran sentado las musas, envueltas en vistosas bufandas de paño y en botas herradas alemanas.
Los huéspedes cantaron hasta que el sol se puso, luego guardaron en sus sacos las pinturas y el acordeón, y pan Apolek, tras una profunda reverencia, entregó un papel a Brajna, la esposa del posadero.
- Honorable pani Brajna -dijo-, acepte de este pintor errante, bautizado con el cristiano nombre de Apolinary, este retrato de usted, en señal de nuestro más humilde reconocimiento y a modo de obsequio ante su impagable hospitalidad. Si Nuestro Señor Jesucristo prolonga mis días y fortalece mi arte, entonces regresaré para copiar este retrato en colores. A sus cabellos le irían bien las perlas, y habremos de adornar su busto con un collar de esmeraldas...
En una pequeña hoja, con lápiz rojo y blando como la arcilla, se veía dibujada la cara sonriente de pani Brajna, orlada de rizos bronceados.
- ¡Mi dinero! -lanzó Shmerel al ver el retrato de la esposa. Agarró un palo y salió corriendo tras los huéspedes. Pero en el camino Shmerel recordó el cuerpo rosado de Apolek empapado de agua, el sol en su patio y el dulce son del acordeón. El mesonero se sintió turbado y, tras dejar de blandir el palo, marchó de regreso a casa.
A la mañana siguiente Apolek presentó su diploma de la Academia de Múnich al sacerdote de Novograd y extendió ante el cura doce cuadros inspirados en las Sagradas Escrituras. Los cuadros estaban pintados al óleo sobre finas planchas de madera de ciprés. El páter contempló sobre su mesa la púrpura encendida de los mantos, el fulgor de los campos de esmeralda y los multicolores velos que cubrían las llanuras de Palestina.
Los santos de pan Apolek, toda aquella colección de alborozados y simplones ancianos, carirrojos y barbicanos, se abrían paso entre chorros de sedas y poderosos atardeceres.
Aquel mismo día pan Apolek recibió el encargo de pintar la nueva iglesia. Y mientras tomaban un licor benedictino, el páter le dijo al pintor: <<¡Santa María! -exclamó-. Mi buen pan Apolinary, ¿de qué maravillosas regiones nos ha llegado su tan gozosa gracia?>>.
Apolek trabajó con denuedo, y al cabo de un mes el balar de los rebaños, el oro polvoriento de los ocasos y los ocres pezones de las vacas inundaban el nuevo templo. Bueyes de piel raída se arrastraban bajo las yuntas, perros de hocicos rosados corrían delante del rebaño, y en las cunas, colgadas justo debajo de los rectos troncos de las palmeras, se mecían unos niños rollizos. Las harapientas túnicas marrones de unos franciscanos rodeaban la cuna. El tropel de los Reyes Magos aparecía segado de refulgentes calvas y arrugas, sangrientas como heridas. Entre los Reyes Magos asomaba, con una sonrisa de zorro, la carita de vieja de León XIII, y el propio cura de Novograd, que pasaba con una mano unas cuentas chinas talladas, mientras con la otra, la libre, bendecía a Jesús recién nacido.
Cinco meses se pasó pan Apolek, prisionero en su asiento de madera, arrastrándose a lo largo de las paredes, la cúpula y el coro.
<<Tiene usted apego a las caras conocidas, mi buen pan Apolek>>, comentó cierta vez el cura al reconocerse en uno de los Reyes Magos y descubrir a pan Romuald en la cabeza cortada del Bautista. Dicho esto, el viejo páter sonrió y mandó que sirvieran una copa de coñac al pintor que trabajaba bajo la cúpula.
Más tarde Apolek concluyó la Santa Cena y la lapidación de María de Magdala. Y un domingo descubrió los frescos de las paredes. Los notables del lugar, invitados por el cura, reconocieron en el apóstol Pablo a Janek, el cojo converso, y en María Magdalena a la joven judía Elka, hija de padres desconocidos y madre de muchos hijos de la calle. Los notables dieron orden de cubrir las imágenes sacrílegas. Y el cura descargó sus amenazas sobre el blasfemo. Pero Apolek no cubrió los murales.
Y así empezó una guerra nunca vista entre el poderoso cuerpo de la Iglesia católica, por un lado, y el temerario pintamonas, por el otro. Aquella guerra tan despiadada como la pasión de un jesuita duró tres décadas. El caso por poco convierte al dulce vagabundo en el fundador de una nueva herejía. Y de haber sido así, pan Apolek habría sido el luchador más retorcido y cómico de todos cuantos ha conocido la sinuosa y violenta historia de la Iglesia romana. Un luchador que recorría la Tierra en estado de beatífica ebriedad, con dos ratones blancos entre sus ropas y una colección de finísimos pinceles en el bolsillo.
<<Quince zloty por una Virgen, veinticinco por una Sagrada Familia y cincuenta por una Santa Cena con la efigie de todos los familiares del cliente. Un enemigo del cliente puede aparecer en la figura de Judas Iscariote, en este caso habría que añadir otros diez zloty>>, así se anunciaba Apolek a los campesinos de los alrededores después de que lo hubieran expulsado del templo en costrucción.
Los encargos no faltaban. Y cuando, pasado un año, reclamada por las frenéticas llamadas del cura de Novograd, llegó una comisión del obispado de Zhitómir, ésta se encontró con aquellos monstruosos retratos de familia hasta en las chozas más miserables y hediondas, imágenes sacrílegas, ingenuas, pintorescas como un florido jardín tropical. San Josés con cabezas de pelo untuoso partido en dos a raya, Jesuses maquillados, Marías aldeanas cansadas de parir, con las rodillas abiertas de par en par. Estos iconos colgaban en los rincones de más realce de la casa, rodeados de coronas de flores de papel.
-¡Os ha hecho santos en vida! -exclamó el vicario de Dubno y Novo-Konstantínov en respuesta a la muchedumbre que salía en defensa de Apolek-. ¡Os ha rodeado de los inefables atributos de la santidad, a vosotros, que habéis caído tres veces en el pecado de la desobediencia, a vosotros, destiladores clandestinos, usureros despiadados, falsificadores de pesas y traficantes de la virginidad de vuestras propias hijas!
-Vuestra Santidad -le dijo entonces al vicario el paticojo Witold, comprador de objetos robados y guarda del cementerio-, ¿dónde ve la verdad nuestro misericordioso pan Dios y quién se la dirá al pueblo ignorante? ¿Acaso no hay más verdad en los cuadros de pan Apolek, que ha sabido satisfacer nuestra vanidad, que en sus palabras de usted, llenas de injurias y de ira señorial?
Las voces de la multitud pusieron en fuga al vicario. El bullir de las mentes de la comarca amenazaba la integridad de los servidores de la iglesia. El pintor encargado de sustituir a Apolek no se atrevía a cubrir a Elka y al cojo Janek. Aún ahora se les puede ver en el ala lateral de la iglesia de Novograd: a Janek -el apóstol Pablo-, un tímido cojo de negra barba a mechones, el apestado del pueblo, y a ella, la pecadora de Magdala, una mujercilla escuálida y con cara de loca, de cuerpo bailarín y mejillas hundidad.
La lucha con el cura duraba tres decenios. Luego la inundación cosaca expulsó al viejo monje de su oloroso y sólido hogar, y -¡oh caprichos de la fortuna!- Apolek se instaló en la cocina de pani Eliza. Y heme aquí a mí, huésped de paso, bebiendo por las noches el vino de su charla.
¿Charlas sobre qué? sobre los tiempos románticos de los señores polacos, sobre la furia del fanatismo en las mujeres, sobre el pintor Lucca della Robbia y sobre la familia del carpintero de Belén.
-Me atrevo a decirle a pan escritor... -me informa misterioso Apolek antes de la cena.
-Sí -le respondo-, sí, le escucho, Apolek...
Pero el sacristán de la iglesia, pan Robacki, severo y gris, huesudo y todo orejas, se sienta demasiado cerca de nosotros y extiende a nuestro alrededor las desleídas telas del silencio y el desprecio.
-Oso decirle al señor -susurra Apolek, y me aparta a un lado- que Jesús, el hijo de María, estuvo casado con Débora, una doncella de estirpe plebeya de Jerusalén...
-¡Oh, qué hombre!! -grita lleno de desesperación pan Robacki-. Este hombre no morirá en su cama... A este hombre lo matarán los hombres...
-Después de la cena -cruje con voz hundida Apolek-, después, si al pan escritor le parece bien...
A mí me parece bien. Aguijoneado por el comienzo de la historia de Apolek, recorro la cocina en espera de la hora anhelada. Tras la ventana se alza la noche, como una columna negra. Se ha petrificado el vivo y oscuro jardín. A modo de torrente lechoso y brillante fluye bajo la luna el camino hacia la iglesia. La tierra se tiñe de fulgor sombrío, collares de frutos luminosos cuelgan en los arbustos. El olor de las azucenas es puro e intenso como el alcohol. Este veneno fresco se clava en el grasiento y fragoroso respirar de los fogones y mata el tufo a abeto desparramado por la cocina.
Apolek, con lazo rosa y unos gastados pantalones rosados, se afana en su rincón como un animal bondadoso y grácil. Su mesa está embadurnada de cola y pinturas. El viejo trabaja con movimientos breves y repetitivos, un repicar callado y melódico llega desde su rincón.
El viejo Gottfried marca el ritmo con sus temblorosos dedos. El ciego se sienta inmóvil envuelto en el brillo amarillo y oleoso de la bombilla. Inclina su frente lisa, atento a la inacabable música de su ceguera y al balbuceo de Apolek, su eterno amigo.
-...Y lo que le digan al pan los popes y el evangelista Marcos, como el evangelista Mateo, no es verdad... Aunque esta verdad yo se la puedo descubrir al pan escritor, a cuya merced le puedo hacer por cincuenta marcos un retrato con el aspecto del beato Francisco sobre un fondo de verde floresta y cielo... Aquel pan Francisco fue un santo en extremo sencillo. Y si el pan escritor tiene en su Rusia una novia... A las mujeres les gusta el beato Francisco, aunque no a todas las mujeres, pan...
Así comenzó, en el rincón que olía a pinaza, la historia sobre la boda de Jesús con Débora. La muchacha, en palabras de Apolek, tenía un novio. Un joven israelita que comerciaba con colmillos de marfil. Pero para Débora la noche de bodas terminó entre lágrimas y desconcierto. Cuando vio al marido que se acercaba al lecho, a la mujer le invadió el miedo. El hipo le hinchó la garganta. Vomitó todo lo que había comido durante el banquete de bodas. La vergüenza cayó sobre Débora, sobre su padre, sobre su madre y sobre toda su estirpe. Tras burlarse de ella, el novio la abandonó y llamó a todos los invitados. Entonces Jesús, al ver el indecible sufrimiento de la mujer, que ansiaba al hombre y lo temía, se cubrió con la ropa de recién casado y, lleno de piedad, se unió a Débora, que yacía entre el vómito. Luego la mujer salió al encuentro de los invitados y les mostró a grandes voces su triunfo, cual mujer que hace gala de su caída. Sólo Jesús se mantenía apartado. Un sudor mortal asomó a su cuerpo y la abeja del pesar le picó en el corazón. Desapercibido por todos los presentes, abandonó la sala del banquete y se alejó hacia las tierras del desierto, al este de Judea, donde lo aguardaba Juan. Y a Débora le nació un primogénito...
-¿Y dónde está? -grité.
-Lo han escondido los popes -pronunció Apolek con aire importante, y acercó un dedo fino y aterido a su nariz de borracho.
-Pan pintor -gritó de pronto Robacki emergiendo de la penumbra, y sus orejas grises se pusieron en movimiento-, ¿qué estáis contando? Esto no cabe en ninguna cabeza...
-Claro, claro -farfulló encogiéndose Apolek y agarró a Gottfried-, pues eso, pan...
Arrastró al ciego hacia la puerta, pero al llegar al umblral aminoró el paso y me llamó con el dedo.
-Un beato Francisco -susurró parpadeando-, con un pájaro sobre la manga, con una paloma o un jilguero, como le guste más al pan escritor...
Y desapareció con su ciego y eterno amigo.
-¡Oh estupidez humana! -exclamó entonces pan Robacki, el sacristán de la iblesia-. Este hombre no morirá en su cama...
Pan Robacki abrió de par en par la boca y bostezó como un gato. Yo me sespedí y me fui a pasar la noche a mi casa, con mis saqueados judíos.
Una luna sin hogar vagaba por la ciudad. Y yo caminé a su lado, dándome calor con sueños imposibles y canciones rotas.

 

De "Caballería Roja" y "Diario de 1920", en DEBOLSILLO. (Mondadori)