VISITA A UN POETA
Después de veinte minutos de caminar por
la carretera, bajo el sol de las tres, llegué por fin al
recodo. Torcí hacia la derecha y empecé a trepar
la cuesta. A trechos los árboles que bordeaban la senda
daban un poco de frescura. El agua corría por una acequia,
entre hierbas. Crujía la arena bajo mis zapatos. El sol
estaba en todas partes. En el aire había un olor a hierba
verde y caliente, con sed. No se movía un árbol
ni una hoja. Unas cuantas nubes descansaban pesadamente, ancladas
en un golfo azul, sin olas. Cantó un pájaro. Me
detuve: " ¡Cuánto mejor sería tenderme
bajo este olmo! El sonido del agua vale más que todas las
palabras de los poetas.>> Y seguí caminando, por
otros diez minutos. Cuando llegué a la granja unos niños
rubios jugaban, en torno a un abedul. Les pregunté por
el dueño; sin dejar de jugar me contestaron: <<Está
arriba, en la cabaña." Y me señalaron la punta
de la colina. Eché a andar de nuevo. Caminaba ahora entre
hierbas altas, que me daban a la rodilla. Cuando llegué
a la cima pude ver todo el pequeño valle: las montañas
azules, el arroyo, el llano de un verde luminoso y, al fondo,
el bosque. El viento empezó a soplar; todo se mecía,
casi alegremente. Cantaban todas las hojas. Me dirigí hacia
la cabaña. Era una casita de madera vieja y despintada,
grisácea por los años. Las ventanas no tenían
cortinas; me abrí paso entre las hierbas y me asomé.
Adentro, sentado en un sillón, estaba el viejo. A su lado
descansaba un perro lanudo. Al verme, se levantó y me hizo
señas para que diera la vuelta. Di un rodeo y lo encontré,
en la puerta de la cabaña, esperándome. El perro
me recibió saltando. Cruzamos un pasillo y entramos en
una pequeña habitación: piso sin pulir, dos sillas,
un sillón azul, otro rojizo, un escritorio con unos cuantos
libros, una mesita con papeles y cartas. En las paredes tres o
cuatro grabados, nada notables. Nos sentamos.
-Hace calor, eh. ¿Le gustaría tomar una cerveza?
-Sí. creo que sí. He caminado media hora y me siento
fatigado.
Bebimos la cerveza despacio. Mientras bebía mi vaso lo
contemplaba. Con su camisa blanca abierta -¿hay algo más
limpio que una camisa blanca limpia?-, sus ojos azules, inocentes
e irónicos, su cabeza de filósofo y sus manos de
campesino, parecía un viejo sabio, de esos que prefieren
ver al mundo desde su retiro. Pero no había nada ascético
en su apariencia sino una sobriedad viril. Estaba allí,
en su cabaña, retirado del mundo, no para renunciar a él
sino para contemplarlo mejor. No era un ermitaño ni su
colina era una roca en el desierto. El pan que comía no
se lo habían llevado los tres cuervos; él mismo
lo había comprado en la tienda del pueblo.
-El sitio es realmente hermoso. Casi no me parece real. Este paisaje
es muy distinto al nuestro, más para los ojos del hombre.
Y las distancias también están más hechas
para nuestras piernas.
-Mi hija me ha dicho que el paisaje de su país es muy dramático.
-La naturaleza es hostil allá abajo. Además, somos
pocos y débiles. Al hombre lo devora el paisaje y siempre
hay el peligro de convertirse en cacto.
-Me han dicho que los hombres se están quietos por horas
enteras, sin hacer nada.
-Por las tardes se les ve. inmóviles, al borde de los caminos
o a la entrada de los pueblos.
-¿Así piensan?
-Es un país que un día se va a convertir en piedra.
Los árboles y las plantas tienden a la piedra, lo mismo
que los hombres. Y también los animales: perros, coyotes,
serpientes. Hay pajaritos de barro cocido y es muy extraño
verlos volar y oírlos cantar, porque uno no se acaba de
acostumbrar a la idea de que son pájaros de verdad.
-Le voy a contar algo. Cuando tenía quince años
escribí un poema, mi primer poema. ¿Y sabe usted
cuál era el tema? La Noche Triste. En ese tiempo leía
a Prescott y quizá su lectura me hizo pensar en su país.
¿Ha leído a Prescott?
-Era una de las lecturas favoritas de mi abuelo, de modo que lo
leí cuando era niño. Me gustaría volver a
leerlo.
-A mí también me gusta releer los libros. Desconfío
de la gente que no relee. Y de los que leen muchos libros. Me
parece una locura esta manía moderna, que sólo aumentará
el número de los pedantes. Hay que leer bien y muchas veces
unos cuantos libros.
-Una amiga me cuenta que han inventado un método para desarrollar
la velocidad en la lectura. Creo que lo piensan imponer en las
escuelas.
-Están locos. A lo que hay que enseñar a las gentes
es a que lean despacio. Y a que no se muevan tanto. ¿Y
sabe usted por qué inventan todas esas cosas? Por miedo.
La gente tiene miedo a detenerse en las cosas, porque eso los
compromete. Por eso huyen de la tierra y se van a las ciudades.
Tienen miedo de quedarse solos.
-Sí, el mundo está lleno de miedo.
-Y los poderosos se aprovechan de ese miedo. Nunca había
sido tan despreciada la vida individual y tan reverenciada la
autoridad.
-Claro, es más fácil que vivan por uno, que decidan
por uno. Hasta morir es más fácil, si se muere por
cuenta de otro. Estamos invadidos por el miedo. Hay el miedo del
hombre del común, que se entrega al fuerte. Pero hay también
el miedo de los poderosos, que no se atreven a estar solos. Por
miedo se aferran al poder.
-Aquí la gente abandona la tierra para ir a trabajar en
las fábricas. Y cuando regresan ya no les gusta el campo.
El campo es difícil. Hay que estar siempre alerta y uno
es el responsable de todo y no nada más de una parte, como
en la fábrica.
-El campo es, además, la experiencia de la soledad. No
se puede ir al cine, ni refugiarse en un bar.
-Exactamente. Es la experiencia de la libertad. Es como la poesía.
La vida es como la poesía, cuando el poeta escribe un poema.
Empieza por ser una invitación a lo desconocido: se escribe
la primera línea y no se sabe lo que hay después.
No se sabe si en el próximo verso nos espera la poesía
o si vamos a fracasar. Y esa sensación de peligro mortal
acompaña al poeta en toda su aventura
-En cada verso nos aguarda una decisión y no nos queda
el recurso de cerrar los ojos y dejar que el instinto obre por
sí solo. El instinto poético consiste en una tensión
alerta.
-En cada línea, en cada frase está escondida la
posibilidad de fracasar. Y de que fracase todo el poema, no únicamente
ese verso aislado. Y así es la vida: en cada momento podemos
perderla. En cada momento hay un riesgo mortal. Y cada instante
es una elección.
-Tiene usted razón. La poesía es la experiencia
de la libertad. El poeta se arriesga, se juega el todo por el
todo del poema en cada verso que escribe
-Y no se puede uno arrepentir. Cada acto, cada verso, es irrevocable
para siempre. En cada verso uno se compromete para siempre. Pero
ahora la gente se ha vuelto irresponsable. Nadie quiere decidir
por sí mismo. Como esos poetas que imitan a sus antecesores.
-¿No cree usted en la tradición?
-Si, pero cada poeta ha nacido para expresar algo suyo. Y su primer
deberes negar a sus antepasados, a la retórica de los anteriores.
Cuando empecé a escribir me di cuenta de que no me servían
las palabras de los antiguos; era necesario que yo mismo me creara
mi propio lenguaje. Y ese lenguaje -que sorprendió y molestó
a algunas personas- era el lenguaje de mi pueblo, el lenguaje
que rodeó mi infancia y mi adolescencia. Tuve que esperar
mucho tiempo para encontrar mis palabras. Hay que usar el lenguaje
de todos los días
-Pero sometido a una presión distinta. Como si cada palabra
hubiera sido creada solamente para expresar ese momento particular.
Porque hay una cierta fatalidad en las palabras; un escritor francés
dice que las "imágenes no se buscan, se encuentran".
No creo que quiera decir que el azar preside a la creación
sino que una fatal elección nos lleva a aciertas palabras.
-El poeta crea su propio lenguaje. Y luego debe luchar contra
esa retórica. Nunca debe abandonarse a su estilo.
-No hay estilos poéticos. Cuando se llega al estilo, la
literatura sustituye a la poesía
-Ésa era la situación de la poesía nortemericana
cuan do empecé a escribir. Allí empezaron todas
mis dificultades y mis aciertos. Y ahora quizá sea necesario
luchar contra la retórica que hemos creado. El mundo da
vueltas y lo que ayer estaba arriba hoy está abajo. Hay
que mofarse un poco de todo esto. No hay que tomar nada muy en
serio, ni si quiera las ideas. O mejor dicho, precisamente porque
somos muy serios y apasionados, debemos reírnos un poco.
Desconfíe de los que no saben reír.
Y se reía con una risa de hombre que ha visto llover y,
también, de hombre que se ha mojado. Nos levantamos y salimos
a dar una vuelta. Bajamos por la colina. El perro saltaba delante
de nosotros. Al salir me dijo:
-Y sobre todo, desconfíe de los que no saben reírse
de sí mismos. Poetas solemnes, profesores sin humor, profetas
que sólo saben aullar y discursear. Todos esos hombres
son peligrosos.
-¿Lee usted a los modernos?
-Leo siempre poesía. Me gusta leer la poesía de
los jóvenes. Y también a algunos filósofos.
Pero no soporto las novelas. Creo que nunca he leído una.
Seguimos caminando. Al llegar a la granja, nos rodearon los niños.
Ahora el poeta me hablaba de su infancia, de los años de
San Francisco y del regreso a Nueva Inglaterra.
-Ésta es mi tierra y creo que aquí está la
raíz de la nación. De aquí brotó todo.
¿Sabe usted que el Estado de Vermont se negó a participar
en la guerra contra México? Sí, de aquí brotó
todo. De aquí surgió el deseo de internarse en lo
desconocido y el deseo de quedarse a solas con uno mismo. A eso
hemos de volver si queremos preservar lo que somos.
-Me parece muy difícil. Son ustedes ahora muy ricos.
-Hace años pensé irme a un pequeño país,
adonde no llegara el ruido que hacen todos. Escogí Costa
Rica; cuando preparaba mi viaje supe que allá también
una compañía norteamericana hacía de las
suyas. Y desistí. Por eso estoy aquí, en Nueva Inglaterra.
Llegamos al recodo. Vi el reloj: habían pasado más
de dos horas.
-Creo que me debo ir. Me esperan allá abajo, en Bread Loaf.
Me tendió la mano:
-¿Sabe el camino?
-Sí -le contesté. Y le estreché la mano.
Cuando me había alejado unos pasos, oí su voz:
-¡Vuelva pronto! Y cuando regrese a Nueva York, escríbame.
No lo olvide.
Le contesté con la cabeza. Lo vi subir la senda jugando
con su perro. <<Y tiene setenta años", pensé.
Mientras caminaba, de regreso, me acordé de otro solitario,
de otra visita. <<Creo que a Robert Frost le hubiera gustado
conocer a Antonio Machado. Pero, ¿cómo se hubieran
entendido? El español no hablaba inglés y éste
no conoce el castellano. No importa, hubieran sonreído.
Estoy seguro de que se habrían hecho amigos inmediatamente.>>
Me acordé de la casa de Rocafort, en Valencia, del jardín
salvaje y descuidado, de la sala y los muebles empolvados. Y Machado,
con el cigarro apagado en la boca. El español también
era un viejo sabio retirado del mundo y también se sabía
reír y también era distraído. Como al norteamericano,
le gustaba filosofar, no en los colegios sino al margen. Sabios
de pueblo; el americano en su cabaña, el español
en su café de provincia. Machado también profesaba
horror a lo solemne y tenía la misma gravedad sonriente.
<<Sí, el sajón tiene la camisa más
limpia y hay más árboles en su mirada. Pero la sonrisa
del otro era más triste y fina. Hay mucha nieve en los
poemas de éste, pero hay polvo, antigüedad, historia,
en los del otro. Ese polvo de Castilla, ese polvo de México,
que apenas se toca se deshace entre las manos... "
Vermont, junio de 1945
Octavio Paz, de "Las peras del Olmo"
(Seix Barral)