La Asociación Cultural
Abamia
(Corao, Cangas de Onís).
Podría comenzar este
artículo recurriendo al viejo tópico de la dificultad de
hablar sobre uno mismo, pero en este caso resultaría falso y
pretencioso. Ante todo falso, porque debo hablar sobre
nosotros, pues en puridad una asociación como la nuestra, y
como las demás, es la suma de las voluntades y capacidades
de sus socios. Pretencioso también, ya que somos un grupo
bien modesto que aglutina intereses personales más o menos
próximos a la “cultura”, en torno al valle del río Güeña.
Partiendo de estos
supuestos bien claros, definiría nuestra asociación como el
lugar de encuentro de algunos vecinos, un centenar en la
fría teoría de los números (así lo dicen las cuotas anuales
de socios), y bastantes menos cuando se necesita dedicar el
tiempo propio a las actividades comunes. Cualquiera que
pertenezca o haya pertenecido a una asociación sabe de qué
hablo, más tratándose de directivos de la misma. Nada nuevo
por este lado, como podéis comprobar.
El impulso creador de la
Asociación Cultural Abamia se articuló en torno a la
restauración del sepulcro de Don Pelayo, el templo de Santa
Eulalia de Abamia, hará aproximadamente unos seis años. En
la actualidad se ha logrado iniciar un proceso de reformas
que transita perezosamente, a un ritmo tan cansino como las
múltiples promesas y variantes que los políticos han ido
desgranando en nuestros oídos a lo largo de un lustro. Uno
se sorprende al leer las decenas de artículos de prensa que
ha ido acumulando durante estos años: pareciera haber vivido
en la irrealidad de un mundo, sin embargo, cierto.
Quizá el logro de este
objetivo fundacional fuese suficiente razón para abandonar
una actividad que nos roba horas que podemos dedicar a
actividades más propias y lucrativas. Sin embargo no ha sido
así, por fortuna algunas pasiones han resistido la
tentación: la magnífica aventura de escudriñar la rica
historia de nuestros pueblos, la llamada de viejas
fotografías que plasmaron la vida de nuestros ancestros, el
disfrute de la naturaleza que inadvertidamente impregna
nuestras vidas o la gozosa conversación, salpicada por el
vino que templan quesos, tortillas y otros sencillos, sanos
y sabrosos manjares de la tierra.
Así discurre nuestra
actividad, imperfecta sin ninguna duda y necesitada de otras
voluntades que enriquezcan nuestros días, pero alegre por
aportar siquiera un comino de diversidad al concejo de
Cangas de Onís, frente a la creciente uniformidad de los
días.
Paco Pantín