CONTRA
LA POESÍA
1
Los que
escriben poemas a veces se entretienen, al margen de su
ocupación principal, organizando "defensas de la poesía".
Con todo
el respeto por este género (que yo mismo he tanteado), a uno
se le ocurre preguntar si aquellos tratados sutiles y
alígeros no hacen un flaco favor a la poesía en vez de
robustecerla. Hasta los grandes —por ejemplo, Shelley—
ejercitaron su mano en ensayos defensivos. ¿Acaso no
perdieron un tiempo valiosísimo en ejercicios inútiles de
retórica sobre su sueño dorado? ¿Qué otra cosa podemos
esperar de un poeta, sino la defensa de la poesía? ¿Es
posible tratar en serio a alguien que defiende su propio
oficio? Un artesano que lucha por su arte, ¡qué obviedad!
¿No es más interesante el gesto de Witold Gombrowich
—prosista y no poeta— que con su ensayo Contra los poetas
por lo menos dio pábulo a un instructivo intercambio de
opiniones —no en balde en la discusión intervino el
mismísimo Czeslaw Milosz—. Pero Gombrowich atacó básicamente
la "dulzura" de la poesía, la concentración de azúcar —a su
parecer excesiva— en los versos, aunque se abstuvo de
rechazarlos del todo.
¿Qué
argumentos básicos hay en contra de la poesía? Comencemos
por ejemplos fáciles, versos ingenuos escritos por
aficionados provincianos, por funcionarios de correos
jubilados y damas que se aburren en sus pisitos coquetones.
Naturalmente, serán poemas que cantan las puestas de sol,
las primeras nieves, los encantos del mes de mayo, las
margaritas, las ardillas y los abedules. A Gottfried Benn no
le gustaban nada, y se burlaba de los poemas sobre la
primavera que aparecen en los números de marzo o abril de
las revistas culturales. ¿Qué hay de malo en ellos?
Nada,
pero a menudo su enorme ingenuidad provoca un rechazo
espontáneo y no del todo justificado. Sin embargo, la
capacidad de no descartar los aspectos negativos y
siniestros de la vida parece imprescindible. Y lo cierto es
que los poemas sobre las margaritas no suelen tomar en
consideración el lado negativo del mundo: ¡por algo son
ingenuos! Este problema puede parecer fútil. Al fin y al
cabo, ¿qué más da que un habitante de Idaho escriba
alabanzas de las flores? Reconozcamos que la existencia de
este estrato de poesía ingenua, algo amateur, es en
sí mismo un fenómeno bastante simpático y sin duda alguna
inocuo, aun cuando estos poemas no nos ayuden en absoluto a
comprender el mundo (dicen que Newton llamaba la poesía a
disingenuous nonsense).
Pero ni
siquiera nuestro amable funcionario de correos que escribe
versos almibarados vive en un estado de éxtasis permanente.
Puede ser un hombre sereno, pero seguro que también
atraviesa momentos de temor, inquietud o desesperación.
¿Sabe expresarlos en sus creaciones? Diré aún más: puede
ocurrir que el funcionario jubilado no sea ni de lejos tan
buen hombre como podría pareces a los lectores de sus
pareados. Por lo que respecta a los gigantes de la
literatura, tenemos una réplica preparada de antemano: la
obra es capaz de redimir las debilidades de carácter de su
autor (he wrote well, escribía bien). Pero ¿se puede
aplicar el mismo razonamiento a un poeta pequeño? Y una
pregunta más que no se suele plantear en el caso de artistas
de gran envergadura: ¿por qué ese señor nunca expresa en sus
versos su lado desatinado o desagradable? ¿Sólo porque se
atiene a las reglas de la vida colectiva, que nos obligan a
mostrar únicamente nuestros rasgos buenos, o los que se
consideran buenos, y a esconder bajo una gruesa capa de paño
los defectos y las desgracias? Si es así, pase. Pero sería
peor si la responsable fuese la naturaleza misma de la
poesía, que saluda de buen grado el éxtasis y rechaza lo
negativo, lo cual significaría que no está exenta de
hipocresía.
2
Si fuera
así, la poesía pecaría de no saber expresar más que una
pequeña porción de nuestras energías espirituales. La
poesía, como sabemos, se libera en un estado de ánimo
excepcional y mítico que llamamos inspiración. La
inspiración, que no sólo acompaña a los poetas y novelistas,
sino también a los músicos y pintores, a algunos científicos
y predicadores, e incluso a los que escriben (escribían)
largas y hermosas cartas, es necesaria para la humanidad no
por estar cargada de euforia y alegría (aunque es verdad que
estos sentimientos la acompañan), sino porque parece
elevarnos por encima de la red trivial de circunstancias
empíricas que son nuestro pan de cada día y nuestra cárcel.
Nos eleva por encima de la cotidianidad para que podamos
contemplar el mundo con atención y fervor al mismo tiempo.
Es cierto que no nos libra del todo de las limitaciones
empíricas: los poetas no levitan, no nos vuelven resistentes
a los ataques de las enfermedades, no garantiza ninguna
clase de inmunidad diplomática; como sabemos, a Mandelstam,
uno de los grandes inspirados del siglo XX, nada le salvaría
de la deportación y la muerte en un campo de trabajos
forzados. Y, no obstante, en el sentido estético y hasta
filosófico, la inspiración parece ofrecer a las mentes que
han elegido la posibilidad de dar un salto, de experimentar
una levitación puramente interior e invisible desde fuera. A
veces —en la mayoría de los casos— esta levitación se
manifiesta en el carácter de la obra, dándole una forma más
perfecta y una mayor fuerza intelectual. De vez en cuando
también parece contagiarse al lector, y entonces es como una
antorcha encendida que pasa de mano en mano. Debe de ser una
antorcha más antigua que la olímpica, una antorcha que
circula entre las mentes humanas por lo menos desde la época
homérica.
Los
poetas mismos no se ponen de acuerdo en si la inspiración
existe y es necesaria. Hay diversas escuelas. Sabemos muy
bien que, por ejemplo, Paul Valéry se oponía al concepto de
inspiración y ensalzaba sólo los elementos racionales de una
inteligencia bien engrasada. Otros poetas defendían la
inspiración sin menospreciar los laboriosos prolegómenos, el
oficio y la reflexión. Sin embargo, no se trata de esto,
sino de la pregunta tal vez algo perversa de si aquella
magnífica enfermedad llamada inspiración no determina de
algún modo el talante e incluso la sustancia de la poesía.
La inspiración es algo netamente positivo, casi la
encarnación de la alegría (más vale no fijarse en las
personas que la padecen; basta con decir que no se parecen
en nada a los lóbregos catatónicos que permanecen durante
horas en la misma posición). Si es así, por fuerza tiene que
ejercer alguna presión en el contenido de los juicios y las
valoraciones presentes en la poesía.
Pero
ignoramos si en la realidad, en la estructura del mundo, hay
algo que corresponda a nuestro entusiasmo, si bien en los
momentos de arrebato estamos absolutamente convencidos de
que es así y aún seguimos creyéndolo al día siguiente. Pero,
pasada una semana..., tal vez surjan algunas dudas.
3
En este
punto alguien objetará (y con mucha razón): ¡hombre, en qué
mundo vives, si la inmensa mayoría de los poemas que
aparecen actualmente —y también los escritos en el siglo
XIX— no se caracterizan precisamente por la alegría extática
y el entusiasmo, sino más bien por la melancolía, la ironía,
el desaliento y la desesperación! Hoy en día, tal vez el
material más utilizado en la poesía sea una especie de
ironía disecada por la tristeza. No es fácil, pues, hacer de
los poetas mensajeros de la euforia.
Al
llegar a estas alturas el autor del presente ensayo debería
recoger sus modestas herramientas de trabajo, rendir la
espada y volver a los poemas, que son su quehacer principal.
Pero las cosas no son tan simples.
Tanto en
los poemas románticos como en los contemporáneos no faltan
ni la melancolía ni la ironía. Las encontramos ya en la
poesía antigua; en el exilio, Ovidio no escribió versos
alegres. Los románticos lloraron mucho. Los contemporáneos
ya no lloran,
sino que más bien permanecen en un estado de desesperación
fría y elegante, interrumpido de vez en cuando por una
carcajada lúgubre. Sin embargo, ¿acaso la alegría y la
melancolía no forman pareja? Éstos dos sentimientos, que la
poesía eleva casi a la altura de una doctrina filosófica,
proporcionan no obstante a los poemas un toque ambiental. La
melancolía y la alegría constituyen el modesto patrimonio
binario de la poesía, mientras que la afirmación y el
rechazo tienen el resabio de un ademán algo psicótico, del
"si" y el "no" tomados en préstamo a la ligera de los
emperadores romanos (tanto el emperador como el poeta
utilizan el pulgar). ¿Y si la melancolía poética no fuera
más que alegría disfrazada, como si el poeta, a fin de
seguir disfrutando del calor de la inspiración, lo guardara
en la funda termoaislante de la tristeza? A menudo las
afirmaciones y las negaciones son un poco ahistóricas y se
pronuncian sin tomar en cuenta los hechos recientes ni las
nuevas pruebas; el tribunal se reúne y en un golpe de
inspiración, sin haber interrogado a los testigos, sin haber
escuchado a la acusación ni a la defensa, pronuncia una
sentencia apodíctica primorosamente elaborada. ¿El litigio
de Budelaire realmente difiere tanto del de Ovidio?
¿Qué
tiene eso de malo? El enemigo de la poesía contestará con
voz severa: no es la omnipresencia de una ironía barata lo
que me hace aborrecer la poesía, sino el hecho de que ésta
no participe del esfuerzo intelectual de su época, ignorando
lo más interesante y tal vez lo más importante de la
actividad humanista de la mente, a saber, la contemplación
incesante, atenta y nada fácil del intrincado paisaje del
mundo humano, donde algo cambia sin cesar y algo no cambia
en absoluto. Sopesar estos dos elementos, descubrir nuevas
variedades del mal y del bien, nuevos modelos de
comportamiento y modelos de vida seculares, valorar un mundo
siempre un poco nuevo y un poco viejo, arcaico en su
inmutabilidad a la par que cambiante a causa de la invasión
de la "modernidad", que cubre el universo con una capa de
nailon resplandeciente, y sacudido por las convulsiones de
los años treinta y cuarenta no sin que la misma modernidad
tuviera en ello un papel decisivo: he aquí la magna tarea
del escritor, entre otras ocupaciones tradicionales. Este
esfuerzo intelectual de nuestra época, que mantiene tan
ocupadas las mentes humanas, sigue orientado en gran medida
a comprender las grandes desgracias del siglo XX. ¿Puede
participar en él la poesía?
4
¿Por qué
tanta gente inteligente, ilustrada y culta vuelve hoy la
espalda a la poesía? En algunos países la respuesta resulta
bastante fácil, por ejemplo en Francia, donde ya hace
algunas décadas que la lírica entiende su vocación como un
monólogo metodológico, una reflexión ininterrumpida sobre la
pregunta "cómo es posible el verso". Es como si un sastre
meditabundo, en vez de hacer trajes, se pasara los días
cavilando sobre el hermoso refrán árabe "La aguja, que viste
a tanta gente, se queda desnuda". Los pensantes, los que
buscan respuestas a las preguntas de peso, tienen que dar la
espalda a una poesía así: seca, narcisista y hermética. Pero
en otras partes, allí donde la poesía aún no ha renunciado
del todo a dialogar con el mundo, también ocurre que la
lírica se muestra incapaz de interesar a sus mejores
lectores potenciales.
Leemos
con cierta admiración la estrofa siguiente del hermoso poema
de Auden "A la memoria de W.B. Yeats" y, por regla general,
aceptamos su sentido:
El
tiempo, que con esta extraña excusa
perdonó a Kipling sus ideas,
y
habrá de perdonar a Paul Claudel,
perdona a los que escriben bien.
Sin
embargo, al detenernos a pensar en su verdadero significado,
por fuerza nos preguntamos si el hecho de que alguien
escribiera bien nos permite olvidar lo que dijo. Abstracción
hecha de los nombre que Auden menciona en su período de
fascinación marxista (¿necesita Claudel un indulto?, ¿y
Yeats?), esta tendencia no es exclusiva del autor de El
escudo de Aquiles. He aquí una propensión a mostrarse
indulgente no sólo para con los poetas, sino también para
con los novelistas, a tratarlos como se trata a los niños.
¡Has dicho una bobada, pero eres tan mono (qué carita tan
linda)! Pero si tratamos la literatura en serio, a veces hay
que rechazar alguna creación por muy "ingeniosa" que sea
—por ejemplo, debemos rebatir la mayor parte de la obra de
Mayakovski, a pesar de que difícilmente se le puede negar un
gran talento.
El poeta
que acepta una tarifa reducida para la poesía (por utilizar
la vieja y casi olvidada fórmula de Artur Sandauer),
desvaloriza su significado.
5
¿Hay
algún elemento ontológico de la realidad frente al cual la
poesía se declara impotente? ¿Quizás el mal? ¿Es cierto que
la poesía es impotente frente al mal? ¡Pero si precisamente
tenemos a Dante, tenemos el Fausto de Goethe, tenemos
Otelo y Macbeth (una argumentación
"estadística" a fin de demostrar que hay más poemas que
expresan admiración —por ejemplo, Keats, Whitman y Claudel—
de los que afrontan el mal estaría fuera de lugar)!
Sin
embargo, quien quiera entender algo de la dictadura moderna,
nazi o estalinista, recurrirá más bien a estudios históricos
y filosóficos —el libro de Raul Hilberg, los trabajos de
Hannah Arendt y, quizá, los de Erich Voegelin o Aron,
incluso las memorias de Speer, la obra de Hermann Rauschning,
los libros tempranos de Solzhenitsyn o las memorias de las
víctimas y los verdugos del Holocausto—, leerá a Chiaromonte
y a los historiadores rusos del siglo XX, estudiará los
textos de François Furet, Martin Malia, Kolakowski y tantos
otros analistas perspicaces (otra cosa es si realmente
encontrará en estos libros la respuesta definitiva que busca
y si tal respuesta existe). Y si quiere reflexionar sobre
las dolencias de la sociedad y del espíritu más recientes,
del todo actuales, tampoco le faltarán lecturas adecuadas en
prosa.
"Un
momento", dirá alguno de mis amigos poetas. ¿La poesía tiene
que ser sólo un servicio intelectual de urgencias, cuyas
ambulancias azules circulan a toda velocidad por las calles
oscuras de una ciudad dormida, llorando en voz alta? Claro
que no, limitar la poesía a tareas de esta índole sería
interpretarla de una manera ridículamente reduccionista. Por
otro lado, parece que los poetas no pueden ignorar algo que
podría llamarse el debate intelectual de la época; no pueden
evitarlo del todo. La pregunta es si tal debate realmente
tienen lugar y dónde; yo diría que sí que existe una
polémica de estas características, por muy entrecortada e
imperfecta que sea.
Si los
poetas se mantienen el margen de este debate, convencidos de
que los pequeños tesoros de emoción lírica o melancolía
valen más que la meditación sobre el profundo mal del siglo
XX o sobre la gran tristeza —y el gran aburrimiento— de
nuestros tiempos, contribuyen a que la poesía pierda la
posición central entre las obras humanas que le habían
deparado los dioses y los griegos y a que se convierta en un
pasatiempo interesante para estudiantes y jubilados, que no
para personas en edad productiva, obligadas a concentrarse
en lo que es verdaderamente importante.
Además,
no se trata tanto del debate, como de la verdad, porque el
único argumento de peso contra la poesía sería la acusación
de no buscar la verdad sobre el hombre y el mundo, sino
limitarse a recoger preciosidades —conchitas y piedrecillas—
en las playas del mundo.
Sí, es
cierto. Tenemos las Elegías de Duino de Rilke, La
tierra baldía de Eliot, el Tratado moral y el
Tratado poético de Milosz, los versos de Mandelstam
sobre Sn Petersburgo, El escudo de Aquiles de Auden,
el Réquiem de Ajmátova, los poemas de Celan y los de
Zbigniw Herbert. ¿De qué hablan si no de esto, precisamente?
Del mal, de la modernidad, de la vida en nuestra época y de
la resistencia que esta época nos otrece.
6
Volvamos
a analizar la relación que une el mundo con la poesía: ¿no
es que a pesar de todo, a pesar de los logros —aquellos
poemas raros y magníficos con los que algunos grandes poetas
sometieron a juicio la vileza de nuestra época—, la poesía
carece casi por completo de un órgano cognitivo enfocado
hacia la iniquidad, la mezquindad y el tedio (y no hablo
aquí del tedio elegante de un artista, del spleen de
Baudelaire, sino del aburrimiento y la molicie de las tardes
de domingo en nuestra ciudades), ni tampoco hacia Eichmann,
hacia un cabeza rapada rabioso o un funcionario inhumano?
Sin duda
puede observarse que hay un género de mal —llamémoslo "mal
de Dostoievski"—, el de Stavrogin y Smerdiakov, y también el
mal del joven Verhovenski, es decir, un mal al mismo tiempo
psíquico y teológico, que se escapa a la mirada de la
poesía, y únicamente la novela (tal vez sólo Dostoievski)
puede medir con él sus fuerzas. También en lo referente al
mal poderoso del nazismo y estalinismo la poesía más bien se
dedica a llorar las víctimas, y de vez en cuando lo hace de
un modo inigualable, como en Celan, Milosz, Herbert y
Ajmátova, pero le resulta sumamente difícil proponer una
reflexión sobre las fuentes del mal —aunque cabe decir que
ni siquiera las mentes filosóficas de primera magnitud han
sabido proponer gran cosa al respecto.
No se
trata sólo de la percepción del mal, sino del hecho de que
la definición contemporánea de la poesía, una definición
nada teórica, ya que ésta no existe, sino práctica y
practicada incluso por los más grandes maestros, refleja
fielmente las transformaciones que se han producido en la
mentalidad moderna y contemporánea. Rainer María Rilke, el
poeta del siglo XX más admirado en el mundo entero, tiene
poco que decir sobre el tema que apasionaba la los antiguos
y que debería interesarnos también a nosotros: cómo vivir
entre la gente, en qué tipo de comunidad —aunque habla
maravillosamente de cómo vivir la privacidad de una
existencia individual, a solas, en el amor solitario, y
también de cómo morir.
7
Es
posible que la poesía lírica tenga dos alas, dos
preocupaciones primordiales, siendo una de ellas el
antiquísimo deber —que está en el centro mismo de la lírica
de cada generación— de crear una continuación, mantener la
vida espiritual o, mejor dicho, dar forma a la vida
interior, ya que en la poesía, al igual que en la
meteorología, chocan entre sí dos frentes atmosféricos, el
aire caliente de nuestra introversión colisiona con el
frente frío de la forma, con el soplo gélido de la
reflexión. Los "pequeños tesoros de emoción lírica" de los
que hace un momento he hablado con desprecio (adrede, por
razones pedagógicas) son tesoros de verdad, e inscribirlos
en el registro de la propiedad es un acto de enorme
importancia, independientemente del sentido filosófico que
se le atribuya.
¿Qué es
la vida espiritual? Es embarazoso tener que pensar también
en ello, pero al oírme pronunciar estas palabras, mis
interlocutores —tal vez en Estados Unidos más que en otras
partes (spiritual life)— me miran con sorna como si
quisieran sugerirme: ¡hazte monje! Pero la vida espiritual
no necesariamente tiene que atenerse a la regla de los
cistercienses, a menudo no es más que una contemplación
atenta de las cosas de este mundo con los ojos de la
imaginación. Puede ser también una estación en la vía sacra
de la búsqueda religiosa, pero es difícil decidir cuánto de
todo eso penetra en la poesía contemporánea. ¿La poesía no
es más bien una mística para principiantes? Jacques Maritain,
un filósofo católico, exhortaba a los poetas a concentrarse
también en lo que la poesía tiene de material y artesano.
A pesar
de ello —a pesar de que la poesía es un arte y, por lo
tanto, no es reducible a una actividad espiritual— hoy en
día cabe recordar con ahínco que sólo en la vida interior
titila de vez en cuando, como en un espejo roto, la llama
movediza de la eternidad, comoquiera que la interprete el
lector socarrón (o no tan socarrón).
Al mismo
tiempo, la vida interior tiene que estar oculta, no puede
exhibirse en público; al igual que los pobres fogoneros del
poema "Manche freilich" de Hofmannsthal, tiene que
permanecer siempre bajo la cubierta del barco. Tiene
prohibido exhibirse por dos motivos: primero, porque siendo
transparente como el aire de primavera no es nada
fotogénica; segundo, porque si intenta atraer la atención
del público, se convertiría en un payaso narcisista. Pero el
símil del fogonero es acertado —aquella vida interior
invisible y al fin y al cabo discreta, con su pasión, su
ingenuidad, su amargura y un entusiasmo que renace siempre y
a pesar de todo, es la energía postrera e imprescindible de
la poesía—y del hombre.
La
cultura de masas actual, a veces divertida y no siempre
nociva, se caracteriza por no tener ni la menor idea de qué
diablos es la vida espiritual. No sólo es incapaz de
crearla, sino que la mina, destruye y corroe. La ciencia,
ocupada con otros problemas, tampoco cuida de ella, de modo
que sólo algunos artistas, filósofos y teólogos defienden
aquella fortaleza frágil y amenazada por el enemigo.
Defender
la vida espiritual no es una muestra de indulgencia para con
los estetas radicales; pienso que la vida espiritual,
aquella voz interior que nos habla en polaco, inglés, ruso o
griego, es el baluarte y la base de nuestra libertad, el
territorio imprescindible de las reflexiones y de la
inmunidad a los porrazos y las tentaciones poderosas que
prodiga la vida moderna.
8
La otra
ala de la poesía se distingue por un carácter más
intelectual, o tal vez más cognitivo; me refiero al
pensamiento en tanto que análisis audaz del rostro cambiante
de nuestro mundo, a la búsqueda de la verdad sobre nosotros
mismos, a la exploración incesante de los innumerables
pasillos de la realidad y al rechazo a la mentira. La poesía
tiene que velar por la historia; no puede limitarse a
confiar en la experiencia interior concebida, a la manera de
la poetisa y filósofa inglesa Kathleen Raine, como un
regreso ahistórico a una cantidad limitada de modelos y
motivos del sacrum —siempre los mismos— descifrados
por unos cuantos poetas de la tradición inglesa (Blake,
Keats, Yeats). El reconocimiento de un cambio histórico, la
sentada en la plazoleta delante del palacio presidencial, la
reflexión sobre la lenta pero constante metamorfosis de la
civilización, son también imprescindibles. De modo que el
segundo pilar de la poesía después de la experiencia
interior que mana de una fuente incógnita es la
contemplación puramente racional del mundo histórico.
A veces
la búsqueda de la verdad adopta la forma de otro tipo de
pesquisa: la tentativa de establecer una medida común para
toda la humanidad. Cada poeta, cada escritor, es también
juez del mundo humano (y de paso se juzga a sí mismo); cada
verso contiene un juicio del mudo fruto de una reflexión
previa. En cada línea se esconden los sufrimientos de
Camboya y Auschwitz (lo sé, esto tal vez suene patético,
pero ¡qué le vamos a hacer!). Cada línea esconde también la
alegría de un día de primavera. En casa línea colisionan el
sentimiento trágico y el júbilo.
Y algo
más: en la poesía siempre debemos tener en cuenta por lo
menos dos cosas: lo que es y lo que somos. Tenemos que ver
con claridad y crueldad la comedia humana, la vanidad y la
estupidez del prójimo y de nosotros mismos, pero no podemos
abandonar a la ligera las aspiraciones a un mundo superior,
a un orden superior, aun cuando el espectáculo de la locura
humana nos descorazone. No nos faltan informantes magníficos
que nos recuerdan la miseria del hombre, pero pocos son los
que al mismo tiempo quieren recordar lo que nos eleva hacia
el cielo. Y lo deseable es que ambos enfoques vayan siempre
de la mano. Un informe sobre la iniquidad del hombre, por
más honesto que sea, nos conducirá sólo a un naturalismo
vulgar. Una exaltación de las posibilidades extáticas y de
la dimensión teológica, abstraída del sentido común, creará
una retórica insoportable y llena de soberbia carente de
fundamento. Pero perdurar con ambas perspectivas al mismo
tiempo es muy difícil. En el fondo, la poesía es imposible
(al igual que, según Simone Weil, lo es la vida humana).
9
Es
posible que las dos alas se estorben mutuamente, como en el
caso de aquel pobre albatros cuyos torpes andares por la
cubierta de un barco describió un poeta compasivo. Se
estorban por ser parcialmente contradictorias: el acopio
abejuno de espiritualidad es algo elegíaco, una actividad
puramente meditativa (casi pasiva, un poco budista) que
ocupa un lugar intermedio entre la expresión y el
discernimiento, mientras que el conocimiento intelectual del
mundo requiere una mente clara, una inteligencia rápida y
otro tipo de enfoque interno. Se estorban por su talante,
pero también por la dirección de sus pesquisas y la índole
de su curiosidad.
En un
sentido limitado, esas dos alas de la lírica que se
entorpecen mutuamente pueden equipararse a los símbolos
clásicos de la razón y la revelación, Atenas y Jerusalén
(así veían este dilema Lev Chestov, que optó por Jerulaén, y
Leo Strauss, que optó por la insolubilidad del conflicto).
Los poetas, al igual que cierto número de personas
pensantes, están condenados a vivir en un istmo entre Atenas
y Jerusalén, entre la verdad en parte inasible y la belleza,
entre la racionalidad del análisis y la emoción religiosa,
entre la sorpresa y la piedad, entre el pensamiento y la
inspiración.
10
¿Cómo
viven los poetas?, preguntará alguien. ¿De veras forcejean
entre la fe y la reflexión? Me temo que a diario viven de
otra manera. Viviendo defienden la poesía. Viven como los
defensores de una fortaleza sitiada, oteando el horizonte
para ver si se acerca el enemigo y por dónde. No es una
buena vida, a menudo le falta magnanimidad, autocrítica,
capacidad de pensar en contra de sus intereses y tal vez en
contra de su época, que suele equivocarse.
¿Buscan
la verdad? ¿No se apresuran demasiado a dar crédito a
profetas frívolos y filósofos caóticos que no saben ni
comprender ni rechazar? La miseria de la poesía consiste
precisamente en eso: en una confianza excesiva depositada en
los pensadores de turno y en los políticos. Así ocurrió a
mediados del siglo pasado, un siglo cuya losa abrumadora aún
no ha dejado de aplastarnos. Los poetas poseídos de una gran
emoción, obedeciendo a los energías del talento, no supieron
discernir la realidad. ¿Por qué Brecht se puso al servicio
de Stalin? ¿Y por qué Neruda sentía admiración por aquel
mismo déspota? ¿Por qué Gottfried Benn confió durante unos
meses en Hitler? ¿Por qué los poetas franceses dieron
crédito a los estructuralistas? ¿Por qué los jóvenes poetas
norteamericanos dedican tanta atención a la familia más
cercana, siendo al mismo tiempo incapaces de descubrir una
realidad más profunda? ¿Por qué hay tantos poetas mediocres,
cuya vulgaridad resulta desesperante? ¿Por qué los poetas
contemporáneos —centenares y miles— se conforman con la
tibieza espiritual, con sainetes irónicos nimios y
artesanales, y con un nihilismo elegante y a veces casi
simpático?
11
Para
terminar me veo obligado a hacer una confesión (el lector
seguramente ya lo habrá adivinado): no soy enemigo de la
poesía libre, sabia y magnífica que sepa unir lo cercano con
lo lejano, lo alto con lo bajo, lo terrenal con lo divino,
una poesía que sea capaz de registrar los movimientos del
alma, las reyertas entre amantes y una escena callejera en
una gran ciudad, pero también oír los pasos de la historia y
las mentiras de un tirano, una poesía que no nos falle
cuando llegue la hora de la verdad. Sólo me enoja la poesía
pequeña y pusilánime, obtusa y rastrera, un poesía que
escucha servilmente lo que le sopla el espíritu de la época,
aquel burócrata desidioso que revolotea a ras de tierra
envuelto en una nube sucia de ilusiones.
Del libro "En
defensa del fervor" de Adam Zagajewski en Editorial
Acantilado.