El periodista
asturiano José Comas muere en Alemania
Profesional de amplio
espectro nacido en Cangas de Onís, ejerció como corresponsal en Alemania,
América Central desde México y América del Sur desde Buenos Aires, y vivió en
Belgrado los bombardeos de la OTAN
José Comas, en el despacho de su casa de
Berlín, en septiembre de 2005.
El
periodista asturiano José Comas falleció ayer en Berlín después de tres años de
lucha contra un linfoma no Hodgkin. Tenía 63 años, más de 35 de los cuales los
dedicó a ejercer la profesión periodística desde distintas corresponsalías.
Resultado de esta entrega, que mantuvo incluso en los peores momentos de su
enfermedad, son más de 5.000 informaciones marcadas con su estilo preciso y su
talento.
Oviedo
El periodista asturiano José María Comas Vega murió en la pasada madrugada
en el Hospital Benjamín Franklin de Berlín, ciudad en la que desempeñaba la
corresponsalía de «El País». Tenía 63 años. Estaba casado con Ana Lorite,
documentalista del mismo diario madrileño. Deja dos hijos, ambos de un anterior
matrimonio con Maruja Lagartos y los dos periodistas: Andrea Libertad, reportera
gráfica de la agencia «Reuters», y José, que trabaja en «ADN» y que
recientemente le había dado su primer nieto.
Pepe Comas, como le
conocían sus amigos, había nacido en Cangas de Onís, ciudad a la que se sentía
fuertemente vinculado, donde vive su madre y donde su padre, José María Comas
Díaz, ya fallecido, fue una relevante personalidad como farmacéutico y analista
al frente de una botica centenaria que ahora regenta una de sus hijas, Reyes.
Pepe estudió interno en el Colegio de la Inmaculada, de los Jesuitas, en
Gijón. Fue un brillante alumno de Bachillerato, que llegó a ser declarado
«Príncipe del Colegio», distinción que en los colegios de la Compañía se
concedía al alumno más destacado. En su etapa gijonesa se consolidó su
identificación con el Sporting, del que toda su vida fue un fiel seguidor, hasta
el punto de que esa afición se convirtió en una especie de cordón umbilical que
le mantenía unido con su región natal desde donde estuviera.
Estudió
luego ICADE en Madrid, al tiempo que se licenciaba en Derecho en la Complutense.
Al terminar sus estudios universitarios, pensó en dedicarse a la sociología y
consiguió una beca para hacer el doctorado con Ralph Dahrendorf, entonces
catedrático de la Universidad de Konstanz, en el sur de Alemania. Pero ya estaba
latente en él la vocación periodística y había conseguido el ingreso en la
entonces Escuela Oficial, que dependía del Ministerio de Información y Turismo.
En la Universidad de Konstanz los planes de José Comas experimentaron
sucesivos cambios de rumbo, en parte condicionados, porque su maestro Dahrendorf
se fue desligando de la actividad académica para dedicarse a la política. Así,
Comas consiguió la plaza de lector de español en la Universidad, actividad a la
que se dedicó durante algún tiempo, a la vez que hacía sus primeras incursiones
en el periodismo. Sus primeros trabajos en este terreno fueron unos reportajes
que escribió para la revista «Asturias Semanal». De esa forma acabó desembocando
en la profesionalidad, al ser contratado por «Diario 16» y «Cambio 16» como
corresponsal en Alemania y, posteriormente, en la redacción de la revista en
Madrid.
Fue la antesala de su fichaje por el diario del Grupo Prisa,
periódico en el que permanecería desde entonces. José Comas fue corresponsal en
Alemania en tres etapas diferentes. Desempeñó también la corresponsalía en
México y América Central antes de hacerse cargo de la corresponsalía de
Argentina y América del Sur, con sede en Buenos Aires, destino que le marcó
especialmente. Un período especialmente intenso de su vida correspondió a la
cobertura que, como enviado especial, hizo de la tragedia de los Balcanes, que
le llevó a vivir en Belgrado los bombardeos de la OTAN.
A lo largo de
más de 35 años de actividad, recorrió medio mundo. Fue un periodista de
amplísimo espectro, abierto a todas las sugerencias de la actualidad, desde la
política a los deportes, pasando por la cultura y la crónica social, con una
enorme vocación por su oficio, al tiempo que trabajador incansable y con el
instinto y el valor que definen a los mejores de la profesión.
Deja más
de cinco mil informaciones publicadas, entre ellas algunas exclusivas mundiales.
Por ejemplo, cuando se produjo en Polonia el golpe de Estado de Jaruzelski, fue,
junto a su amigo Willy, de «O Globo», el primer periodista occidental que,
rompiendo la barrera de silencio implantada por el régimen, entró en Polonia y
contó lo que estaba pasando. De su amplio conocimiento de la realidad polaca,
fruto de sus muchos viajes al país, surgiría su libro «Polonia y Solidaridad».
Hace tres años, al regreso de unas vacaciones en España, tuvo los
primeros síntomas de una enfermedad. Resultó ser un linfoma no Hogkin de las
células del manto, del que fue tratado en Alemania de una forma que él siempre
valoró como ejemplar. Sometido a un autotrasplante de células madre, que sólo
dio un resultado efímero, recibió luego otro de un donante compatible, que fue
eficaz en cuanto a la erradicación del cáncer, pero que originó sucesivos
problemas de rechazo que, finalmente, han acabado por resultar fatales. De todo
ese proceso tuvo al tanto a sus amigos, repartidos por tres continentes y a los
que él denominaba el Cuerpo Místico a través de un género que creó, las
«Crónicas del linfoma», donde adoptaba la actitud de un enviado especial a su
propia enfermedad y que constituyen, una por una y en conjunto, un revelador
legado de su actitud ante la vida y la profesión. Una constante en esas
crónicas es el deseo de vencer la enfermedad para poder dedicarse plenamente a
su trabajo. Para quien conozca los episodios dramáticos por los que hubo de
pasar en estos tres años, con múltiples hospitalizaciones y un deterioro físico
progresivo, resulta asombroso que haya podido cubrir, como si personalmente no
le estuviera ocurriendo nada, acontecimientos informativos complejos como el
último Mundial de fútbol o el proceso electoral que llevo a la cancillería de
Berlín a Ángela Merkel. Mientras tuvo fuerzas, estuviera en su casa o en el
hospital, permaneció atento a todo lo que ocurría y dispuesto a interpretarlo y
a trasmitirlo. No sólo fue un periodista admirable hasta el final, sino que al
final fue más admirable que nunca. Hace tan sólo unos meses, el 9 de mayo,
recibió de manos de la Infanta Cristina, en el Palacio de Exposiciones y
Congresos de Málaga, el premio de periodismo europeo «Salvador de Madariaga»,
que otorga la Asociación de Periodistas Europeos. La Infanta destacó de Comas la
excelencia de sus crónicas, en las que dio cuenta del proceso de la Unión
Europea. Comas se mostró, al recoger el galardón, lleno de ilusión porque le
llegaba en un momento muy duro de su vida y porque se lo concedía un jurado
integrado por colegas, que le reconocían sus más de 35 años de profesión.
El pasado verano había estado en Asturias, adonde volvía siempre que
podía y donde conservaba muchos amigos, entre ellos no pocos en la redacción de
este periódico, donde siempre estaba dispuesto a colaborar. Él era un ciudadano
del mundo, pero que se sentía orgulloso de sus orígenes. Asturias, que tiene
motivos para sentirse orgullosa de tener hijos como él, siente hoy lo
irremediable de su ausencia.
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