El chico de la foto
(Relato cedido por Federico
Poli)
Estábamos tirados en la cama. Hacía
calor. No había agua en todo el
departamento. El baño y las cañerías estaban
en reparación. Por suerte, el ventilador de
techo funcionaba. Caía la tarde. El teléfono
interrumpió un diálogo. Ella se levantó para
atenderlo.
—En un rato voy —dijo por lo bajo—. No
hay peor ciego que el que no quiere ver —me
repitió, mientras volvía a entrar al cuarto.
—No me respondiste. ¿Qué tiene que ver
una foto de Franco B, ahí? —le pregunté.
—¿Franco B. con pelo? Miralo
bien...—dijo, mientras reía.
Se volvió a tirar en la cama, a mi lado.
—Entonces ¿quién es?
—Es mi hermano, el Gordo —respondió ella.
—¿Tu hermano, el de Río de Janeiro?
—¿Te parece? El Gordo es dos veces eso
—dijo y rió.
—Estás muy graciosa. Contame ¿hace cuánto
que salen?
—Es un amigo. Si me dejás, también pongo
una tuya. Dale. La que me mandaste a fin del
año pasado, cuando estabas en esa
convención, tan buen mozo —insistió ella.
—Bueno, basta. No importa quién sea. Va
siendo hora de irme —dije, mientras me
levantaba de la cama.
—Pero si estamos hablando lo más bien.
—Es para no demorarte más. El chico de la
foto espera hace un rato.
—No podés ser tan tonto —dijo ella.
—¿No fue eso lo que dijiste por teléfono?
—Te das cuenta de que sos un tonto —me
dijo, mientras se reía de nuevo.
— Seguramente —dije y me puse la camisa—.
Decime ¿para qué todo esto?
—¿Qué te pasa? De repente te levantás y
te ponés como un loco —ella se incorporó en
la cama.
—Nada. Simplemente que esta situación
tiene un cierto déjà vu
hinchapelotas —dije.
—La verdad es que no te entiendo. Pero
bueno... —dijo ella. Se puso de pie.
—¿No me entendés? Estoy tratando de no
demorarte.
—¿No demorarme? —preguntó ella.
—¿No te están esperando? —dije, mientras
me ponía los zapatos.
—No.
Se recostó en el marco de la puerta del
cuarto y me miró fijo a la cara.
—Yo entendí que recién...—alcancé a
decir.
—Que recién hablé con Marcela, porque me
voy a bañar a su casa y me quedo a dormir
allá. De todos modos, no sé qué es lo que
tanto te preocupa, —dijo ella, mientras se
dirigió al living.
—¿Querés que hablemos en serio, alguna
vez? —Me senté en un sofá.
—Me encantaría —dijo ella y se sentó
enfrente de mi, en el sillón.
—Me gustás mucho. Por eso, lo mejor es
que no nos veamos más, ni nos hablemos, y
terminemos de una vez con esto, que no va a
ningún lado.
—¿Por qué tan drástico todo? ¿Querés un
café u otra cerveza? —Se levantó y se
dirigió hacia la cocina—. Yo me voy a servir
uno.
—No, gracias. ¿Te espero o sigo hablando
solo? —grité desde el sofá.
—Dale que te escucho —me dijo desde la
cocina.
—¿Te das cuenta de que empiezo a hablar y
te vas?
—Es que te ponés tan dramático. Estás
para los Oscars —dijo ella, volviendo con un
café en la mano—. ¿Qué decías?
—Cosas importantes. Que nuestra relación
así no tiene sentido.
—¿Si volviésemos a coger tendría sentido?
—No. Creo que ya tampoco tendría sentido
y, tal vez, ese sea nuestro drama.
Ella prendió un cigarrillo.
—Bueno, como quieras —dijo.
—Sí, cortémosla. Es lo mejor.
—Para vos. Yo preferiría seguir...
—¿Seguir cómo?
—Como hasta ahora: hablando por teléfono,
encontrándonos, viéndonos. ¿Por qué no voy a
verte nunca más? —dijo ella y soltó el humo
de la primera pitada.
—Es que así no funciona para ninguno de
los dos. Hay situaciones que se agotan...
—Está bien. Tampoco te voy a estar
rogando.
—¿Antes de que me vaya me vas a decir
quién es el de la foto? —insistí y la
señalé.
—¡Qué enfermo que sos! —grito ella—. Te
podés ir cuando quieras.
—Es lo último que te pido.
—¿Tanto te importa? Si no nos vamos a ver
más.
Apagó el cigarrillo recién empezado en un
cenicero.
—Justamente por eso —agregué.
—¿Por eso qué?
—Por eso quiero saber quién es el nuevo
personaje que apareció en tu living.
—Es el chico con quién estoy empezando a
salir. ¿Ahora te vas contento, enfermo?
—volvió a gritar.
Comenzó a lagrimear.
—¿Qué te pasa? —Me senté en el sillón a
su lado e intenté acariciarle la cara.
—Que sos un tonto.
—No es para que te pongas así —volví a
acercarme a ella.
—Dejá. No me toques —dijo, mientras
quitaba mi mano de su cara.
—El que debería estar mal soy yo, ¿no?
—¡Estás loco! ¿Qué querías? ¿Que me
enamorara perdidamente de vos? ¿Para qué?
Decime, ¿íbamos a salir de a tres?
—No, nada de eso. Aparte, ahora ya
seríamos cuatro y sería un quilombo. Por eso
te decía que lo mejor es no volver a vernos
más.
—Bueno, por eso, andate.
Me levanté del sofá.
—Lo siento —dije.
Abrí la puerta y salí.