CANGAS EN LA MEMORIA
Emilio Capitel
Para los que casi toda nuestra vida hemos vivido fuera de Cangas,
aunque hayamos nacido aquí, no suele haber más remedio
que volver sólo cuando podemos y llevarnos cada vez algo
en la memoria. Quizá por eso lo difícil no sea no
vivir aquí, sino tener que volver siempre, es decir, partir
también a cada poco. Estar casi en un permanente viaje
de regreso. Y una y otra vez nos llevamos algo en la cabeza. A
lo mejor sólo una conversación, la rara luz de un
día, o cómo cambió esto o aquello.
Parece que con el paso de los años la memoria se va volviendo
más selectiva y tendemos a recordar sólo aquello
que vivimos felizmente, rechazando hacia el olvido lo negativo,
lo mal vivido, lo que deja posos de amargura.
Muchos llevamos a Cangas en la memoria: escondida allí,
pero casi siempre presente, removiéndose entre recuerdos
imposibles, cambiando con el tiempo, mudando de forma y de color.
Y quizá porque la vemos con menos frecuencia notamos más
intensamente sus cambios, o les damos mayor importancia. Al fin
y al cabo también somos emigrantes, sin pateras por ahora,
y tendemos a idealizarlo casi todo; a darle la forma que recordamos
y no la que verdaderamente tiene, a adaptarla a nuestra memoria
cambiante: la que guarda sólo lo bueno y se olvida de las
desgracias.
Y entonces echamos en falta cosas que la memoria infantil nos
reclama, porque ya se sabe que la patria es la infancia. Y empezamos
a reivindicar los recuerdos: "Ya no quedan picotes, ni hay
manzanes de mingán". "El riu ya no es lo que
era: casi no trae agua". "No hay salmones", etc.
La memoria invade entonces la realidad y nos sitúa en
el pasado, en un viaje imposible por lo que ha sido y se esfumó,
por lo que tuvimos y hemos perdido, por lo que fuimos y ya no
somos.
Cuando de crío volvía a Cangas a finales de primavera
empezaba a sentir agitado el pulso ya desde el puerto del Pontón,
y los latidos iban creciendo en intensidad conforme el coche o
la línea de Mento pasaba por Oseja, por el desfiladero
de los Beyos, Santillán, Tornín, Caño. Pero
cuando todo se transformaba en una verdadera taquicardia, en una
sensación de ansiedad y emoción, casi hasta de peligro,
era al tomar la curva de la Llongar y ver al fondo el edificio
de color blanco y piedra, donde estaban casa Casimiro y la entonces
farmacia de Benito Carriedo. Aquello si que era el acabóse,
el no va más, el desideratum.
Desde que enfilábamos la carretera de Caño, hasta
llegar a la farmacia de Carriedo, y luego hasta el Puente Romano,
buscaba yo con la mirada de a un lado a otro, para ver quién
era la primera cara conocida que veía.
Curiosidades de Cangas: siempre fue Jandri.
Y es algo que aún me llama la atención porque sigue
sucediendo. A la hora que sea. Llegué a pensar que podría
tratarse de un efecto óptico, pero lo deseché porque
les sucede también a otros, aunque no a todos. Ahora se
me ocurre que sería bueno conservar la tradición
de su ubicuidad siempre amistosa. Subvencionándola o algo
así.
Ya no existe ese edificio de la farmacia que citaba antes, como
desgraciadamente han desaparecido otros muchos también,
y sus sustitutos han afeado, quizá para siempre, la imagen
de Cangas que aún conservamos todos en ese archivo de la
memoria.
Afortunadamente se conserva la carretera del Pontón y
el desfiladero de los Beyos: probablemente uno de los paisajes
más hermosos que pueden aún contemplarse en Europa.
Eso sí, en el tramo de la carretera que discurre por territorio
del Principado creo que se conservan también los mismos
baches de entonces, ampliados. Y los mismos quitamiedos de piedra,
derrumbándose pacientemente. (¡Cómo puede
abandonarse de esa manera una carretera que permite disfrutar
de un paisaje de tanta belleza! ¡Y, además, sólo
en su parte asturiana! Aunque quizá sea mejor que no la
arreglen, porque pondrían esos otros quitamiedos de acero,
tan estéticos, que son como cuchillas de afeitar).
Después vendrían muchos veranos, casi siempre disfrutados
en Cangas, y aquel ceremonial de acceso se repetiría dentro
de mí invariablemente, con una alegre tozudez, de la que
todavía soy capaz de disfrutar, casi como la primera vez,
cuando volvemos por el Pontón.
Han cambiado también algunos paisajes que aún muchos
conservamos vivos en la memoria. Desgraciadamente para peor, lo
que parecía ser el sino de los últimos años
de Cangas. Lo digo porque hay cosas que, recientemente, han cambiado
para bien.
Hasta hace pocos años no creía que fuera posible
distinguir claramente en qué época empezó
a perderse, lentamente, el paisaje del valle del Sella que enmarcaba
el propio paisaje de Cangas. Pero creo que puede identificarse
sin mucho error con el momento en que se llevó a cabo la
corta exhaustiva de los pinares -a mediados de los años
setenta, entre 1974 y 1977, creo-, que habían sido plantados
casi inmediatamente después de la guerra civil.
No se trata de defender ahora las repoblaciones realizadas en
montes como los de Cangas mediante pinos y eucaliptos, que no
debería haber sido el caso, pero también hay que
reconocer que en los tiempos en que se realizaron aquellas repoblaciones
no se valoraban, o no se sabían, estas cosas que hoy consideramos
de cajón.
Pero perdimos también así unos bosques que no se
han repuesto en su mayoría. Sólo hace falta echar
un vistazo al Picu del Arbolín de vez en cuando, o sacarle
una foto periódicamente y comprobar por donde viene ya
la tierra suelta desde la tala de mediados de los setenta: soporta
un estado de erosión de verdadera tristeza. Ya sabemos
todos lo polémico de las repoblaciones, pero la mayoría
de los montes de Cangas no tienen árboles -ni tampoco Cangas
misma-, y más valdría empezar a plantar ya algo
sino queremos que los montes se nos vengan literalmente encima
con el paso de los años. Pocos, no muchos.
Pero allá, en la memoria de casi todos, seguro que siguen
vivos aquellos bosques, aunque en parte no fueran ni los originales.
¡Anda todo tan descafeinado, tan light, que al cabo de los
años nos enteramos que ni los bosques eran auténticos!
Aunque de crío viví también en Madrid, sólo
retengo de allí dos cosas en la memoria: la cabalgata de
reyes -entonces, de los emigrados, en Navidad, casi nadie volvía
a Cangas-; y lo que entonces se llamaba la Casa de Fieras del
Retiro, donde me sacaban a pasear casi todos los días,
y en cuya compañía parece ser que me crié
sin mayores aspavientos.
Claro que entonces, en los sesenta, el hecho de montar en un
coche era toda una aventura o, mejor dicho, una suerte, porque
muy pocas familias tenían uno. De ahí la fiebre
que todos teníamos por ellos y que distinguiéramos
un modelo de otro, con los ojos cerrados, sólo con oir
el ruido del motor o el tono del claxon. Pero el vehículo
que más fascinación producía entonces entre
nosotros era la carroceta: un híbrido de volquete, camión,
Land-Rover y carretilla. Llevaban siempre la caja abierta, donde
se apilaban los troncos de las sacas de madera, sujetos mediante
cuatro palos en los vértices. Conseguir montar en un artefacto
de aquellos era la máxima aspiración que podía
tenerse y sus conductores eran adorados como héroes de
guerra. Por aquellos chismes creo que nacieron muchas vocaciones
de maderista. El último que recuerdo lo vi en manos de
Luis el de Contranquil, vecino de Ricardo, el mejor cazador de
arcees del barrio.
Tuve ocasión de montar en una de aquellas carrocetas gracias
a la mediación de Luisa Nava, la que fuera cocinera del
Sella después de vivir con nosotros muchos años.
Como ella era de Oliciu y yo iba con ella allí en algunas
de sus vacaciones, conseguí montar con ella en la carroceta
de la mina desde Llueves a Oliciu dos veces. La emoción
fue tal que no era capaz de fijar la vista en un solo sitio, pero
creo que, si de mí hubiera dependido, me habría
quedado a vivir allí dentro. La emoción que sentí
al subir a la carroceta por primera vez, el traqueteo del viaje
por aquel camino bravío, entre robles y castaños,
entre sombras y rendijas de luz, convirtieron la subida en una
aventura que estallaría cada nada en mi imaginación
infantil y que sólo se iría borrando luego con el
paso cada vez más corto de los años.
Digo todo esto en recuerdo y homenaje a Luisa y en agradecimiento
por tantos años en que nos dimos mutua compañía.
A ella le debo también haber conocido la mina de mercurio
de Oliciu, de galerías recogidas y oscuras, de tintes rojos
y olor a carburo, con vagonetas chirriantes de color cinabrio.
La mina me impresionaba, quizá no tanto por sí misma
como por los propios mineros, una imagen que quedó grabada
en mi memoria para siempre. Aún hoy, al escuchar con relativa
frecuencia las noticias de la mina o las explosiones de grisú
en los pozos, la urdimbre del recuerdo me trae otra vez la imagen
del aspecto dolido, abatido, ardiente, de los mineros que vi salir
de la galería en aquellos veranos de Oliciu.
La vuelta de aquellas vacaciones la hacíamos siempre a
pie, porque sólo se trataba de bajar hasta el valle recorriendo
poco camino, entre sombras de hayas, robles y avellanos. El camino
estaba flanqueado por muros de piedra que separaban las propiedades
y al cabo de llegar a Llueves, se veía ya Cangas diminuta
y ordenada, en el fondo del valle.
Hoy, desde el mismo sitio, ya no se ve tan diminuta ni tan ordenada,
sino que, por el contrario, van creciendo los edificios en altura,
algunos desproporcionada con el resto, y el cemento va adueñándose
del territorio y conquistando poco a poco la falda de algunos
montes. En los días de verano y en los fines de semana
se ve por Prestín y La Barriosa una caravana de turismos
pacientes haciendo cola para ingresar en el paraíso. Mirando
desde Llueves durante años, no adivinaba con claridad por
dónde discurriría la famosa variante que liberase
a Cangas de la presión turística y de las caravanas
que llegan hasta Arriondas. Aunque daba miedo pensar en cómo
podría afectar el trazado al río, y más concretamente
al Golondrosu, creo que causan más miedo los turistas en
hilera.
Se hizo al fin y se resolvió bien. El Golondrosu no ha
tenido impactos y los turistas tienen una vía alternativa,
que parecen no querer usar todo lo intensamente que debieran.
Tampoco imagino desde Llueves cuándo se resolverá
la puesta en marcha de la depuradora del Sella, pero parece casi
la única y urgente solución para los vertidos que
están empezando a ahogar el río. Ese es el principal
obstáculo para los salmones: si por fin se pone en marcha,
y se mantiene correctamente, volverán a oler su río
desde el mar.
Don Ramón Margaleff, un Catedrático de Ecología
muy respetado, después de pronunciar una conferencia de
temas medioambientales, realizó unas declaraciones que
fueron muy reproducidas por la prensa a mediados de los años
80, y entre otras cosas dijo (sic): "El turismo es la prostitución
de la naturaleza. Y España se comporta
como una prostituta que, además, no ahorra".
Desde los veranos de Oliciu ya llovió mucho. Revisando
rápidamente sólo sobresalen de mi infancia recuerdos
difuminados, imprecisos, aunque de cuando en cuando surgen otros
nuevos, como recién recuperados por un proceso que nos
trae cosas que ya creíamos completamente olvidadas o que
no hubieran existido nunca.
Con el paso del tiempo tuve que comprender que mi infancia terminó
oficialmente el mismo día en que mi madre, tras infinidad
de peticiones desoídas, accedió a que pusiera pantalones
largos definitivamente. Hasta aquel momento, en que debía
haber cumplido los catorce o quince años, nunca me dejaba
llevarlos, aunque en algunos casos conseguía saltarme la
norma con disculpas bastante originales. Los días en que
todos íbamos a los primeros guateques yo salía de
casa con la caña de pescar, para hacer creíble la
disculpa de poner pantalones vaqueros, largos, que me libraran
de los bardales. No me resultaba fácil explicar a los amigos
por qué oscura razón siempre iba a los guateques
de casa de Sarmiento con caña de pescar, pero eso era lo
de menos y, además, la caña era fácil de
esconder. (Como podrá atestiguar la segura ausencia de
alguien que estuviera en aquellos guateques y sea capaz de recordarla).
De aquella época todos tenemos recuerdos felices, casi
sin ordenar, que a veces nos asaltan en los lugares más
impensables. A mí la memoria de Cangas me trae casi siempre
la calma, la placidez de los veranos, el ruido de bicicletas.
Sobresalen de aquellos años cosas amables, apacibles, sin
sombra de duda. No hay en ellos casi nada triste, excepto alguna
muerte, que el cerebro infantil graba de modo indeleble.
La adolescencia pasa luego como un breve trallazo y suele dejar
un poso de tristeza: una mezcla de estupor y nostalgia que se
perciben con más claridad conforme van venciendo los años
y la vemos con distancia, como algo que no ha de volver jamás.
Del mismo modo que el tiempo parece pasar a velocidad distinta
que nosotros, como si fuera en bicicleta, con una ruta ignorada
y una meta desconocida, en la adolescencia se entra de niño
y se sale con caracteres sexuales secundarios, granos, decepciones
y una confusión generalizada. Como si hubiéramos
pasado un periodo de hibernación tormentosa en una hormigonera.
Luego suele sucederse una época que marcará los
caminos de la vida de cada cual y las cosas se van quedando en
la memoria como en un archivo hecho de niebla: parece que surgen
más claros los recuerdos de mayor fortuna, y los más
amargos quedan desdibujados en lo hondo, hacia donde es necesario
hurgar para rescatarlos y traerlos de nuevo a la cabeza.