TAL VEZ SALGA LA LUNA Y APORTE UNA NUEVA VISIÓN.
Fue hace
diez años. El verano terminaba; sus historias nocturnas y su
gente siempre marchosa ya iban apaciguándose. Era finales de
septiembre y la temporada turística concluía.
Los
inquilinos del apartamento que Darío alquilaba, habían
desaparecido sin previo aviso. No habían pagado la renta del
mes y se habían ido. Tendría que entrar en él para ver como
lo habían dejado, limpiarlo y arrendarlo de nuevo.
Darío
era, desde hacía poco, profesor de literatura en el
instituto de su pueblo: acababa de terminar sus estudios y
había alquilado un piso que tenía a una joven pareja de
singulares extranjeros. Por lo que él sabía, habían vivido
en varios países; eran gente de mundo. Se desenvolvían con
soltura en el ambiente nocturno de esta localidad y conocían
a casi toda la gente.
Aquel
día, extrañado por la ausencia de la pareja “rusa”, como les
llamaban en el pueblo, decidió entrar en el apartamento.
Abrió la puerta con cuidado, por un momento temió que
hubiera pasado algo grave, pero no, más bien pensaba que se
habrían esfumado por algún problema que tendrían. Había oído
comentar que se dedicaban a oscuros negocios pero nunca
había observado nada extraño.
El piso estaba sumamente desordenado: ceniceros
llenos... algún papel por el suelo... un montón de
periódicos y revistas en una esquina... cajones abiertos...
platos y cacharros en el fregadero, amontonados sin lavar...
y la carta. Encima de la mesa de la cocina encontró un sobre
que ponía: “Para Andrea”. Dentro había una nota firmada por
Paula, así se llamaba la “rusa”. Darío pronto se dio cuenta
de quién era Andrea: había salido con ella y con sus amigas
un par de veces aquel verano, además la había visto muchas
veces con los rusos tomando copas por la noche. El pueblo
era pequeño y todo el mundo se conocía.
Un día,
diez años después, Darío conducía su coche hacia el hotel
donde se había citado con Andrea. Aún recordaba cómo intentó
dar con ella cuando encontró la carta, sin obtener
resultados: había desaparecido también. Ahora, hace unos
días, se habían encontrado por casualidad y quedó con ella
para entregarle la carta.
El hotel
donde se dieron cita está situado frente al mar, al borde de
un acantilado que se extiende a derecha e izquierda
perdiéndose en la lejanía. Era una tarde de finales de
noviembre, gris y lluviosa, el viento soplaba a ráfagas y el
mar, poderoso, se estrellaba contra las paredes verticales
una y otra vez empujando la espuma hasta la terraza del
hotel y haciendo retemblar el suelo, creando un espectáculo
imborrable. Las palmeras del jardín, como plumeros, se
movían sacudidas por el viento.
En la
cafetería la temperatura era agradable, se estaba a gusto
allí resguardados. La música de fondo se solapaba con el
retumbar sordo de las olas. Cuando llegó Darío, Andrea
estaba, sentada en una mesa al lado de los grandes
ventanales, observando el insistente trabajo del mar.
Darío se
quitó el abrigo, se pasó las manos por el pelo y resopló
antes de saludarla. Se sentó frente a ella y, antes de
empezar a hablar, esperaron a que el camarero se acercara
para pedir algo de beber. Andrea ya estaba tomándose una
cerveza y Darío pidió otra.
Brindaron entrechocando sus jarras y, después de echar un
trago, Darío comenzó a hablar:
--
Bueno, como te dije el otro día cuando nos encontramos,
tengo una carta para ti, es de Paula, la rusa.
-- ¿Pero
cómo es posible? ¿Te han escrito a ti? ¿Sabes algo de ellos?
-- No, no, no. Te explicaré. Tu sabes que
hace... creo que hizo este verano 10 años, ¿recuerdas aquel
verano? –-Andrea asintió despacio, cerrando los ojos y
marcando media sonrisa-- Siempre te veía con ellos; yo salí
con vosotros alguna vez. Con tus amigas y, alguna vez,
también con los rusos. Bueno, el caso es que los rusos
desaparecieron. Se fueron sin decir nada a nadie. Y como
sabrás, el apartamento era mío, allí encontré la carta,
–-Darío se tocó en el pecho, donde guardaba la carta—
dirigida a ti y firmada por la rusa. Intenté localizarte
pero fue inútil. ¿Dónde te metiste?
-- Me
fui a estudiar a la capital. Y... también, en parte, por
escapar de allí –-dijo Andrea jugueteando con la cerveza,
haciéndola resbalar por encima de la mesa, de una mano a
otra, al tiempo que dibujaba una sonrisa con el agua que
resbalaba de la jarra--. Aquel verano pasaron tantas
cosas...
-- Tu
tendrías... unos diecisiete años por aquel entonces ¿no es
eso?
-- Si,
diecisiete, casi dieciocho.
-- Te
acuerdas de mí ¿verdad?
-- Claro
Darío, --dijo Andrea tocándole cariñosamente la manga del
jersey— claro que me acuerdo, muchas veces coincidimos en la
discoteca o en el pub.
--
Bueno, toma la carta. –-Dijo Darío, metiendo la mano por el
cuello del jersey hasta el bolso de la camisa— Como podrás
suponer la he leído, pero no te preocupes, nadie más la
vio. Ahora te dejo un momento. Si me disculpas, voy al
servicio.
Andrea
cogió palpitante la carta y, con anhelo, abrió el sobre,
desplegó el papel y leyó:
“Querida Andrea:
Ante
todo quiero que sepas que nunca quise hacerte daño, todo fue
sincero. Tu sabes que te queremos. Cuando leas esta carta
habrás escuchado 'historias' respecto a nosotros pero no
hagas caso, conserva en tu memoria aquellos dulces momentos.
Lo otro prefiero ni nombrarlo, podría darte mil
explicaciones y disculpas pero no lo haré.
Te dejo
esta poesía de Kavafis, es mi recuerdo de despedida.
Acuérdate siempre de nosotros. Te llevo en mi corazón.
Siempre
tuya: Paula.
Vuelve otra
vez y tómame,
amada
sensación retorna y tómame—
cuando la
memoria del cuerpo se despierta,
y un
antiguo deseo atraviesa la sangre;
cuando los
labios y la piel recuerdan,
cuando las
manos sienten que aún te tocan.
Vuelve otra
vez y tómame en la noche,
cuando los
labios y la piel recuerdan...”
La volvió a leer, la acercó a su pecho y, con los ojos
inundados y el corazón emocionado, contempló la fuerza
indomable y sensual del mar, y dejó que la invadieran los
recuerdos de aquél verano: cuánto había vivido en tan solo
dos meses... los rusos le abrieron el mundo, era muy joven
cuando los conoció aquel verano. La deslumbraron por
completo. Hablaban de cualquier tema, conocían los nombres
de los árboles, de las flores, de los pájaros... Contaban
historias, historias verdaderas, de tiempos pasados y países
lejanos, cuando contaban algo, lo contaban como una
anécdota, como si fuera algo que les hubiera pasado a ellos
mismos o lo hubieran conocido de primera mano. Andrea los
contemplaba con embeleso. Podían estar hablando toda la
noche sin aburrirlo a uno. ¿Qué pasaría para que
desaparecieran así? Seguro que fue por mí. -se decía Andrea.
Recordó aquella cálida tarde de verano, cuando el sol ya
descendía. Habían ido a una casa de campo que alguien les
había ofrecido. Pasaron allí la tarde y al final, ¡Oh, Dios
mío! Tuvo miedo cuando Paula besó sus labios, tumbados los
tres encima de la cama, las ventanas abiertas y la tibia
brisa acariciando sus cuerpos. Intentó hablar, negarse, pero
sus besos, tan dulces, sus caricias, “confía en nosotros”,
susurraban. Iván la besaba en la mano, después en el brazo y
en el cuello. La desnudaron llenándola de besos -dulces
labios-, sentía su respiración llena de deseo junto a su
piel y disfrutó, disfrutó como nunca. Pero después... nunca
más hablaron de aquello hasta aquel día en que Iván se lo
propuso: alguien pagaría un buen dinero por hacérselo con
ella... Fue después de la negativa de Andrea cuando se
marcharon. ¿Qué sabrá Darío? -se preguntaba Andrea- No puedo
contárselo, él se lo puede imaginar, pero nada más.
Miró
hacia Darío que se acercaba lentamente mirándola a los ojos.
Se había demorado un poco con la intención de dejarla leer
tranquilamente. Ella recompuso su emocionada mirada y
preguntó:
--
¿Dices que nadie más la leyó?
-- Así
es, –-contestó Darío-- pero hay algunas cosas que no
comprendo. ¿A que se refiere la rusa en la carta con eso de
no hacerte daño? Ya sé... no tienes por qué darme ninguna
explicación pero me gustaría. Soy escritor y llevo diez años
dándole vueltas a esta historia. Quiero escribir un relato,
por supuesto sin poner tu nombre.
-- No
puedo contarte nada. Son cosas muy personales. Pero si
quieres escribir un relato hazlo. Invéntate lo que pasó,
¿qué importa lo que me haya sucedido a mí? Escríbelo y
después me lo das a leer . Seguro que tú ya tienes una
explicación para todo.
Darío
miraba pensativo el mar y ambos se quedaron contemplándolo.
Ya era casi de noche, seguía lloviznando y el mar se
sumergía en la oscuridad de la noche. Solo la espuma, que
escalaba los acantilados, se percibía vagamente en
movimientos lentos, dilatados por la distancia. Tal vez más
tarde saliera la luna y aportara una nueva visión.
Andrea
apuró la cerveza y dejó un billete de cinco euros encima de
la mesa, junto con una tarjeta suya.
-- Ahí
tienes mi numero de teléfono y mi e-mail. Y gracias por
todo. Llámame cuando hayas terminado el cuento y nos tomamos
algo. Ahora tengo que irme.
Y se alejó mientras
Darío la observaba...
su precioso
cuerpo.